Bajo el influjo de la moscatel

La familia de Juan es oriunda de la Axarquía. Clara y André llegaron de Holanda enamorados de estas tierras. En ambos casos, sus bodegas elaboran estos vinos en su versión más tradicional y en la más innovadora

TEXTO: PILAR R. QUIRÓS FOTOS: ANTONIO SALAS
CONSEJO REGULADOR. José Manuel Moreno y Cayetano Garijo muestran todos los moscateles de la Axarquía./
CONSEJO REGULADOR. José Manuel Moreno y Cayetano Garijo muestran todos los moscateles de la Axarquía.

LA trajeron los fenicios, los griegos o los romanos. Nadie sabe de forma fehaciente quién la introdujo. Pero, desde entonces se hizo un hueco en estos montes y ha permanecido unida a Málaga desde tiempos inmemoriales. Murió a manos de la filoxera, que asoló en julio de 1878 los viñedos de Los Montes de Málaga y de toda la provincia. Pero su fuerza era tal, que se recuperó porque la injertaron en un patrón americano (cepa) y se refugió en la Axarquía. Y ahora, la moscatel de Alejandría, una uva que ya es de estas tierras por derecho propio, sigue creciendo en estas pendientes abruptas que miran al mar.

La familia de Juan lleva casi un siglo ligado a su dulzor. Oriundos de Moclinejo, su abuelo empezó a elaborar vino moscatel en 1927. «Mi abuelo mandaba el vino a Málaga en lo que llamaban el coche de piratas, un camión que iba cargado con todo tipo de artículos y gente hasta la capital. Y allí, mi padre, que hacía la mili en el campamento Benítez, se encargaba de vender el vino en una bicicleta», cuenta Juan Muñoz. «Sí, yo llevaba el vino en esas 'aguaeras' -dice su padre Antonio señalándolas- y así hacía la 'repartía' del moscatel por Málaga».

Juan y su padre guardan un tesoro, que están tan acostumbrados a ver que casi no aprecian. Es el lagar de Cabrera, que ya en su día le llamaban así por el apellido de su abuela, «que no era muy nombrado por estas tierras». Quiere decir que no era de Moclinejo, pero sí de la cercana Macharaviaya. Como si estuviese en el otro lado del mundo.

Ahora Juan, hijo de Antonio y nieto de Juan, hace dos estupendos moscateles. Y en esta tarea le ayudan su hermano Antonio y su hermana María Luisa. La bodega Dimobe le compra la uva moscatel a Pepe López, de Cómpeta, como cuenta Juan enseñando el pequeño 'museo etnográfico' que sin saberlo tiene en su casa. La zona donde se pisaba la uva, la prensa, las capachas, utensilios para vendimiar, una bicicleta de hace cuarenta años para repartir vino, y unos inmensos muros de piedra y barro que cobijan una casa hecha a conciencia. Fresquita. «Y en invierno tiene buena temperatura, como las cuevas», dice Antonio orgulloso. Y ahora hablan de casas sostenibles.

Juan hace un vino tierno. Tierno porque lo hace con cariño y porque así se llama. Un tierno 'Zumbral'. Para ello, corta la moscatel sobremadura, es decir al final de la vendimia. La selecciona y la tiende en un pasero, a asolearla. Cuando tiene el grado de azúcar deseable, la despalillan -le quitan los rabos- y la prensan en otra reliquia que guardan en su bodega: en la prensa de Ruperto Heaton, que empezó trabajando con los Heredia. Este británico, que españolizó su nombre más tarde, se independizó y montó su fundición en Huelin, 'Heaton &Bradvury'.

Luego, el mosto que sale de la prensa se pasa a un depósito de acero para su fermentación. Y cuando tiene un alto grado de azúcar se encabeza, es decir, se le echa más alcohol, se filtra, y se pasa un año en madera hasta que sale a la venta. Este es el moscatel tradicional. Tierno, de la denominación de origen 'Málaga'. Pero esta familia también se ha lanzado a la aventura de los moscateles modernos. Y así hacen un seco delicioso, que pertenece a la nueva denominación 'Sierras de Málaga'. Pero todos bajo el mismo Consejo Regulador. Y de ello dan fe su presidente, Cayetano Garijo, y su secretario, José Manuel Moreno, que hoy guían al visitante por las tierras de la Axarquía para enseñarle que la moscatel sigue viva. Y que, pese a los malos augurios de los pesimistas, está en plena expansión. El seco de las Bodegas Antonio Muñoz Cabrera así lo demuestra.

