El Tercio y Manuel

Alfonso Fernández Burgos elige el jardín de una iglesia para seguir a dos mendigos que encuentran en la miseria la norma de su vida cotidiana

ANTONIO GARRIDO
POBREZA. Fernández Burgos se adentra en el mundo de los indigentes. /  ÁLEX PIÑA/
POBREZA. Fernández Burgos se adentra en el mundo de los indigentes. / ÁLEX PIÑA

EL naturalismo puso el foco en los aspectos más marginales y hasta repugnantes de la sociedad burguesa que escondía mucha miseria en los pliegues de sus batas de seda para estar en casa, entre muebles muy recargados. Nuestros grandes novelistas, sobre todo Galdós, se detuvieron en ese mundo que quedaba fuera de las reglas, que era explotado, pero la mirada de don Benito nunca se detuvo morosamente en las heridas de las prostitutas y de los mendigos, del mundo picaresco que ocupaba los desmontes que rodeaban a la villa y corte. Es la llamada novela social la que utiliza ese material con un claro objetivo de denuncia y de regeneración, baste recordar a Felipe Trigo y, en nuestros, días a Luis Martín-Santos, aunque el experimentalismo de este lo separe del modelo social realista; pero la fuerza de su denuncia es explícita.

Fernández Burgos ha elegido un espacio, el jardín de una iglesia del centro de Madrid, y a dos mendigos que han hecho de él su casa, para narrar con una prosa de calidad, la vida cotidiana, la miseria como norma, el universo en suma de estos personajes que piden limosna para comprar cartones de vino. Los pícaros nunca cambian aunque la sociedad lo haga. Son los que se alimentan de las migajas, los que tienen que mover la generosidad o caridad, pongan el nombre que quieran, de los demás. Los mendigos no son la sal de la tierra son los que se quedan fuera, los que son expulsados del orden, aunque, a su manera, entre ellos exista un orden, un sistema, hasta una jerarquía.

La pareja se reparte el pastel de los caracteres de manera eficaz. Manuel no tiene historia, no quiere recordarla, vegeta «a espaldas de la casa de Dios» y recibe una monedas a la entrada de misa. Un día aparece la fuerza desbordante hecha palabra en «el Tercio», la voz de la novela que se complementa con el silencio de su compañero. El Tercio bebe pasta de dientes disuelta en alcohol de quemar y tiene una boca digna del dómine Cabra, una cueva pestilente que se abre para cantar, para explicar, para rogar, para insultar; su boca es su arma y no está cargada de futuro precisamente.

Precisamente es el diálogo el aspecto dominante del texto, narrado precisamente por Manuel. Se trata de un diálogo muy lejano de las conversaciones que mendigos de verdad puedan mantener porque el autor nos engaña, y eso es bueno, con un texto lleno de referencias culturales muy bien disimuladas. Tanto el Tercio como Manuel son mucho más de lo que aparentan y en el río verbal del primero y en el silencio del segundo discurre todo un universo, que eso es una novela y no otra cosa.

Entre borracheras, sus detritos, las amenazas del cura y el repetido acto de pedir limosna discurre la vida de ambos, una rutina como la de muchos pero fuera del sistema; aunque no tanto. Por la mañana unas almas benéficas les llevan bollos y café con leche, seguramente para acallar sus conciencias, se trata de una práctica muy antigua. Los mendigos se dejan querer y hasta les hacen la pelota, lo mismo que a los parroquianos que entran a misa.

Desde el barroco

Del barroco, cuando la iglesia tenía mucho más que poder, conservamos textos en los que se nos cuenta con detalles las mañas de los mendigos, muchos de ellos pícaros, para mover la compasión; entre ellas, hacerse heridas era un recurso muy efectista y efectivo, aún se practica. No se llega a eso, pero sí permanece la teatralidad de los gestos y la exageración que mueve a lástima. Entre los parroquianos hay tipos muy diferentes, pero hay una mujer que enamora a Manuel, un personaje bastante romántico en el fondo. No falta lirismo en el texto y esto lo enriquece en lo humano y le resta exceso de naturalismo.

El eje central del relato es la presencia de unos 'skins' que están a punto de hacer chicharrones a los protagonistas, no lo conseguirán gracias a una treta del Tercio, sin embargo el fuego será el protagonista de la acción, y todo por una mesita de noche de estilo y por el orgullo herido del Tercio que se vengará en dos mendigos del este, que hasta en este territorio hay clases; pero será el amor, cómo no, quien lleve la historia a su desenlace.

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