S i ETA anuncia su final antes de las elecciones del 20N, se tratará de una argucia para favorecer el resultado electoral de la formación de la denominada izquierda abertzale. Las encuestas sitúan a Bildu o la marca que sea con al menos tres diputados en Madrid, pero hay otras encuestas que indican que podría superar al PNV en número de diputados y, por tanto, lograr grupo parlamentario propio. La banda terrorista intentaría engañar con sus manipulaciones habituales que poco tendría que ver con favorecer al candidato socialista, Alfredo Pérez Rubalcaba. Muy al contrario, ese anuncio serviría como intento de fractura entre los dos grandes partidos para socavar la unidad de acción en un momento crucial del final del terrorismo, con reproches mutuos de intentar acaparar la victoria sobre los violentos, e, incluso, con acusaciones, que ya se escuchan, de negociaciones previas con la banda que, no nos engañemos, presentaría su decisión como aval de los resultados electorales de Bildu y como un logro político de su violencia.
Nunca hay que vender la piel del oso antes de cazarlo, ni mucho menos pensar que la banda terrorista ETA está totalmente acabada porque, por desgracia, asesinar es demasiado fácil aunque sus consecuencias sean absolutamente contraproducentes a lo que persiguen los asesinos.
Asistimos a los estertores de una infamia que ha secuestrado, después de la amnistía de 1977, durante 34 años a la sociedad española, y especialmente a la vasca, y es imprescindible evitar tentaciones partidistas en los grandes partidos democráticos que puedan originar fisuras favorables a los intereses terroristas. Hay que evitar la tutela de la situación política, que ETA no para de intentar, y para ello es imprescindible que socialistas y populares eviten utilizar la lucha antiterrorista en la campaña electoral, como ocurrió con la reciente intervención de Aznar en Málaga, fuera de lugar, y la consiguiente respuesta socialista. Si Arzalluz tiene razón y el final está cerca, habrá que saber gestionar la derrota de ETA.