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Iñaki Pérez de la Fuente: «El malagueño no tiene capacidad de sufrimiento y desaparece de los sitios conflictivos de la ciudad»

MÁLAGA

Iñaki Pérez de la Fuente: «El malagueño no tiene capacidad de sufrimiento y desaparece de los sitios conflictivos de la ciudad»

Arquitecto de Larios, Alcazabilla y la judería

24.03.13 - 10:05 -
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Pertenece a ese puñado de arquitectos que se la ha jugado al abordar espacios urbanos casi sagrados para aumentar la felicidad per cápita de sus vecinos a coste razonable. La suya le llega del plebiscito diario de espacios ahora muy vivos donde ha dejado huella: Santa María, Bolsa, Strachan, Larios y plaza de la Constitución, hace más de una década, o más recientemente en calle Alcazabilla, judería y ladera de la Alcazaba. Su labor está en el 'kilómetro cero' de una Málaga que vive, en su opinión, bajo un «urbanismo bipolar» maniatado por la memoria del XIX y el 'ping pong' burocrático que frena la recuperación del Centro. En él se siente un «pequeño mecenas» por los problemas que incuba cada proyecto. Sus padres, castellanos, se enamoraron de Málaga en el viaje de novios y se mudaron. Fue un niño enfermizo ante el que los médicos recomendaban, madre incluida, no cogerle cariño. Estudió en la Escuela de Artes y Oficios, luego colgaría la bata de Medicina tras desmayarse en la primera clase de anatomía. Su hermano Javier, arquitecto, y un viaje a Berlín le abrieron la ventana definitiva.

-¿Cómo llegan a encargarle el proyecto de Larios?

-Es algo que se remonta a cuando rompimos un poco el esquema de los arreglos de oficio muy básicos en calles. Olivia González dirigía la Gerencia, y como arquitecta viajada que es, se animó con el discurso que le dimos nosotros, unos jóvenes de menos de 30 años. Al final nos pidió un proyecto para calle Santa María. Ese verano no tuvimos vacaciones. Se lo enseñamos a Celia Villalobos, a la que yo conocía del trabajo de la judería y nos granjeamos la confianza. Le gustó la idea para calle Santa María y el proyecto de oficio se descartó. Se contrataba por primera vez una remodelación de espacios públicos fuera de la Administración.

-¿El primero?

-Sí, y hablamos de gente joven que hacía una interpretación de la ciudad. Nos dijeron que si calle Santa María nos salía mal nos tendríamos que ir. Mucho que perder y poco que ganar. nos decía Julio García, jefe de proyectos y obras.

-Imagino que eso mismo, multiplicado, en el caso de calle Larios.

-Si, pero luego fue una cosa fluida y hasta natural. Villalobos nos dijo: no digáis nada, pero empezad a estudiar calle Larios. En el equipo nos propusimos que se hiciera peatonal porque con las obras en las calles próximas se había creado ya un espacio previo a un espacio salón. En el área de Tráfico nos atosigaban con los datos de coches, y yo les decía que tenían que descontar las 37 veces que yo daba vueltas buscando aparcamiento. Era la calle de los optimistas, les decía: todos creen que podrán aparcar. Con el cambio en la Alcaldía, De la Torre estaba obligado a asumir calle Larios y si no lo hacía... no saldría al año siguiente. Hicimos un seguimiento quincenal de las obras con todos, con vecinos, comerciantes, cofradías, se acordaron todos los detalles. Se calculó todo incluso para el paso del trono más grande, el de la Esperanza, que saqué yo precisamente ese año.

-¿Es cofrade?

-No. Lo saque ese año por una promesa de mi madre, que pidió para que me subiera al guindo. Fui un niño enfermizo y los médicos no me daban más de un año. Tenía convulsiones... recuerdo aquella etapa acostándome a las seis de la tarde. Era un hipersomne. Necesitaba 12 horas. Mi madre me desveló la promesa a los 19 años. Y bueno, lo que comentaba, incluso no se querían poner farolas por la Semana Santa. Creo que el éxito o fracaso de una actuación urbana está en la presencia de políticos en su inauguración. La última actuación en la plaza de la Merced, por ejemplo, no se inauguró, si no que un señor cruzó un día una cinta de plástico y quedó inaugurada... Ese desorden habla de lo que hacemos. Lo que hace una ciudad es reflejo de su estado mental: esa plaza con bordillos que desaparecen, pavimentos confusos y esa calle Granada de la que sales a la plaza haciendo el egipcio porque tropiezas con una parada de taxis. O lo de hacer permeable el paseo de los Curas y el Parque y vamos y le metemos un carril y ya tenemos otra Alameda.

-O decidimos ponerle un metro.

