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La fuerza de la convicción

LA TRIBUNA

La fuerza de la convicción

La experiencia ha puesto de manifiesto que hombres y mujeres comparten, en igualdad de méritos, la inteligencia y la estupidez. Esta evidencia hace inconsistentes los argumentos reacios a la reparación de una injusticia histórica

15.10.11 - 01:38 -
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El asiento de la convicción en los principios en que se dice creer se pone tanto más de manifiesto cuanto más sacrificio personal entraña su defensa. Es justamente en los momentos de dificultades para todos y de crisis personal, cuando la fidelidad a los principios se hace más necesaria que nunca. La firme creencia en los valores constitucionales e ideológicos y su irreductible defensa y ejercicio son un mensaje de coherencia. Si se trata además de personas o instituciones públicas, constituyen un ejemplo de fiabilidad.
Viene esto a cuento de dos sucesos -creo, en efecto que así deberían calificarse- que en las últimas semans han venido a extender la sensación de que no es oro todo lo que reluce. Por una parte, el Consejo de Administración de RTVE adopta un acuerdo que se da de bruces directamente con el derecho fundamental a la libertad de información y de expresión del ente público y de los profesionales que en él trabajan y que afectaría directamente al derecho fundamental a recibirla de todos los ciudadanos. El acuerdo, adoptado por mayoría de los consejeros, con las honrosas excepciones de los designados por IU y UGT, se facilitó con la abstención (¿indiferencia?) de otros consejeros. Justamente aquellos que estaban elegidos para asegurar la imparcialidad y neutralidad del medio público de comunicación por excelencia de España, sucumbieron a la tentación del privilegio de saber de antemano qué resultaba noticiable a los ojos de los elaboradores de la información.
Quizá no había detrás de ello otra intención, pero la reiteración de la propuesta -ya había sido bloqueada por sus Presidentes en dos ocasiones anteriores y advertidos sus posibles efectos por los opositores al acuerdo -era una circunstancia que debiera haber provocado una mayor y mejor reflexión sobre la tenebrosa puerta que abrían (sin intención, válgame Dios). Esos mismos consejeros mutaron su decisión en menos de veinticuatro horas, al comprobar la alarma que habían provocado. No sé si resulta más sospechoso el primer acuerdo que el segundo. En cualquier caso el primero -inexplicable-- pone de manifiesto el constante riesgo que corren los derechos fundamentales y la escasa firmeza en la defensa de valores constitucionales o directamente su deliberada puesta en peligro. El segundo es un paso atrás, que deja en el aire la sospecha de que pueda repetirse en el futuro una vez las aguas se remansen. La adecuada elección de quienes ejercen el poder, la permanente vigilancia de su ejercicio, y la articulación de los remedios judiciales y ciudadanos frente a la agresión a los derechos constituye garantía de su intangibilidad..
Algo similar ocurre con las listas electorales. Los partidos políticos se han cansado de exhortar a tirios y troyanos acerca la bondad de la igualdad entre los géneros, sobre la rentabilidad -incluso la rentabilidad económica-de integrar de pleno derecho y de hecho a la mujer en el núcleo de las decisiones políticas, económicas, empresariales y en el ámbito de las relaciones con sus parejas, por citar algunos ejemplos. Para ello se implantaron normas que aseguraran su presencia en los órganos de representación política y en los Consejos de Administración y se inició el desarrollo de una política reeducativa gracias a la cual habría de crecer la autoestima de las mujeres y el respeto y la estima de los hombres por las aportaciones que ellas pueden realizar. Se trataba en definitiva de hacer de las mujeres y hombres auténticos compañeros en condiciones de igualdad de esta aventura que es vivir. No ha sido fácil para algunos varones aceptar esto y han sido muchos y muchas los que han despreciado todas las iniciativas que se han puesto en marcha en este sentido, si bien las objeciones siempre han sido expresadas a media voz, conscientes de la virulencia de un movimiento justo que resulta imparable. La experiencia ha puesto de manifiesto que hombres y mujeres comparten, en igualdad de méritos, la inteligencia y la estupidez. Esta evidencia hace inconsistentes los argumentos reacios a la reparación de una injusticia histórica. Sin embargo, las convicciones aparentemente profundas que alentaron el progreso de nuestras compañeras se ven hoy burladas, pues los partidos políticos -incluso aquellos que se comprometieron más decididamente con la igualdad de género- están confeccionando listas electorales que revierten la posición alcanzada en perjuicio de las mujeres.
Ciertamente que las listas electorales se confeccionan en proporciones adecuadas a la ley, pero se relega a las candidatas a puestos de menor probabilidad de resultar elegidas. Se trata, pura y simplemente de un fraude a la ley que consiste en aparentar que se cumple en la letra, mientras se regatea el espíritu que la inspiró. De nuevo, pues, se pone de manifiesto que la convicción en los principios se acomoda al según y cómo de cada momento. Lo dicho: no es oro todo lo que reluce.
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