Entre los méritos de Abbottabad, la ciudad pakistaní donde vivía y donde murió Osama Bin Laden, se cuenta el de haber servido de tema para uno de los peores poemas que se han escrito jamás en lengua inglesa. Lo perpetró en el siglo XIX James Abbott, el general del Ejército británico que da nombre al lugar, y dice así, con una desquiciante estructura de pareados que se pierde en la traducción: «Recuerdo el día en el que llegué aquí por primera vez / y olí el dulce aire de Abbottabad. / Los árboles y el suelo, cubiertos de nieve, / nos dieron un espectáculo realmente fenomenal (...). / Oh, Abbottabad, ahora te dejamos / y me inclino ante tu natural belleza». Se podría pensar que el militar imperial exageraba sus sentimientos por pura lealtad a su apellido, porque a nadie le gusta pensar que quedará vinculado para siempre a un lugar feo, pero no: Abbottabad, a 1.260 metros de altitud y a poco más de dos horas en coche desde Islamabad, es una ciudad con notables atractivos, destino habitual de muchos veraneantes del sur que buscan el frescor de las montañas.
Desde la semana pasada, Abbottabad cuenta con un nuevo gancho turístico: el refugio de Bin Laden, ese extraño edificio que algunos, llevados por lo peliculero del asunto, se han atrevido a describir como mansión o búnker de lujo, y que en realidad parece más bien la casa del raro del pueblo, de ese vecino que no quiere confianzas ni intimidades y se parapeta tras altos muros rematados con alambre de espino. Allí residían cuatro familias, sin teléfono fijo ni internet, cuidando sus vacas, sus conejos y sus pollos, cultivando patatas, coliflores y judías. Las imágenes grabadas por un soldado pakistaní han mostrado el interior austero y tristón del edificio de tres pisos: baldosas grises, paredes de hormigón, colchones de espuma y vetustos televisores donde el líder de Al-Qaida contemplaba a veces sus propios vídeos, según se aprecia en unas imágenes difundidas por los servicios de inteligencia estadounidenses. El único vecino que entraba alguna vez al recinto era Shamrez Mohamed, un campesino que ayudaba con el ganado y sulfataba la huerta. Y los que más a menudo salían, a bordo de su camioneta Suzuki Carry roja, eran los hermanos Arshad y Tariq, dos pakistaníes nacidos en Kuwait que solían comprar las provisiones para los residentes: botellas de Coca-Cola de litro, polos cuando hacía calor y una docena de 'rotis', los panes de la región, para acompañar cada comida.
Por lo demás, la casa estaba cerrada. La habían diseñado para mostrar mala cara a los curiosos, con ventanas tapiadas y emplastos de cemento que cubrían cualquier agujero de los muros al que se pudiese arrimar el ojo. El lechero dejaba los pedidos delante de la puerta y los niños del vecindario sabían lo que ocurría cada vez que su pelota de cricket se colaba al interior: «Solíamos llamar a la puerta durante diez o veinte minutos antes de que saliese alguien -ha explicado uno de los chavales a la CNN-. Pedíamos la pelota, pero siempre nos decían que se había perdido y nos daban 50 rupias para comprar una nueva». A veces formaban pandilla con los pequeños de la casa, esa decena de críos que, se supone, incluía a los nietos de Bin Laden, pero ese era el trato más cercano entre los habitantes de la casa y el mundo exterior. La gente del barrio decidió no entrometerse, con la idea de que esa vocación de enclaustramiento escondía algún secreto relacionado con el tráfico de drogas, que no es precisamente ajeno a esta parte del mundo.
Ambiente de romería
Pero, desde la semana pasada, el hosco edificio se ha convertido en el centro de todas las miradas. En el exterior reina un ambiente de romería: las familias se retratan con sonrisa de vacación delante de los portones verdes, los vendedores de rosquillas pregonan su género, los niños recogen trozos de plástico y metal supuestamente relacionados con el ataque estadounidense y los curiosos -o sea, todos- buscan las mejores atalayas para echar un vistazo al interior del recinto, o se suben a sillas y a baldes puestos del revés para alcanzar el borde de los muros más bajos. Las azoteas y tejados de las viviendas más próximas suelen estar abarrotados, como palcos de lujo, e incluso un doble de Osama se paseó por allí, para deleite de los visitantes, hasta que las autoridades le obligaron a marcharse. «No puedo creer que Bin Laden viviese enfrente de mi casa», declaró al periódico pakistaní 'Daily Times' una mujer de Abbottabad, dedicada a sacarse fotos con sus hijas adolescentes. «Queremos colgarlas en Facebook -añadió una de las muchachas- para que nuestros amigos vean lo cerca que vivimos». El Ejército pakistaní se hizo cargo de la propiedad tras la incursión estadounidense, pero la dejó muy pronto en manos de la Policía, que destinó más de trescientos agentes armados a custodiarla: hasta este fin de semana, no ponían ninguna traba al turismo fisgón, siempre que no tratase de introducirse en la casa, pero ahora han decidido limitar el acceso a los muros.
La expectación entre los habitantes de la comarca evidencia el potencial turístico de la casa y alimenta el debate sobre su futuro. ¿Qué se debe hacer con ella? Si el equipo estadounidense que mató a Bin Laden arrojó su cuerpo al mar, para evitar que su tumba se acabase convirtiendo en lugar de peregrinación, ¿no debería desaparecer también de la faz de la tierra su último refugio? Las autoridades pakistaníes se muestran partidarias de demoler la construcción, antes de que se convierta en un parque temático oscuro que algunos guasones ya han bautizado como Osamalandia. «Derribaremos este edificio, igual que hemos hecho con otros, para evitar que se vuelva un lugar sagrado para los yihadistas», aseguró en los primeros días una fuente del Gobierno. Pero en Abbottabad no falta quien defiende que la casa de Bin Laden debe permanecer en su sitio, como recuerdo y como reclamo: «Esperamos que ahora vengan a visitarnos más turistas. En realidad, ya están aquí. Esto podría ser, en el fondo, una bendición para nosotros», ha declarado a 'The Wall Street Journal' un miembro del Gobierno regional. Y no piensan en febriles extremistas islámicos: «Los occidentales están locos -ha valorado Alí Abbas, un vecino que hace campaña por mantener en pie la casa- y seguro que vienen. Será muy bueno para la ciudad. La gente debería ver dónde vivía el mayor terrorista del mundo».