-Eso. La sociedad se cabrea cuando le mienten. El metro tiene que ir por debajo. ¿Que no hay dinero? Que no se haga. Discutir sobre la verdad, no sobre mentiras. El lamentable debate que hay es un insulto a la inteligencia.

-Hay arquitectos que defienden la opción del tranvía.

-La mayoría pensamos que es un disparate. Te ponen una foto de Burdeos, sí, con un metro muy molón pero no se ven las dos vallas. ¡Pero si hemos tenido la tremenda desgracia de la cabalgata, que es una vez al año, a diez por hora, imagínese un metro en la Alameda! En Sevilla se quitó el tranvía en el 70 a raíz del atropello mortal de una mujer embarazada... Lo de ahora es un guiño turístico. El director de la Escuela de Arquitectura, Santiago, ya decía que era un disparate. Pero cómo puede ser que la parte buena del XIX, el ensanche de Muelle Heredia y Alameda esté devaluada como una 'autopista'. Esa parte del Centro se ha quedado como macroisleta. Si encima colocas un metro, eso ya es segregación directa. En superficie es un contrasentido, no es un submarino económico que flota. Como arquitecto estoy harto de ver cómo las cosas se hacen bien en otros sitios. El malagueño no tiene capacidad de sufrimiento. Desaparece de los sitios conflictivos como la Alameda. Se va a Alcazabilla, a Pedregalejo y cuando eso se sature migrará a otros sitios. Su espíritu es muy disfrutón... y siempre piensa que le quedará la playa... Mirar el horizonte y pensar... qué ordenadito está todo!

-Y sin ningún concejal a la vista.

-Efectivamente. Por cierto, que sin salir de la playa, de pronto nos hemos encontrado con unos chiringuitos tipo búnker, algo absurdo, inverosímil. Se ha ido regulando hasta el absurdo algo tan natural como los chiringuitos hasta que desaparece el sombrajo, la arena en los pies... Así funcionaban desde los neandertales que se pegaban mariscadas en el Bajondillo. Ahora esos chiringuitos ¡con ascensor! Yo al principio pensé que eran estaciones de bombeo, algo de Cruz Roja... no sé. Estoy harto de que las cosas se hagan mal.

Alcazabilla

-Después de calle Larios ¿cómo fue lo de tocar otros espacios nobles como Alcazabilla?

-Arranca de mi etapa docente en Sevilla y de la necesidad de explicar la ciudad de Málaga. Sevilla estaba llena de alumnos malagueños. En mi taller de proyectos yo trabajaba sobre nuestros espacios. De repente empiezas a ver un potencial al que nadie le mete mano porque como vaca lechera inmobiliaria salir del litoral y meterse en el Centro es esperar menos leche. Organizamos unos seminarios desde el 96 con el Colegio de Arquitectos. Fueron dos semanas pensando sobre Málaga, fue un exitazo. La gente se implicó mucho y se hizo un listado de temas, por zonas: la antigua Medina, el salto de las rondas, el muelle de Heredia, Pedregalejo, Baños del Carmen... Cuando una realidad se dirige a su potencial lo hace sin esfuerzo. Así fue con Larios.

-¿Siente que se queda corto en sus propuestas aunque no le falten las críticas?

-No tengo la sensación de propuestas cortas, sino de hacer lo conveniente. Es muy importante saber de las permanencias urbanas que son valiosas y las que son deposiciones de la historia. Una mierda de edificio de hace 150 años sigue siendo una mierda con 150 años. El debate no es si es antiguo o no. La vida no quiere que los niños se vistan como los de la generación anterior. La ciudad tampoco. Algunos decían: calle Larios sin aceras, o esas farolas de la plaza de la Constitución, que por cierto eran un diseño de vanguardia en una feria de iluminación de Berlín y no las que se quitaron en calle Larios, donde se pusieron las del proyecto original.

-¿Es partidario de un espacio diáfano en el conjunto Alcazaba, Gibralfaro con el Albéniz eliminado?

-Totalmente. Es cuestión de tiempo. Ha pasado la época en que se podía haber hecho y no nos atrevimos. Todo ese borde de la Alcazaba requiere de una rehabilitación paisajística. Los nuevos recorridos que hemos hecho en la ladera integrados han recibido buenas valoraciones. Una revista especializada los sitúa entre las mejores intervenciones en espacios urbanos con perfil contemporáneo. Los recorridos están integrados, con firmes de tierra prensada...

-Sin embargo, en frente está su labor en la judería, criticada por su casi desaparición. ¿El Picasso ha sido el gran condicionante?

-Al final es un museo-fortaleza. Se pensó en una rampa hacia Alcazabilla a modo de balcón en lo que hoy es la terraza del Pimpi y eso asustó al museo. Decían que podían hacer pintadas. Pues que se controlen. No podemos hacer una ciudad antivandálica, a la defensiva. Eso la endurece.

