Pese a que es una estampa que se repite desde hace dieciséis años, la destreza de las mujeres de Ardales a la hora de preparar chorizo, morcilla y salchichón sigue siendo objeto de admiración entre los curiosos que se acercan a observar las 'cocinas' de la Fiesta de la Matanza. Con paciencia y mucha maña, estas vecinas, repartidas entre tres mesas, se dedican la mañana a embutir en tripas las jugosas chacinas, que actúan como el mejor complemento al plato estrella de esta celebración: la caldereta de cerdo. Un buen remedio contra el frío que ayer se cernía sobre el interior de la provincia.
Alrededor de una veintena de hombres y mujeres del pueblo conforman cada año la particular cuadrilla que se ocupa de dar de comer a las cerca de diez mil personas que acuden hasta allí para participar en una fiesta que rinde homenaje a la tradición gastronómica de estas tierras, donde se cumple a rajatabla esa máxima que dice que del cerdo se aprovechan hasta los andares. Esta décimosexta edición sirvió para confirmar que este evento, declarado de singularidad turística provincial, se ha convertido en el mayor atractivo para los visitantes y en todo un orgullo para los habitantes de Ardales, que cada año se vuelcan en la organización.
«Nos vienen autobuses de Málaga, de Fuengirola, de Sevilla... Hoy en día, con las redes sociales llegamos hasta el último rincón del mundo», apuntaba Juan Bravo, concejal y, ayer, cocinero de masas. En efecto, durante la mañana muchos de los que hacían cola esperando su plato de carne en salsa se dedicaron a fotografiar la enorme cazuela y colgar las imágenes en Facebook o Twitter.
El alcalde, Juan Calderón, sostiene que la Matanza se ha consolidado como inyección económica para los empresarios locales, lo que explica el entusiasmo de los ardaleños y que cada uno quiera poner su granito de arena. Precisamente, uno de esos negocios, la fábrica de embutidos El Cuartel, aporta el grano que tiene la culpa de que la mayoría de los visitantes se chupen los dedos con la caldereta: un ingrediente secreto metido en un bote que solo unos pocos conocen.