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El momento más humillante del escritor

CULTURA

El momento más humillante del escritor

25.04.11 - 01:42 -
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La mayoría de los escritores que hoy gozan de fama y, algunos, de dinero han pasado por el trance: abrir la carta de la editorial a la que se ha mandado el manuscrito y leer que o bien no casa con la línea de su catálogo o que están hasta arriba de libros y no pueden encajar uno más entre sus próximas novedades. Por lo general suelen ser buenas palabras, que a veces esconden los términos más gruesos de los informes de lectura, como éstos sobre la célebre novela 'Crash', de J. G. Ballard: «Para el autor de este libro, toda ayuda psiquiátrica es poca».
Ésta es una de las primeras citas del libro de Íñigo García Ureta 'Éxito. Un libro sobre el rechazo editorial' (Trama). El título está inspirado en una sentencia de Winston Churchill: «El éxito es ir de fracaso en fracaso sin perder el entusiasmo». El primer ministro del Reino Unido supo de primera mano los momentos de amargura que se experimentan al abrir una de esas cartas. Y no fue el único que, incluso siendo ya persona o escritor conocido, experimentó semejante humillación.
Según cuenta el curtido editor Rafael Borrás en este volumen, él le tuvo que decir a Manuel Vázquez Montalbán que una de las novelas que le había presentado, 'El día en que los navarros conquistaron la Luna', no estaba a su altura y que mejor si escribía otra de Carvalho. En realidad, Borrás pensaba que la obra era «un desvarío onírico» e incomprensible.
El escritor no opinaba lo mismo. Él se veía como un autor de novelas de alcance, tipo 'El pianista', que publicaba policíacas para comer bien todos los días. Finalmente Vázquez Montalbán debió de darle otro repaso a su obra maldita, porque a los pocos meses coincidió con Borrás y le dijo que, en efecto, era muy mala.
La mejor anécdota recogida en el libro del autor y editor Íñigo García Ureta la proporciona el gaditano Juan Bonilla. Mandó su primer libro de cuentos a Anagrama, con la dirección incorrecta. La recibió un vecino de la misma calle, que pensó en llevarla hasta la editorial. Pero antes quiso echarle un vistazo y, después de hacerlo, cambió de parecer. Los relatos le parecieron «enfermos» y así se lo comunicó a Bonilla en una carta... de rechazo, naturalmente.
«Que te ocurra algo así -tercia García Ureta- es parte de la vida. Los editores están desbordados. Uno que publica 12 títulos al año recibirá unos 350 manuscritos no pedidos. En editoriales grandes, los envíos se cuentan por miles. De ellos solo se publica un 5%, y eso poniéndonos optimistas».
En su opinión, la avalancha de escritores que desean serlo de verdad se debe a las noticias que se dan sobre las grandes figuras, «sobre los tres millones de adelanto a Gabriel García Márquez, no sobre los más modestos». Los aspirantes también quieren ser famosos, y aquí pinchan otra vez en hueso, porque los escritores ya no son lo que eran, menos aún si se les compara con futbolistas u otros famosos de la televisión.
Contra George Orwell
Los 'espontáneos' malos son legión, pero hubo buenos a los que no les fue nada bien. El banquero, editor y poeta T. S. Eliot, premio Nobel en 1948, rechazó 'Rebelión en la granja' de George Orwell, un alegato contra el totalitarismo, para no molestar a los soviéticos. Eliot, conocido conservador, se lo decía así a un trostkista. Algo más fuertes se mostraron con otro Nobel, William Golding. Una editorial a la que mandó 'El señor de las moscas' tildó la obra de «fantasía absurda y anodina que se nos antoja una bazofia tediosa». 'Dublineses', de James Joyce, recorrió 22 editoriales antes de que saliera impresa. Cuando esto ocurrió, según palabras del propio escritor, «un individuo en verdad amable compró toda la edición e hizo que la quemaran en Dublín, en un novedoso y privado acto de fe».
Algo similar ocurrió con 'Ulises', monumento literario que Virginia Woolf rechazó en su faceta de editora por su «prosa de obrero». André Gide, al contrario, devolvió 'A la búsqueda del tiempo perdido' de Marcel Proust porque trataba de duquesas.
Incluso ha habido célebres rechazos que nunca existieron. Como el de Carlos Barral a 'Cien años de soledad' de García Márquez. Según explica Barral en sus memorias, él no publicó la obra por un malentendido, por la falta de respuesta a un telegrama, no porque le pareciera mala.
Por lo general, las buenas maneras son la regla a la hora de rechazar, aunque hay bastantes excepciones. Una de ellas fue la del histórico editor Alfred Knopf, que le envió estas letras a un prestigioso historiador de la neoyorquina universidad de Columbia: «En esta ocasión no procede ser amable. Su manuscrito jamás formará parte de nuestro catálogo. En su momento dudaba yo de que el tema valiera un pimiento, pero ya no me cabe la menor duda. Déjenos en paz, MacDuff».
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T. S. Eliot no publicó 'Rebelión en la granja' de Orwell para no molestar a los soviéticos.

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