Todos los niños sueñan con ser futbolistas, cantantes o actores. Él no. «Desde los cinco años quería ser juez», asegura Francisco Jesús Sánchez Parra. Y no es un decir. Lo tenía tan claro que sin haber cumplido los diez años se hacía 'piardas' del colegio Lope de Vega y, más tarde, de Los Olivos para colarse en los juicios del Palacio Miramar. «Un magistrado ya jubilado se apiadaba de mí y me dejaba entrar», recuerda. El hombre de la toga y aquellos con chaqueta que se situaban enfrente eran sus «ídolos». Con los años y «mucho esfuerzo», ha conseguido estar en su lugar. Francisco Sánchez (Málaga, 1970) ha sido abogado penalista, juez de la Audiencia Provincial de Sevilla y ahora ejerce como magistrado titular del Juzgado de Violencia sobre la Mujer número 2 de Santa Cruz de Tenerife.
Ni los avisos del colegio ni las regañinas de su madre impedían que volviera a escaparse de clase una y otra vez. Así, mientras muchos de sus colegas salían de la Facultad de Derecho sin haber pisado nunca una sala de juicio, él se conocía al dedillo el escenario y se encontraba «completamente relajado» en él. «Entro en una sala de juicios y disfruto», afirma. Lo suyo es «auténtica vocación».
Se formó como abogado con Alberto Peláez, «de los mejores que hay en Málaga con diferencia». Tuvo que defender a muchos con la certeza de que eran culpables, pero eso no le quitaba el sueño. «Nunca he tenido ningún cargo de conciencia a la hora de defender a nadie por muy canalla o delincuente que sea. Todo el mundo, hasta la peor de las personas, tiene derecho a la defensa».
Tenía éxito, pero no se le iba de la cabeza la idea de colocarse la toga, «aunque eso supusiera ganar menos dinero». Por eso, en 2005 se trasladó a Sevilla, se doctoró en Derecho Penal en la Universidad de la capital hispalense y aprobó las oposiciones a judicatura. Se estrenó como juez en la Audiencia Provincial de Sevilla, donde afrontó durante cinco años numerosos casos de narcotráfico. «Defendí a gente a la que después he tenido que condenar», explica Francisco. En la Audiencia sevillana impuso su mayor pena hasta la fecha: 50 años de prisión a un violador en serie. Esos días no leyó la prensa. «¡Ni se me ocurre!», exclama.
Muy «sensibilizado» con el drama de los malos tratos, pidió hace meses el traslado a Santa Cruz de Tenerife, donde hoy es magistrado titular del Juzgado de Violencia sobre la Mujer número 2. Desde su llegada, se ha enfrentado a una muerte, a agresiones violentas, a un incendio de vivienda con personas en el interior... «Es una auténtica bestialidad lo que está pasando», lamenta. Sabe que ocupa un cargo muy delicado. «Tengo que ser completamente imparcial. Tengo que velar por los derechos no solo de la mujer, sino por los del hombre que va como imputado y tiene la presunción de inocencia hasta que se demuestre lo contrario».
Trabaja bajo mucha presión. «Todos los días afectas a la vida de las personas», señala. Pero habla con pasión de lo que hace. Haber estado a ambos lados de la mesa -como abogado y como juez- le permite tener una visión diferente del sistema judicial. Como abogado se «desesperaba» con la lentitud de los procesos, ahora lo entiende. «El juez en España es el funcionario de la administración más sacrificado que existe por la carga que soporta la judicatura y por la falta de medios materiales que tenemos». En su opinión, «hacen falta diez veces más jueces de los que hay». Si la justicia funciona en este país -dice- es «gracias a que se pierden horas de estar con tu familia».
Él, además, no ha «aprendido a desconectar». Se ha tomado unos días de permiso para reencontrarse con su familia, pero tras la entrevista asegura que va a «poner dos sentencias». Su mujer María Victoria -una de las «muchas cosas buenas» que le dio Sevilla- ya está acostumbrada a este ritmo frenético. «Ella pone en mí la nota positiva, es muy jovial. Le da el toque dulce a mi personalidad». Abogada laboralista, ella le dice que esta profesión le ha hecho «más desconfiado». Y él lo reconoce: «Desde los 22 años he visto de todo lo habido y por haber: estafa de nietas que quitan las casas a sus abuelas, violaciones de padres a hijas, narcotráfico... Eso te marca».
En el trato personal, es un hombre llano y sencillo. «No voy de juez por la vida», aclara. Tras muchos años fuera de casa, su intención es hacer las maletas con destino a Málaga en cuanto pueda. Le encanta su tierra, pero se confiesa «un malagueño muy raro». Sigue al Unicaja -es un gran aficionado al baloncesto-, pero siente simpatía por el Betis. Si se enfrentara con el Málaga... «que gane el que más lo necesite». Justo y ecuánime, como en las resoluciones judiciales en las que estampa su firma.