La caza del anunciante de La Noria parece haberse convertido en un nuevo deporte nacional. Cada marca que se anuncia provoca un titular escandaloso, como si hubieran sido sorprendidos en flagrante delito. ¡ Vitaldent se anuncia en La Noria! ¡También Microsoft! Es el efecto del 'apestado'. El cerco de titulares y retuiteos en las redes sociales desarma a las marcas; y más de sesenta han huido bajo la presión del doble castigo del escarnio y esa lapidación pública, sin miramientos de quién va libre de pecado para tirar las primeras piedras. Revela mucho de la genética nacional. Naturalmente el mundo será un lugar mejor sin La Noria que con La Noria; pero, parafraseando la máxima clásica de la democracia, lo deseable es un país donde La Noria desapareciera por falta de audiencia, sencillamente porque no haya nadie al otro lado de la pantalla cuando se abran las compuertas de ese estercolero semanal, o incluso porque una regulación razonable estrechara su recorrido, pero no achicharrada en la pira de los nuevos inquisidores que han desencadenado un boicot sospechosamente lleno de fariseísmo.
Hay mucho periodismo adulterado pero La Noria es un espacio cutre de entretenimiento que retrata a su público con cada éxito de pantalla. Sí, hay periodistas y políticos que van a hacer caja a sabiendas de que cuanto más vocingleros y ramplones resulten sus exabruptos, más sube la audiencia y su caché, que es lo que inspira a Pilar Rahola y Celia Villalobos llamándose de cerda, o lo de Miralles y María Antonia Iglesias; pero eso no es más que otra clase de pornografía para la hora golfa del late night de los sábados. La Noria no es un tumor extraño en un país sano, sino un grumo más en el lodazal catódico lleno de programas cutres de telerrealidad al modo por Gran Hermano, talk-shows descarnados tipo El Diario de Patricia o porquerizas para la intimidad como Sálvame. Esta sí que es una marea negra de chapapote moral Made in Spain. Es incierto que en Alemania, Francia, Inglaterra o los países nórdicos emitan en abierto una parrilla equiparable, o incluso en los países del Este bajo el síndrome hortera de las postdictaduras. Si ocurre aquí triplemente, eso retrata a la administración o los empresarios sin escrúpulos pero también a la audiencia corresponsable con su ética personal, eso que Savater define como "decidir qué cosas queremos hacer, qué tipo de personas queremos ser; la reflexión necesaria de un hombre condenado a la libertad». La telebasura no sólo está en la pantalla sino en cada uno de los espectadores que se sienta en casa a consumir esa dieta alta en colesterol moral. Hacer batalla de un programa, no del fenómeno social, parece sólo un modo farisaico de vender buena conciencia.