Cuatro vecinos armados vigilan el acceso a las oficinas centrales de los servicios de inteligencia de Muamar Gadafi, el temido Mujabarat. Detrás de la puerta coronada por un cartel que reza «las armas para el pueblo» se esconde un complejo donde dos edificios están destrozados por las bombas de la OTAN. «Aquí nos traían para los interrogatorios y después nos llevaban a prisión, muy pocos salían en libertad», recuerda el doctor Mohaidin Hamed. Este médico se echó a las calles para unirse a la revuelta a mediados de febrero, pero la chispa que prendió en Bengasi fue sofocada brutalmente en la capital por el régimen y «miles de personas acabamos en prisión». Ahora pasea entre los restos de este centro de terror al que los vecinos ya le han perdido el miedo.
La basura se acumula en las calles de Trípoli. Los civiles se acostumbran a vivir sin agua, ni electricidad y a pagar fortunas por la gasolina y el gas. Una treintena de barcos con ayuda humanitaria se encuentran en aguas de la capital a la espera de atracar y poder descargar alimentos y medicinas. Esperan que los operarios del puerto vuelvan a sus puestos de trabajo y sobre todo que mejore la situación de seguridad en la capital.
Aunque los rebeldes aseguran haber expulsado a las fuerzas de Gadafi de la capital, los combates no cesaron en todo el día en la zona próxima al aeropuerto internacional, donde ayer se descubrieron decenas de cuerpos calcinados en lo que podría ser un centro de detención del régimen. A lo largo de la semana se han repetido las denuncias sobre los crímenes de guerra cometidos por ambos bandos en los últimos días y las pruebas comienzan a salir a la luz.
La OTAN bombardeó en dos ocasiones el edificio del Mujabarat, «pero ellos siguieron trabajando en los que quedaban en pie y en los sótanos, esto no se cerró hasta el pasado sábado, cuando todos los oficiales salieron corriendo», aseguraba ayer el doctor Hamed mientras muestra el despacho de Abdela Senussi, jefe de este órgano represivo que hacía temblar a todos con solo escuchar su nombre.
La cúpula del régimen se ha esfumado con la llegada de los rebeldes a Trípoli y la búsqueda de Gadafi y su familia se ha convertido en una obsesión. Altos funcionarios y exministros han encontrado refugio en Túnez, pero los Gadafi siguen en paradero desconocido y cada día surgen rumores diferentes. El último fue filtrado por la agencia egipcia Mena que aseguró que habrían huido a Argelia «en varios vehículos de la marca Mercedes».
Intervención de la ONU
El presidente del Consejo nacional Transitorio (CNT), Mustafá Abdul Jalil, aseguró no tener pista alguna sobre el paradero de Gadafi, pero se mostró optimista de cara al futuro y mostró su convencimiento de que «somos capaces de controlar la seguridad en Libia, nuestro problema es la falta de medios financieros para cubrir los puestos de policías». Las fuerzas del orden son ahora los milicianos de todo el país que se han reunido en la capital libia para expulsar a las unidades gadafistas, ni rastro de agentes de tráfico o cualquier otra forma de servicio del orden regular. Las calles están en manos de las milicias y aquí todo el mundo va armado porque nadie se fía de nadie.
La comunidad internacional sigue de cerca la evolución de la revuelta libia y el secretario general de Naciones Unidas, Ban Ki-moon, adelantó que se podría desplegar una misión de paz «para ayudar a restaurar el orden y la estabilidad» en el país norafricano. Una medida que no concuerda con los planes del CNT, que desde el comienzo ha mostrado su oposición al despliegue de fuerzas extranjeras a Libia, y que «solo estaríamos dispuestos a aceptar policías de países árabes musulmanes», aseguró el presidente del CNT en respuesta a los planes del organismo internacional.
La transición política se solapa con lo que los rebeldes esperan sea la última fase de la guerra. Las fuerzas opositoras controlan el paso fronterizo de Ras Jadir, pero la carretera que une Trípoli con Túnez sigue sin ser segura por la presencia de unidades gadafistas. En Sirte, 400 kilómetros al este de la capital, ayer no hubo combates, pero las negociaciones con las tribus parecen no dar resultado porque los dos grandes clanes de la ciudad natal del dictador siguen siendo fieles al régimen.
«De momento no hay muestras de alegría en la capital porque seguimos teniendo miedo, pero de verdad que estamos muy contentos por el fin de esta pesadilla», asegura el doctor Hamed a la salida del cuartel general del Mujabarat, un lugar con el que «lo mejor que se puede hacer es destruirlo para siempre».