-Por cierto, le han afeado por bajar del pedestal a Ibn Gabirol y que los perros se meen ahora en sus pies.

-Vamos a ver. Hay esculturas ecuestres, en alto, héroes, próceres, pero Gabirol era una persona reflexiva, tímida, que le gustaba pasear, para unos un poeta filósofo y para otros un filósofo poeta, una rara avis. Yo creo que así le gustaría estar, paseando. El problema no es el pipí del perro. Eso, con multas de 80 euros se soluciona. El problema grave es en la feria donde una vez me encontré un grupo de diez chicas orinando y llegabas a calle Alcazabilla con los pies pegados entre un olor inmundo. ¿Qué haces, vallas calle Alcazabilla? No hay que diseñar a la defensiva sino educar a la gente.

-Hace poco Protección Civil alertaba de 150 puntos de riesgo para peatones: cornisas, aceras, fachadas apuntaladas... A la rehabilitación del Centro le pasa como al saneamiento de la Costa: décadas de promesas y de incumplimientos.

-Se ha llegado a un grado de control administrativo paralizante. Una cosa es que antes las cosas se hicieran de tacón y ahora que para cambiar una puerta hagan falta seis meses. Tenemos a cinco personas produciendo y a 25 administrando. Hay que pasar informes de supervisores enfrentados... hay demasiados organismos. La rehabilitación pasa por aligerar de tasas, de evitar supervisiones de distinto color político. Un proyecto pequeño no puede tardar año y medio.

Imitar a los abuelos, no

-¿Se ha visto en alguna de esas?

-Sí, y al final te vuelves un pequeño mecenas. Le pierdes dinero, pero no vas a dejar tirado a tu cliente y a la ciudad. Quien tiene un trabajo en el centro no tiene un trabajo, tiene una ruina. Es una putada ese sobreesfuerzo de gestión. Como se te ocurra hacer viviendas, ahí tienes a la Junta, la Gerencia, Cultura, bomberos... No compensa. En cierta forma, los trabajos que he hecho fuera del Centro o de Málaga me han permitido afrontar cosas en él. Su tramitación es normal, razonable.

-No cuadra tanto abandono de solares históricos y a la vez tanto recelo a actuar en lo antiguo.

-La preservación de fachadas es por proteger un espacio sensible como es el Centro y cierto temor a que lo que venga sea peor. El XIX no tenía miedo a construir sobre lo del XVIII, en general de peor calidad. En el mesón Palomo, en Alcazabilla, se ven dos cierros y lo ven raro, pero lo que ha quedado horroroso es la solución con la fachada vecina por una exigencia del propietario. El mesón existe porque se modificó el PEPRI Centro, que preveía demolerlo. Está ceñido a lo elemental. Si estás dentro lo que quieres es ver diáfano el Teatro Romano, por eso los cierros así. Es mantener lo que había pero sin ornamentos. Alguien que imita a su abuelo demuestra que no tiene confianza. La ciudad nueva tiene que ser mejor.

-Dígame edificios en los que crea que se ha actuado mal.

-Lo que se hizo en la hermandad de la Esperanza, por ejemplo, un edificio industrial que se forró de molduras y capiteles. En la Merced, en la esquina hay otro con una fachada neodecimonónica que es un engendro y das la vuelta a la esquina y está ese mismo edificio con su honestidad discutible de los 70.

-¿Málaga está presa del XIX?.

-Tiene un urbanismo bipolar, protector a ultranza en el Centro y otro depredador a nivel territorial.

-Ahora no hay cancha para las nuevas promociones de la Escuela de Arquitectura...

-Así es. Prolongan su etapa lo máximo, solicitan becas, cursos y no salen a un mercado que no hay... En Málaga no hay jóvenes trabajando, es un hábitat profesional hostil incluso para los consolidados. Hay diáspora de talentos. En mi estudio, Cristina García Baeza está vinculada a nuestros proyectos desde 2009. Lucha por trabajar en la ciudad. Creo que se va producir una ruptura en este trabajo. Hay una descapitalización dramática. Las hornadas que he tenido están llenas de grandes soluciones. La peor de ellas es mejor que la mejor de la que sale de difíciles acuerdos. En un master que dirige la arquitecta Mar Loren sobre los Baños del Carmen ha habido cinco equipos, gente no torcida por disputas políticas. Esas propuestas no son ni utópicas ni ingenuas porque ingenuidad es pensar con libertad, pero en Málaga no se llega a acuerdos.

-Suena extraño en boca del coautor de la nueva calle Larios.

-¿Pero cuantas veces ha sucedido eso? Y se puede hacer, porque de las propuestas siempre hay una mejor, con sus inconvenientes. El diseño de una propuesta de calle Larios se hizo sin contacto con nadie, pero se explicó y así se integran los pormenores, las medidas. Un proyecto no surge de una asamblea popular.

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