Aunque avanza imparable la globalización, los diferentes países siguen siendo reconocibles. Soy un globalófilo entusiasta, pero me gusta distinguir una nación cuando la visito. De eso se encarga, sobre todo, la arquitectura, más duradera que las costumbres, pero ni siquiera éstas corren peligro de uniformidad.
Por ejemplo, si comparamos lo hispánico con lo británico -dos viejos modelos antagónicos-, la misma diferencia existe entre el edificio del Parlamento en Londres y el Monasterio de El Escorial que entre un insulto británico y otro español. Veamos a continuación un improperio con inconfundible aroma inglés. En 2007, 'The Guardian' comenzaba así una reseña: «Alexis, el popular loro del zoo londinense, más inteligente que la media de los presidentes norteamericanos, murió ayer a la edad de 31 años». En España, por el contrario, el insulto es directo y violento. Hace honor a su parentesco etimológico con 'asalto'. Es el martillo frente al florete, la herida contusa frente a la incisa. Es parte del patrimonio nacional, más protegido que el lince ibérico.
Una sentencia sobresalta estos días a los españoles. (Esto es mucho, en un país cuyo Tribunal Constitucional ha legalizado Bildu, y ha considerado no punible la violencia ' si se da en un contexto huelguístico'. Un país, en suma, que tuvo a Fernández Bermejo ¡como Ministro de Justicia!). Pues bien, este país se ha escandalizado por una reciente sentencia de la Audiencia de Murcia. El juez ponente -ya famoso por otras sentencias del mismo signo- ha considerado que cierto individuo, condenado por malos tratos a su esposa, al llamarla 'zorra' no la insultaba, sino que intentaba elogiar su astucia, tan típica de esos animalitos. Un disparate, una burla. Aunque me temo que, de no tratarse de un caso 'de género' -por ejemplo si fuera un insulto de mujer a mujer-, este atropello judicial hubiera pasado inadvertido.
Tengo alguna experiencia parecida (¡qué no se vivirá en dieciséis años municipales!). En 1981, cierto señor declaró a un periódico de Málaga que un servidor, por entonces alcalde de la ciudad, era un 'bellaco'. Un insulto de prestancia pero que, obviamente, me ofendió, por lo que me querellé contra aquel ciudadano. En el juicio, su defensor usó el conocido truco: la segunda acepción académica de 'bellaco' es 'astuto y sagaz', que era, justamente, lo que su defendido había querido decir. El caso llegó hasta el Tribunal Supremo (sentencia de diciembre de 1984), y tuve más suerte que la señora de Murcia, pues mi contrario tuvo que indemnizarme con un millón de pesetas. (Mi insultador era un general retirado de la Guardia Civil, por lo que decidí donar aquel dinero al Colegio de Huérfanos de la Benemérita).
Y acabo con otra anécdota, que cuenta Manuel Alcántara con gracia intransferible. En un concurrido café malagueño, cierto importante personaje local fue abordado por un colérico joven que, ante el estupor de todos, le gritó: «¡Canalla, ladrón, sinvergüenza, miserable!». Se levantó el interpelado, y respondió muy digno a su ofensor: «¿Cómo debo interpretar esas palabras?». Aquel tipo iba para juez.