«Un director no se encuentra a la vuelta de la esquina». Lo dijo hace un par de años Bernard Ruiz-Picasso, mecenas, patrono vitalicio, presidente del Consejo Ejecutivo y pieza clave en la resolución del conflicto vivido esta semana en el Museo Picasso Málaga (MPM). El papel del nieto del artista ha resultado fundamental para que la institución no deba salir de nuevo en busca de un director. Lleva tres en menos de ocho años, un registro que hace suponer la intensidad de la vida cotidiana en los despachos del Palacio de Buenavista.
A mediados de esta semana, muchos daban por segura la salida de José Lebrero de la dirección artística de la entidad. El lunes, Christine Ruiz-Picasso, madre de Bernard, nuera del artista, mecenas y patrona legataria del MPM, solicitaba por escrito la destitución de Lebrero. ¿El motivo? Consideraba que la exposición 'Viñetas en el frente', inaugurada ese mismo día, representaba una «utilización política oportunista» del museo en «periodo polémico electoral».
La crisis quedaba escenificada ese lunes con una acalorada discusión en la plaza de la Higuera entre Christine Ruiz-Picasso y el consejero de Cultura Paulino Plata. Cuatro días después, ambos abandonaban el MPM, del brazo y sonrientes, después de zanjar el trance más delicado vivido por la institución. Al menos de puertas afuera.
Porque el museo malagueño guarda en su biografía y su estructura interna un delicado equilibrio de fuerzas entre la familia Picasso y el Gobierno andaluz. Conviene desandar el calendario para entender un poco mejor lo que ha sucedido esta semana. El MPM surge como resultado de un doble gesto: por un lado, Christine y Bernard Ruiz-Picasso donan y ceden un conjunto de obras que representa la colección del museo; de forma paralela, la Junta de Andalucía se encarga de la construcción de la sede de la institución.
A partes iguales
El resultado es un museo nacido en 2003 y en el que conviven dos fundaciones: la de la familia Picasso (que aporta las obras) y la del Gobierno regional (que brinda las instalaciones). Una y otra se reparten a medias el poder en los ámbitos de decisión del museo. Ambas se dan un plazo de cinco años para integrarse en una sola fundación, pero la complejidad del proceso provoca que la fusión no se haga efectiva hasta principios de 2010.
El escenario se simplifica, pero mantiene un handicap evidenciado esta semana. Los representantes de los Picasso y de la Junta de Andalucía pusieron tanto empeño en distribuir de forma equitativa el poder en el seno de la entidad, que al final no pensaron -o prefirieron no contemplar- la posibilidad de que algún día no se llevarían tan bien. Por eso, las reglas del juego interno en el MPM no prevén fórmulas para deshacer un posible empate en sus órganos de gobierno.
En el Patronato divide los votos en siete para los representantes de la familia Picasso y otros tantos para el Gobierno andaluz. El Consejo Ejecutivo reparte tres cartas a cada lado de la mesa. Y las Comisiones de Exposiciones y Conservación, así como la dedicada a Presupuestos, dejan una situación análoga a las anteriores.
¿Qué pasa, entonces, si ambas partes no se ponen de acuerdo? «Hasta ahora, no se ha dado el caso», responden desde el MPM. Hasta ahora. Llegado el caso, la Junta y los Picasso han encontrado las vías adecuadas salvar el 'match point' de la posible destitución de Lebrero, aunque la pelota sigue en el tejado del Palacio de Buenavista.
Tanto es así, que el comunicado emitido el viernes para zanjar la crisis ofrece en su último punto la siguiente reflexión: «El Patronato considera necesario, dado que estamos en una nueva institución surgida de la fusión de dos patronatos anteriores, un análisis y verificación de los procedimientos internos de la toma de decisiones del Museo Picasso Málaga para asegurar el óptimo funcionamiento de la institución». De lo que se deduce que el mecanismo interno del MPM todavía precisa algunos ajustes y no poco aceite para evitar chirridos.
