Apenas pasan tiempo en la oficina. Trabajan en la vertical de una montaña, a decenas de metros de altura, o en una oscura sima bajo toneladas de tierra. El lunes, para ellos, no es el primer día de la semana, porque su rutina no entiende de sábados, domingos y festivos. Su jornada es de 24 horas, 365 días al año.
Son guardias civiles y montañeros a la vez. En lugar de munición, su armero está lleno de arneses, cuerdas y mosquetones. Sus botas son de montaña y sus zapatos de batalla, los pies de gato que se usan en escalada. El campo no tiene secretos para ellos. Saben de espeleología, barranquismo, alpinismo o esquí de travesía. Su misión: acudir donde los demás lo han intentado, y no lo han conseguido. Dos móviles que siempre están encendidos son su cordón umbilical con el mundo. Cuando suenan, comienza el rescate.
Miércoles 6 de julio, 7.30 horas. Hay una llamada en uno de esos teléfonos, que están conectados con el número para emergencias de la Guardia Civil (062). «Equipo de Montaña, ¿dígame?». Tres senderistas han encontrado a una mujer que llevaba 18 días atrapada en un risco. Dan un par de referencias geográficas. Está en la confluencia de tres arroyos secos en el nacimiento del río Chíllar, justo por encima del cortijo del Imán.
No necesitan más. Los agentes del Equipo de Rescate Especial de Intervención en Montaña (Ereim) de la Guardia Civil de Málaga saben a qué zona se refieren los excursionistas. Conocen la orografía de la provincia casi como la palma de su mano. «Al menos, lo intentamos», afirma el jefe del grupo, el cabo primero Adolfo Ceballos (42 años). Él fue uno de los tres agentes que participaron en el rescate del río Chíllar. Lo acompañaron el agente Nicolás Rando (36 años) y otro experimentado miembro del Ereim. Se desplazaron en coche hasta Frigiliana y, desde ahí, un helicóptero los llevó al «infierno» donde había quedado atrapada Mary-Anne Goossens, la turista holandesa de 48 años que desapareció el 17 de junio, cuando llegó a Nerja para pasar unas vacaciones.
Fue un rescate duro. El lugar en el que estaba la mujer, justo entre dos cascadas de agua, les obligó a bajar por una antigua pista de animales, ahora en desuso, para después trepar dos tramos de pared de 12 metros hasta llegar a ella. «Al vernos, nos estrechó la mano y nos dio las gracias», recuerda Rando, que lleva 15 años en el Ereim. Mary-Anne les contó que inició la ruta en Nerja y que pretendía llegar a Frigiliana. «No se puede salir al campo sola, sin el calzado ni el equipo adecuados y sin conocer la zona. Pensó que siguiendo el barranco encontraría el pueblo, pero si hubiese continuado por ese camino habría terminado en Granada. Incluso teniendo un mapa, la montaña no es fácil», añade el agente.
Repaso de rutas
Los aficionados, aseguran, se meten por sitios cada vez más complicados. «Parece que quisieran descubrir algo», apunta Ceballos. Eso obliga al grupo a repasar zonas, estudiar nuevas rutas y actualizar las marcas que incluyen en sus dispositivos GPS. Esta es una de sus principales tareas. «Estamos muy en contacto con los guardas forestales de cada zona, que conocen muy bien el terreno», apostilla el jefe del equipo.
Principalmente, peinan las sierras de las Nieves, Tejeda y Almijara, el paraje de Juanar y El Chorro, cuatro enclaves naturales de gran belleza que concentran la mayor parte de los 228 rescates que ha realizado el Ereim de Málaga en sus diez años de existencia. Han salvado a 323 personas en este tiempo.
Los siete agentes que componen este equipo de montaña, que atiende a Andalucía occidental, tienen su campamento base en el cuartel de Álora, precisamente en la carretera de El Chorro. «Ese paraje tiene mil y pico vías de escalada de las tres mil que hay en la provincia», apuntan.
En esa zona llevaron a cabo uno de los rescates más complicados que recuerdan. En septiembre de 2010, un joven escalador se quedó sin cuerda en medio de una pared, tras un espolón de piedra. Eran las diez de la noche y estaba lloviendo. «No había otra manera de llegar que escalando», rememora Rando. «Subimos tres compañeros; el primero iba coronando y asegurando a los otros dos, que cargaban el material».
Tuvieron que hacer tres largos -el equivalente en escalada a unos 120 metros- con una dificultad de 6B (nivel medio-bajo). «De día, aquel rescate no hubiera sido difícil. Pero de noche todo es más complicado». El tiempo siempre juega en su contra. «Hubo un momento en que la lluvia apretó, y hubo que correr para salir de allí cuanto antes», dice.
Una congregación de ángeles
Hubo final feliz, como en la mayoría de los casos en los que intervienen. Casi siempre por la pericia de estos especialistas. Otras, por mera suerte. «En junio de 2009, un chico sufrió un accidente en el Caminito del Rey; se le rompió la pasarela bajo sus pies y se precipitó desde una altura de 80 metros», explica Ceballos. «Dio la casualidad de que se había abierto la presa y subió el nivel, por lo que cayó al agua. Solo se hizo una fisura en la cadera. Aquella tarde hubo una congregación de ángeles en ese lugar».
Entre un rescate y otro, el día a día de los agentes transcurre entre entrenamientos físicos -disponen de rocódromo y gimnasio en el cuartel- y prácticas de socorro y niveles técnicos, en las que ensayan las intervenciones en montaña o en simas, que suelen ser las más complicadas, ya que a veces tienen que pasar por huecos en los que ni siquiera cabe un cuerpo. «Hay un componente del grupo con el título de microvoladuras, que es necesario para esos casos», subraya Ceballos.
Están acostumbrados al campo y a las distintas condiciones meteorológicas, lo que les permite controlar las pulsaciones. «No hay descarga de adrenalina», reconoce Rando. «Esas situaciones -prosigue- son en las que mejor nos desenvolvemos y donde más tranquilos nos encontramos». Aun así, el riesgo de lesiones es inherente a los rescates extremos. «Las rodillas, los hombros y la espalda son las zonas que más sufren. De hecho, ahora tenemos a un miembro del grupo de baja porque ha tenido que operarse de un hombro», agrega.
El cabo primero Ceballos lleva encima uno de los móviles del equipo, mientras que el segundo va rotando entre los otros seis agentes, de manera que siempre hay alguien de guardia. La alarma puede saltar en cualquier momento. «Adolfo y yo -relata Rando- tuvimos un aviso el día de Nochebuena de 2009 precisamente en el Chíllar, muy cerca del sitio donde quedó atrapada la turista holandesa. «El río bajaba muy fuerte, con mucho caudal, y teníamos que cruzar al otro lado para sacar a dos senderistas». El grupo tiene una máxima: «Nunca se deja nada por imposible, ni esperamos al día siguiente si se hace de noche». Idearon un plan. Pidieron prestada una motosierra a un vecino de la zona para cortar un árbol que usaron como puente; así evacuaron a los excursionistas. «Es el mejor momento de un rescate», coinciden. Esa noche, todos cenaron en casa. A salvo.