Ibn Gabirol, el primer malagueño universal

MARIO VIRGILIO MONTAÑEZ
Ibn Gabirol, el primer malagueño universal

DA lástima verlo ahí, ensimismado mientras detiene su paso apoyando la barbilla en un rollo que quizás haya escrito. Da lástima verlo sin nombre entre la hojarasca, entre las plantas hace poco sembradas, rodeado ahora de vallas amarillas, indiscretas, en la inminencia incierta de una nueva base que lo rescate y lo nombre mientras medita ante el paso indiferente de los ciudadanos que van a sus asuntos por calle Alcazabilla. Da lástima esta ciudad que bajó de su pedestal y privó de su nombre al primer malagueño universal, él que tantos nombres tuvo (Selomo ben Yeûda Ibn Gabirol entre los judíos, Abu Ayyub Sualyman Ibn Yahya ibn Yabirul, Aben Cebrol o Avicebrón entre los cristianos).

En todo caso, ese hombre angustiado que nos recuerda en vano su presencia a través de la figura de bronce esculpida en 1970 por el norteamericano Hamilton Reed Armstrong y que los curiosos mientras no detienen su paso toman por 'un moro' dada la cercanía de la Alcazaba, firmó sus escritos con un seudónimo, 'Al Malaqí' (en árabe, 'El malagueño'), indigno del olvido en que se le tiene, del maltrato al que su memoria, en efigie, es sometida.

Una patria perdida

Cuando tanto se habla de la quimérica 'Alianza de Civilizaciones' y se intenta vender el producto del 'País de las tres Culturas', parece que las autoridades (no tanto las municipales, que planifican un museo sefardí y una sinagoga a la vera del bronce castigado) obvian una de ellas, la judía. Y se habla de Andalucía, de Al Andalus, pero se olvida una patria arrebatada por orden real en 1492 y que se llamó Sefarad. Pocos lloran hoy esa patria que deberíamos asumir como propia. El Legado Andalusí es también judío, del mismo modo que Málaga es, tras Madrid y Barcelona, la tercera ciudad judía de la España actual. Y los malagueños lo ignoran, como ignoran la importancia del sabio pensativo en su desamparo entre la Alcazaba y la desaparecida judería.

Hijo de judíos venidos de Córdoba, Salomón nació en Málaga hacia 1021, pero no tardó en trasladarse a Zaragoza, donde ahora se le considera uno de los orgullos de Aragón. Allí murió su padre, mientras se presume que su madre pudo hacerlo en Málaga siendo de muy corta edad nuestro autor. Su vida, breve, le sitúa en la ciudad del Ebro al menos hasta 1045. Más tarde está documentada su presencia en Lucena, donde hay quien sitúa su muerte, y en Valencia, donde es posible que muriera hacia 1058. En todo caso, su vida no alcanzó mucho más de las tres décadas. En todo caso, no necesitó mucho más para que sea considerado por algunos especialistas como 'el Platón judío' e incluso como 'el más filosófico de entre los escritores judíos y árabes'. Poco se sabe de su vida, de los datos precisos, pero es mucho lo que se conoce de él por sus escritos, en los que no faltan las confesiones autobiográficas.

Pensador amargo

Así, se sabe que una enfermedad de la piel le hizo rehuir el trato social, que fue pobre y que su carácter era pesimista y a veces irascible, a la vez que el sarcasmo y la amargura eran unos de sus rasgos descollantes. Este pensador amargo, y en un ejercicio de ironía que lo hubiera agradado, fue después de muerto extremadamente dulce, al decir de la leyenda, apócrifa, que sobre su muerte se difundió. Según esta historia, fue asesinado por un musulmán envidioso de su don poético, que lo enterró bajo una higuera en Valencia. Los frutos del árbol pasaron a tener tal desmesurado dulzor que se excavó a sus pies para buscar la causa, encontrándose el cuerpo del malagueño sepultado como explicación.

En todo caso, la muy reverenciada figura de Ibn Gabirol en la cultura judía, tiene el valor extraordinario de haber rescatado para Occidente la obra de Platón que más tarde marcaría el espíritu del Renacimiento. Como poeta, usó la métrica del árabe con el idioma hebreo en su poesía secular, mientras que en la poesía religiosa renovó el idioma con tal acierto que sus versos sagrados se han incorporado a la liturgia judía, especialmente a la de la más santa de las fechas, el Yom Kippur, el Día de la Expiación.

Nos encontramos, pues, con el primer malagueño cuya obra le ha valido un reconocimiento universal. Diez siglos antes de Picasso, ya tenemos alguien de quien enorgullecernos. Para ello basta con despojarnos de los resabios antisemitas o judeófobos que aún arrastramos. Tal vez si Ibn Gabirol hubiera sido cristiano muy otro hubiera sido el reconocimiento que le hubiéramos dado. Aunque un instituto lleve su nombre, éste falta de su estatua (y reconoce el firmante su reiteración crispada en este particular, del mismo modo que guarda su rabia por la destrucción de la judería malagueña, cuyos mejores restos han pasado a pertenecer al Museo Picasso Málaga).

Con todo, la figura de Ibn Gabirol resume lo mejor del espíritu de las tres Culturas de su tiempo. Judío, y cantor del sentimiento religioso que siempre se esforzó por racionalizar (hay más racionalismo en la fe de Israel que en las otros dos religiones monoteístas), escribió en árabe parte de su obra, como la 'Selección de perlas', que oscila entre la prosa y la poesía y que en 64 capítulos recoge enseñanzas y reflexiones morales y religiosas, a la vez que como filósofo fue entre los cristianos donde sus ideas recibieron mejor acogimiento. Vituperado por los dominicos (que, no debe olvidarse, serían los que recibirían el encargo de la Inquisición), fue admirado y seguido por Duns Scoto para ser reinterpretado por León Hebreo, Giordano Bruno y Baruch Spinoza.

Con todo, siendo de altísima calidad su poesía, expresada también en su recopilación 'La corona real' ('Keter Malkut' en el original hebreo), es su obra filosófica, 'Fons Vitae' ('Fuente de vida', aunque originalmente fue escrita en hebreo y se tradujo al latín en 1150 por orden del arzobispo de Toledo, lo que garantizó su mejor difusión) la que ha garantizado su lugar en la Historia cultural de Occidente.

Doctrina platónica

En forma de diálogo (género creado por Platón) entre un maestro y su discípulo, en esta obra de Gabirol, que hasta mediados del siglo XIX se creía fruto de un autor escolástico cristiano, expone sus reflexiones sobre la materia, la forma y la divinidad, recogiendo la doctrina platónica y reelaborándola para prefigurar el venidero neoplatonismo renacentista, centrando su afán filosófico en un triple conocimiento: el de sí mismo, el del mundo y el de Dios.

Aquel sabio malagueño vive hoy no la ironía sino el sarcasmo de ser un desconocido entre los suyos. 'El Malaqí', uno de los grandes sabios de Sefarad, goza de nuestro desconocimiento mientras su gloria y su nombre, y hasta las calles que transitó, son pasto de la ignorancia y del olvido más allá del ámbito puramente académico. Y para terminar, no estaría mal (es justo y necesario, además de tal vez inminente) que devuelvan el nombre a su estatua.