Roces entre la familia Picasso, sus representantes y los responsables de la Junta de Andalucía que también ha pululado sobre cada uno de los relevos al frente de la institución. La primera en comandar la nave fue Carmen Giménez, directora del MPM desde su apertura el 23 de octubre de 2003 hasta su dimisión el 25 de mayo de 2004. Sin embargo, conviene matizar que Giménez participó en la vida del museo mucho antes de la apertura del mismo. Es más, fue la comisaria de 'Picasso Clásico', la exposición celebrada en el Palacio Episcopal en 1992 que supuso el germen del MPM. Y a partir de entonces, la sintonía entre Carmen Giménez, Christine Ruiz-Picasso y la entonces consejera de Cultura Carmen Calvo fue uno de los factores determinantes para que el proyecto llegase a buen puerto.
Giménez consideró que ya había cumplido su papel con la puesta en marcha de la entidad y abandonó el cargo antes de que el museo cumpliera su primer año de funcionamiento. Aún hoy, la exposición inaugural diseñada por Giménez, 'El Picasso de los Picasso', sigue siendo, de largo, la muestra temporal más visitada en la historia del equipamiento cultural.
Sus 151.023 visitantes suponen un guarismo sin parangón en las 23 exhibiciones temporales organizadas hasta la fecha en el Palacio de Buenavista, aunque también conviene situar esa afluencia masiva en el contexto del 'efecto llamada' de la inauguración del museo.
En cualquier caso, los 2,6 millones de personas que han acudido al MPM desde su apertura colocan al espacio malagueño en la punta de lanza de la oferta expositiva de la Comunidad. Una senda en la que el sucesor de Giménez realizó una decidida apuesta por la excelencia.
Apenas un mes después de la salida de Giménez se hacía oficial el nombramiento de su delfín, Bernardo Laniado-Romero. El ecuatoriano estuvo once años vinculado al museo, los cinco últimos como director de la institución. Su mandato coincidió con la puesta en servicio de todas las dependencias del MPM (auditorio, aula educativa y biblioteca) y bajo su dirección empezó a cuajar la presencia del museo en el circuito internacional.
La alternativa internacional
Ese salto en el ámbito geográfico y en la consideración por parte de instituciones de calado mundial encontró su ejemplo más evidente en la muestra titulada 'La colección Pierre y Maria-Gaetana Matisse en The Metropolitan Museum of Art'. La prestigiosa institución neoyorquina -donde Laniado-Romero había trabajado antes de llegar a Málaga- daba la alternativa al MPM con una exhibición organizada a partir de sus fondos y mostrada entre marzo y septiembre de 2007.
Por contra, a la gestión de Laniado-Romero se le achacó cierto ensimismamiento que alejó el museo de la realidad cultural de la ciudad. Laniado-Romero abandonaba la dirección del MPM en enero de 2009. Adujo «motivos profesionales» y su sucesión se gestionó de una forma bien distinta a la de Giménez. Si entonces se nombró a su más directo colaborador, en el segundo relevo se convocó un concurso dirimido por un jurado internacional, cuyo dictamen se dio a conocer nueve meses después. José Lebrero dejaba el Centro Andaluz de Arte Contemporáneo para liderar la nueva etapa en el MPM.
Su llegada coincidía además con un cambio significativo en el organigrama de la institución. El museo dejaba de tener un solo director y pasaba a la bicefalia de una dirección artística (que ocupaba Lebrero) y una dirección gerente (en manos de Elisa Maldonado). Desde la llegada de Lebrero, el museo ha multiplicado su presencia en la vida cultural de la ciudad y esa apertura se tradujo el año pasado en el primer incremento anual de visitantes después de tres ejercicios a la baja.
De la mano de Lebrero el MPM ha dado sus primeros pasos en el arte contemporáneo con Bill Viola y Martin Kippenberger. Hay quien insinúa dentro del MPM que justo esas 'aventuras' -en particular la segunda- forman parte del desencuentro de estos días. Sea como fuere, a la vuelta del verano espera una espectacular retrospectiva sobre Alberto Giacometti, convertida de manera indirecta en inesperada reivindicación de la labor de Lebrero.
El tiempo dictará el siguiente capítulo de esta historia.