Y sólo hay que subir hasta Sayalonga para ver cómo la moscatel puede encontrar su sitio en los mercados internacionales. Pero la subida a Sayalonga desde Moclinejo no es cualquier cosa. Ahora, con autovía y carreteras, y aún así el visitante empieza a entender por qué Macharaviaya era otro mundo.

Pero, el camino, todavía tortuoso, merece la pena. Arriba, Clara Verheij, una holandesa de 45 años, es el embrión, junto a su pareja André Both, de una bodega internacional. «Sabíamos que acabaríamos viviendo en España. Así que todos los veranos íbamos a conocer una zona, Galicia, Barcelona, Madrid, hasta que decidimos que nuestra vida estaría en el sur. Nos gusta mucho la gente de aquí. Y buscando, encontramos esta casita en Sayalonga y la compramos», cuenta Clara mientras llena una botella de Ariyanas naturalmente dulce. Esto pasó hace doce años. Se dieron cuenta que en la parcela que habían comprado había viñas abandonadas, «y todos nuestros vecinos españoles hacían vino moscatel». Así que se lanzaron a la aventura artesanal de elaborarlos. Se sube un poquito los pantalones y enseña el tobillo. «Empezamos pisando la uva y haciendo nuestro propio vino hasta que replantamos una hectárea de moscatel con viñas de 80 a 120 años que le compramos a un vecino». Y lo que empezó siendo un pequeño reto se ha convertido en una empresa que ahora exporta los caldos de Málaga a Holanda, Bélgica, Gran Bretaña y, dentro de poco, a América, Dinamarca, Finlandia y Noruega.

Clara se enamoró de Sayalonga. Por eso, los vinos que embotella son de la Bodega Bentomiz, que recuerda a la montaña que se divisa desde su casa. Y sus vinos son Ariyanas porque así se llama una aldea antigua abandonada muy cercana a su bodega. Sus amigos son españoles y ellos se sienten aquí como en su casa. Y, además, hacen unos exquisitos moscateles, de nuevo cuño.

«Siempre nos gustó el vino, para tomar y disfrutar con los amigos», dice entre sonrisas mientras monta una cata improvisada de Ariyanas naturalmente dulce. Con aromas frutales a cítricos, pomelo... «y níspero de Sayalonga», como dice de lo más gracioso André. A flores. «No muere en la boca, ¿lo notas? La acidez es muy importante en un vino», puntualiza Clara.

Cómo degustarlo

Y ahora el maridaje, es decir qué se puede casar con este vino. Fresas, piña, postres, como aperitivo. «Y cualquier día con una buena vista como esta», dice Cayetano de lo más disfrutón.

En la botella llama enormemente la atención su tapón. De cristal. «Sí, el tapón de corcho es un problema en todo el mundo. A veces abres la botella y sabe excesivamente a corcho, por eso hemos decidido cambiar al cristal y la verdad es que nos está dando muy buen resultado».

Sus vinos son diferentes. Y por eso sus precios también son diferentes. «Este es un proyecto muy mimado. Necesitamos cuatro kilos de uvas para un litro de vino. El rendimiento es, por tanto, muy bajo», asegura Clara en un perfecto español. «Después prensamos la uva de forma muy suave, sin dañar la pepita, que es amarga», continúa. Las barricas son de roble francés. Y todo buen entendido en vino sabe que valen el doble que las de roble americano. Por eso su 'Terruño pizarroso' cuesta 20 euros en la bodega. Y casa con el mejor de los foies y con postres de frutas tropicales. Pero no sólo han querido mimar el vino, sino también la bodega. André, que es constructor, se ha encargado de que la impronta del colectivo de arquitectos minimalistas Bauhaus quede en esta ladera. Los trazados de la estructura, aún en obras, son rectilíneos. Puros. Y carece de adornos o superposiciones. Como sus vinos. Esos que han aprendido a hacer con los lugareños y que han mejorado con tecnología y cariño, con esa fuerza que mueve casi todas las cosas de este mundo. Con el amor que Juan y sus hermanos le ponen a sus moscateles de Moclinejo. Y con una materia prima única. Que se come como uva y como pasa y que se bebe como vino. La moscatel de Alejandría. Una de las mejores adopciones de estas tierras.