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La mascarada del Guadalquivir

EL MIRADOR

La mascarada del Guadalquivir

Es el precio por dedicarse a trabajar los bucles melancólicos en lugar de los desafíos de la realidad

24.10.11 - 01:32 -
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F inalmente la delegación andaluza se ha rendido devolviendo las competencias del Guadalquivir al Estado. Desde luego les ha costado claudicar, aferrándose hasta casi la medianoche de la última ronda de negociaciones, como si se tratara de defender el honor racial como en Numancia o el sitio de Zaragoza ante las tropas napoleónicas. No hay nada -y nada es nada- en lo que los dirigentes andaluces hayan transmitido más compromiso para dar batalla, más determinación, enviando una y otra vez mensajes de resistencia desde que el Tribunal Constitucional sentenció la ilegalidad del artículo del Estatuto que se adjudicaba la gestión del río. De hecho, se trata de una de las pocas ocasiones en que la clase política ha mostrado unidad; con toda la nomenclatura andaluza bajo la misma bandera en esta guerra de aguas, Arenas al lado de Griñán y también Valderas. En una comunidad con más de un millón de parados y serios problemas económicos, sociales, laborales, judiciales o educativos, no deja de ser asombroso que el máximo consenso sólo se alcanzara en un asunto simbólico como ése, con la casta política andaluza volcada en reclamar una gestión fluvial que a la mayoría de andaluces le importa menos que una higa.
Todo esto del Guadalquivir podría resultar ridículo, pero es mucho más que eso. Aunque ha habido otras regiones bajo el mismo delirio -los castellanoleoneses con el Duero o los aragoneses con el Ebro- aquí se logró el más difícil todavía, porque no sólo se apropiaron de un río que pasa por otras comunidades, rompiendo la Directiva Marco de la unidad de cuenca contra las advertencias del Colegio de Geógrafos, sino que además, ya en la sinrazón de una Ley de Aguas calamitosa, absorbieron Cuenca Mediterránea de Málaga para llevar su gestión desde Sevilla. Y así hubiese quedado todo de no toparse con el dictado del Tribunal Constitucional. Así que el Guadalquivir sin duda es todo un símbolo, pero un símbolo de la miopía de unos dirigentes desconectados de la razón. Por eso sus dos líneas rojas del Estatuto -la deuda histórica y el río Guadalquivir- han acabado mal. Es el precio a pagar por dedicarse a trabajar los bucles melancólicos en lugar de encarar los desafíos de la realidad. Esa obsesión ya quedó desnudada en la primera redacción del Estatuto, cuyo preámbulo establecía que Andalucía se había vertebrado históricamente alrededor del Guadalquivir, obviando el litoral mediterráneo y atlántico. Y ese centralismo bético es lo que ha terminado por desarmar el sentimiento andaluz, nutriendo además a una generación de dirigentes localistas que han convertido el territorio en un puzle de taifas. Gran fracaso final para tres décadas de autonomía simbólica pero ineficaz.
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