Primero fue un cine, el Lope de Vega. Con el tiempo, se convirtió en una pista de patinaje: Rolling. Y no fue hasta finales de los años 80 cuando pasaría a ser la discoteca y sala de conciertos Bobby Logan. Todo un símbolo en Málaga. La afición de sus propietarios por la aviación le dio nombre. Y en él se cobijaron miles de jóvenes durante años en busca de evasión y sobre todo diversión. Fiestas, juegos, ligues... La sesión de tarde era cita obligada. ¿El único requisito? No superar los 20 años. Los mayores tenían que esperar a las doce. Entonces, sonaba la música de la serie 'Fraggle Rock' y, cual 'cenicientos', tenían que dejar paso a los adultos y volver a sus casas. Pero el hechizo acabó un día de abril de 1993. Bobby Logan voló y con él, muchos sueños.
Casi dos décadas después, lo único que queda es el edificio de la avenida Juan Sebastián Elcano... además de cientos de nostálgicos. En Facebook superan ya los dos mil en torno al grupo 'Yo fui a Bobby Logan'. Es el último rescoldo. Hasta el momento. Porque uno de aquellos jóvenes ha decidido rescatar todos esos recuerdos y darle forma de relato. No tiene pérdida: 'Bobby Logan', así se titula el debut en la novela del crítico cinematográfico y escritor Miguel Ángel Oeste. Zut Ediciones respalda esta historia de ilusiones y frustraciones que se publica en diciembre y que juega con «el engaño de la memoria» para retroceder hasta el Pedregalejo de finales de los ochenta y principios de los noventa a través de un grupo de chicos humildes que ven cómo sus sueños caen en saco roto. Es lo que Miguel Ángel Oeste define como «la derrota de la juventud, la derrota de muchas cosas que parecen indestructibles en esa etapa y que a medida que crecemos se desvanecen y se vuelven frustraciones». Un ejemplo, «el sentimiento de unidad de la pandilla, que poco a poco desaparece; entonces, esa amistad férrea y que parece indestructible comienza a resquebrajarse por todos lados».
Paso a la madurez
Ese paso a la madurez es el motor de todo este engranaje en el que, a modo de cubo de Rubik, se van cruzando y encajando las historias del Búho, el Lapa, el Pelúo, el Amante de las Piscinas, el Lepra, el Cabeza, y las de otros tantos personajes -más de una veintena- entre borracheras, sexo, drogas, peleas y una rutina diaria en la playa que encontraba cada fin de semana su oasis en Bobby Logan. De fondo, escenarios fácilmente reconocibles para cualquier malagueño: Las Acacias, el arroyo Jaboneros y su desembocadura, la playa del Chanquete, el Monte de San Antón, La Chancla...
Allí los protagonistas pasan los días surcando esas olas que representan los anhelos de adolescentes en los que más de uno se verá reflejado. Si no con los personajes o el escenario, sí con detalles especialmente cercanos para los que superan los treinta. Véase el VHS, los casetes, las tribus urbanas o aquel polémico 'Boys, boys, boys' de Sabrina. Sin olvidar ese otro hilo musical de fondo al que ponen voz nombres míticos como Nacha Pop, Los Ronaldos o Radio Futura.
«Es el retrato de una época», describe el también experto en el séptimo arte, que ve un cierto aire cinematográfico a este relato generacional que escribió hace casi diez años. «Se habla de lo cotidiano, no hay grandes aventuras», avisa Oeste, que se identifica en cierta forma con las historias de Juan Marsé, Juan Bonilla o Kiko Amat, «que también hablan de gente de barrio, de personas humildes y comunes para los que el futuro es algo más extraño que un extraterrestre».
Porque entiende el autor que en la adolescencia «se vive todo con mucha intensidad» y esa capacidad «se va perdiendo con la edad». «A medida que crecemos resulta más difícil emocionarse», añade con la convicción de que tendemos a idealizar el pasado: «Siempre pensamos que es mejor, aunque fuese duro». Y el de estos chicos lo es. Aunque también hay momentos para la risa, como la vida misma. Porque Miguel Ángel Oeste mira a Pedregalejo como «universo» y al pasado «como la sombra de Peter Pan».