Muchas lágrimas se derramaron ayer a las puertas de la Academia de Policía. A escasos metros de distancia, Marvat Mohamed y Farah Ezzat se enjugaban los ojos sin perder de vista la gran pantalla. La primera «por ver a nuestro padre, a nuestro héroe, que hizo todo lo posible por convertir a Egipto en un gran país, humillado y tras las rejas». La segunda, murmurando una oración, y recordando a los «mártires de la revolución, a los que hoy, por fin, se hace justicia».
El juicio contra Mubarak tiene dividida a la sociedad egipcia. Nostálgicos del régimen se han congregado de forma periódica desde la derrota del 'rais' para mostrar su rechazo a los cambios que ha vivido Egipto en los últimos seis meses. Los seguidores de Mubarak forman un pequeño cajón desastre en el que todo cabe, desde los que se quejan de la inestabilidad política del país, que afecta, según dicen, a la economía y al empleo, hasta los seguidores de las más variopintas teorías de la conspiración, que achacan al triunfo de la revolución a una unión de fuerzas iraníes, israelíes y, por supuesto, Al-Jazera.
Pero, si algo les une, es un profundo respeto y un amor entrañable por el que consideran «padre de la patria». «Estoy completamente segura de que es inocente», proclamaba ayer Rasha Salah, una egipcia que, elegantemente vestida, se había desplazado desde Hurgada para seguir el juicio frente a la Academia de Policía. «No hemos vivido una revolución, estamos inmersos en una guerra de los medios de comunicación extranjeros contra nuestro Gobierno», denunciaba Salah que, señalando a la gran pantalla desde la que la televisión estatal egipcia retransmitía el juicio, espetaba: «¡Y ahora también nuestros propios medios, qué asco!».
Más lejos de la pantalla, móvil en mano, y con unos dedos ágiles de twittear, Ola Gamil y Samaa Ahmed, alternaban la vista de la pantalla gigante a la minúscula de sus celulares. «Tengo hoy sentimientos encontrados», afirmaba Gamil, que reconocía sentirse feliz por que finalmente se hiciera justicia, pero inquieta «por todo lo que ha sucedido en estas últimas semanas, el desalojo violento de la plaza Tahrir, la falta de cumplimiento de las promesas de reforma de la junta militar». Muchos activistas temen ahora que Mubarak se convierta en cabeza de turco y todo lo demás siga igual. «No hemos hecho una revolución para derrocar a un hombre, sino a un régimen, y eso aún no lo hemos conseguido», puntualizaba Ahmed.
«Hoy es un día muy importante y feliz», reconocía Mohamed el- Quesny, uno de los jóvenes que han estado desde el principio en la plaza Tahrir, donde los revolucionarios han soportado palos, pedradas e insolaciones sin que esto consiguiera mermar ni un ápice su voluntad de cambio. «Pero veo la pantalla y veo a un viejo, enfermo y humillado, y hay una parte de mí, pequeña, a la que le da pena».