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El más importante de los Picasso

DEFENSA PERSONAL

El más importante de los Picasso

El Patronato del Museo también ha decidido que, de los Picasso, el que más nos interesa a todos, es Pablo

26.06.11 - 01:29 -
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Acababa yo el domingo pasado planteando la posibilidad de que 'los indignados' abriera una sección dedicada al mundo del arte, y la realidad facilitó las cosas para que esta misma semana se accionasen los resortes adecuados para que 400 firmas se plantasen en el Museo Picasso de Málaga y exigir que no se depurase a su director José Lebrero, en quien, por lo que se dice, la familia Picasso ya no confía. A mí, de la familia Picasso, el que más me interesa es, con diferencia, Pablo. Y Pablo ha salido, de momento, ganando gracias a que el Patronato del Museo no ha cedido a las presiones, y mantiene en su puesto al director del Museo. Cualquier otra cosa hubiera sido un escándalo mayúsculo: escándalo que, de todas maneras, se ha producido por la impericia diplomática de la nuera de Picasso, que hizo públicas sus opiniones sobre el director del Museo, tomando como excusa una exposición, por lo demás espléndida y necesaria, que viene a demostrar el compromiso con la República de Picasso. Para la nuera de Picasso, esa exposición, de la que no fue informada según asegura, aunque estaba en el programa del Museo desde hace mucho, tenía un interés electoralista y maniqueo que resultaba contraproducente. ¿Electoralista? Ojalá viviéramos en un mundo en el que una exposición cualquiera fuera lo suficientemente peligrosa como para hacer cambiar la opción de voto de un visitante: pero me temo que eso no sería verosímil ni en una película de dibujos animados. ¿Maniquea? No me sé la biografía de Picasso como Rafael Inglada -que se la sabe día por día, en un empeño de reconstrucción borgiana que algún día entrará en el Guinnes de los Records-, pero estoy casi seguro de que Picasso es autor de una obra titulada Guernica, y también de que nunca pintó nada que se titulara, no sé, Paracuellos del Jarama o 'Epica y lírica de la resistencia del Alcázar'. Puede que sea verdad que, como dice la nuera de Picasso, al pintor le importaban todas las víctimas de la guerra, pero en lo referente a su militancia en un hecho histórico que, nos pongamos como nos pongamos, exigió de todos aquellos a los que les tocó vivirlo que tomaran una decisión (más aún si eran señaladas figuras de la cultura del momento), Picasso tuvo bien claro al lado de quien debía militar, con quién merecía la pena colaborar. Que eso no le impidiera ser quien era, es decir, que la guerra no le coartara su voz -sino más bien lo contrario: le ayudara a perfilarla y hacerla más esencial- también está fuera de toda duda, y produjo una obra mayor, para nada anecdótica. Podría decirse que Guernica fue una obra en colaboración: la colaboración de un artista como Picasso con una tragedia. Eso mismo puede decirse de tantas otras obras maestras que ojalá no hubieran necesitado escribirse, como el testimonio de los campos de concentración de Primo Levi, o las crónicas de Bernal Díaz del Castillo.
Así pues, el pretexto deleznable para cargarse al director del Museo Picasso, no podía ser más débil y, por decirlo así, antipicassiano, y la exigencia de que Lebrero dejase su puesto ante la pérdida de confianza de la familia, una petición inaceptable contra la que la Junta de Andalucía, ha sabido reaccionar no sé si con diplomacia o con firmeza o con las dos cosas juntas, apoyadas por una ola de comprensible indignación que viene a aleccionar, por si hiciera falta, a quienes creen que pueden hacer de su capa un sayo, o del Museo de todos una casa particular para guardar sus colecciones privadas.
Que un gran museo como el Picasso tenga que pasar por estos episodios bochornosos, podría haberlo debilitado hasta la consunción si el Patronato hubiera cedido a las presiones de la familia Picasso: la decisión de mantener en su puesto a su director, no sé si lo fortalecerá, pero por lo menos no tendremos que pasar por el patético trago de ver caer a un profesional por el mero hecho de hacer bien su trabajo, de haber sabido ahondar en la personalidad de un artista que, como todos los genios, era una multitud de artistas distintos sin dejar, nunca, de ser propietario de una voz inconfundible. Incluso cuando las circunstancias imponen alineamientos con una causa que, por la fuerza de los hechos, amenaza con vampirizar esa voz. Les pasó a muchos: durante la guerra se convirtieron en meros loros de las ideologías que los vampirizaron. No les pasó a los verdaderamente grandes: no le pasó a Juan Ramón Jiménez, cuya Guerra de España es un monumento lírico y moral, no le pasó a Cernuda, no le pasó a Picasso. Recuérdese que la España nacional coqueteó con el artista malagueño (Primo de Rivera lo conoció en el 34 y le habló encendidamente de la Falange, y Eugenio d'Ors trató de convencerle de que colaborara con el Pabellón de España, de la España franquista, en la Bienal de Venecia, pero Picasso lo tuvo claro: dijo no). A quien dijo sí fue a la República, y su Guernica fue pintado para el pabellón republicano de la Exposición de París en 1937, y a ese mismo periodo pertenece su espléndida suite Sueño y mentira de Franco. ¿Quién, que no esté aleccionado por las ganas de utilizar un pretexto cualquiera, podría ver en una exposición que recordara al artista en circunstancias tan decisivas, un énfasis electoralista? ¿De verdad se puede considerar maniquea una exposición que se limita a documentar y mostrar obra, por lo demás excelente, compuesta en el periódico histórico en que, al romperse España, sus artistas, sus escritores, sus intelectuales, tuvieron, irremediablemente que tomar partido? Pues parece que sí. Por fortuna, a pesar de lo que se ha llamado «pérdida de confianza de la familia», José Lebrero sigue en su puesto. Y la exposición sigue en el Museo. El patronato del Museo también ha decidido que, de los Picasso, el más importante, el que más nos interesa a todos, es Pablo.
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