Tengo delante un libro peculiar, lo compré en Berlín, se trata de un álbum de fotos del antiguo palacio imperial, cuyas ruinas, después del asalto de la capital en la Segunda Guerra, fueron demolidas, excepto una de las portadas. El estilo de decoración prusiano es más bien pesado, sólido, como un cuartel de lujo. Las fotos dan idea de la exuberancia de la decoración, un punto más exagerada que en el resto de las residencias reales. En esos salones se escuchaban los golpes secos de los taconazos y lucían bajo las lágrimas de las arañas los oros de los rutilantes uniformes.
Un día tras otro, con la monotonía del barro hasta casi la cintura en algunos casos, emparedados entre los muros de la trinchera, comidos por los piojos y las chinches, un día tras otro, insoportables en su monotonía, semanas y meses; de pronto, como un vendaval, sonaban los gritos, los silbatos y había que salir en una loca carrera hacia delante, siempre hacia delante hasta que una bala o un trozo de metralla los quebraba como a un junco y quedaban muertos a miles y heridos a miles en el campo baldío, todo por una «rectificación de línea», por avanzar unos metros, pocos, siempre demasiado pocos. Con lluvia y con calor, con mosquitos y fiebre mientras que los estados mayores se inclinaban sobre los mapas y ellos, pulcros, con uniformes impolutos, decidían sobre la vida y la muerte que llegaba a veces en forma de nube que te dejaba ciego, el gas, sin misericordia, sin compasión alguna.
Las cortinas de artillería los convertían en ratas acosadas que se doblaban sobre sus pobres cuerpos, como gusanos de una gigantesca tumba, de una tumba anónima, sin flores ni nada que los recordara. ¿Dónde el amor? ¿Dónde la belleza? ¿Dónde quedó el futuro? Y pensar que al principio muchos desearon la guerra que se veía como algo deportivo, como un ejercicio de esgrima en un tablero que se inició con un pistoletazo en Sarajevo, el cuerpo del archiduque se desplomó y el viejo y cansado corazón del emperador Francisco José se paró un instante y supo que tendría que mancharse la casaca blanca y su toisón con la sangre de tantos y era demasiado anciano y desgraciado pero cumplió con su deber, el último de los Habsburgo. Igual pensaron el emperador alemán y el indeciso y débil Nicolás, zar de todas las Rusias y su corte de los milagros; como ellos, el rey de Inglaterra y Marianita con su gorro que esa imagen es la República francesa, y todos, todos, lanzados a la Gran Guerra, la que iba a ser la última; siempre el sueño de lo imposible. Es una de las contradicciones más patéticas de Occidente el ser cuna de las libertades y matarse con saña de tiempo en tiempo. Cara y cruz de la naturaleza humana, ángel y demonio en la agonía del vivir.
La niña, una niña cualquiera, le había dado una flor cuando desfilaba orgulloso hacia el tren que lo llevaría justo y preciso al borde de la laguna Estigia pero sin barca, ni moneda ni Caronte, hacia el río de la nada. La niña era rubia y recuerda; mejor, siente, la calidez de su mano y sus ojos tan abiertos, tan asombrados. Metió la flor en el cañón del fusil y le sonrió con agradecimiento y se sintió un héroe que la tenía que proteger de los enemigos, de los malos. ¿Quiénes eran los malos? Muy fácil, esos que están enfrente y a los que también una niña les entregó una flor en el momento de partir y también la metió en el cañón del fusil que nunca iba a disparar, como un juego, como una excursión de domingo al prado, con un mantel de cuadros blancos y rojos, con una botella de vino y un beso en los labios.
Pocas veces el crítico se ha emocionado con un libro; pues bien, Peter Englund lo ha conseguido de sobra. Desde un punto de vista técnico es una mezcla entre investigación y testimonio, un producto mixto admirablemente bien hecho. No es un libro de historia en sentido estricto, es más que eso, son 227 fragmentos de hombres y mujeres que fueron protagonistas anónimos de la terrible conflagración. Estos testimonios van unidos con una prosa muy precisa, muy clara, que prepara la palabra que llega desde el campo de batalla, esa palabra indecisa o enérgica, donde se confiesa el miedo o el orgullo, o la nostalgia, o el llanto. Testimonios de vida justo antes de enfrentarse a ese túnel que, lo digo por reciente experiencia, no tiene al final más que sombra, una sombra que quiere abrazarte, que es como el barro de la trinchera, que te convierte, ¡oh, don Luis!: «en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada».
Son tantas las perspectivas que la lectura es apasionante. Edward Mousley está preso de los turcos y todo su afán es escapar, pero una lesión en las vértebras -consecuencia de un fragmento de granada- le produce terribles dolores. Ha recibido un paquete de casa y desayuna salchichas, pasta, té y confituras; mientras, sus guardianes se conforman con pan, aceitunas, melón y cebollas. Se inicia la marcha hacia Ankara. Él y otro prisionero, que tiene el brazo muy inflamado, van en un carro, pero pronto las caballerías no pueden seguir por la empinada cuesta y tienen que seguir a pie. Este es un ejemplo de los 'detalles' que forman el libro. Todos los personajes comparten el robo que la guerra les hizo de sus ilusiones y de su juventud. Nada volvería a ser como antes.