No se separa de su pequeña carpeta marrón. Con delicadeza, saca de dentro un puñado de folios. Los tiene perfectamente ordenados. Desde que dio los primeros pasos para intentar arrojar luz al episodio que acabó marcando su vida hasta el escrito de 14 folios a la Fiscalía de Algeciras en el que pide que se investigue qué pasó hace 29 años con su hija. De entre todos, hay tres papeles del Registro Civil de La Línea de La Concepción que guarda como oro en paño. Solo con verlos le empiezan a brotar las lágrimas. «Esta es la primera documentación que tengo de mi hija; la primera información que toqué porque antes no podía demostrar ni siquiera que había estado embarazada», explica intentando no desmoronarse. Pero el relato de una herida que nunca llegó a cerrarse y que ahora ha vuelto a abrirse en canal es demasiado duro como para guardar las formas.
Laura (nombre ficticio de esta mujer vinculada a Marbella que prefiere mantenerse en el anonimato) es una de las muchas madres que en los últimos meses han denunciado ante la Policía y ante los juzgados la supuesta sustracción de un bebé que nunca llegaron a tener en sus brazos. Los hechos se remontan al 23 de diciembre de 1981, el primero de tres días con episodios «horribles» que recuerda con retazos de gran nitidez. A sus 20 años, esta entonces vecina de La Línea de La Concepción decidió seguir adelante con su embarazo, sin temor a exponerse a las críticas de una madre soltera en la sociedad de la transición.
Era lo de menos. «No lo pasé mal porque tenía el apoyo de mi familia. Lo único que esperaba era poner al bebé en la cuna». La misma que tenía preparada, con las sábanas puestas, para recibir a un hijo del que aún desconocía el sexo. A falta de una semana para salir de cuentas, la víspera de la Nochebuena las primeras contracciones la llevaron a la consulta del ginecólogo privado que había supervisado toda la gestación. El diagnóstico le cayó como un jarro de agua fría. «Oyó con el estetoscopio y me dijo que había una probabilidad del 99 por ciento de que el bebé estuviera muerto. También que mi vida corría peligro», explica.
Habitación privada
En aquellos momentos el mundo se le vino encima. Ni le pareció sospechoso que no la ingresaran en el hospital municipal hasta al día siguiente ni que eligieran este centro sanitario en lugar del de la Seguridad Social. Solo quería llorar. El 24 de diciembre, con el temor al desenlace, ingresó en el hospital. Los recuerdos son vagos, menos el de los barrotes beiges de la cama de una habitación privada «que nunca pedimos ni pagamos». Durante todo el día trataron de manipularle la bolsa del líquido amniótico. «No estaba de parto. No entendía qué hacía allí y por qué el médico quería a toda costa que tuviera el bebé de parto natural. De lo contrario me habría hecho cesárea y no me habría atormentado», afirma convencida ahora, con el paso de los años, de que hubo algo sospechoso.
Lo siguiente que recuerda es su llegada al quirófano. Luego vino la anestesia general y el despertar, ya el día de Navidad, sin saber más que lo que después le contó su hermana. Que sacaron a la niña del vientre y que se la llevaron corriendo a una habitación. «Después le preguntó el médico si tenía valor para ver a un bebé muerto y le enseñó la cara descubierta de una niña muerta», cuenta con los ojos empañados. Su hermana fue también la que se encargó dos días después de ir a la morgue, donde le mostraron un bulto envuelto en una toalla, el mismo que metieron en una caja blanca y que luego depositaron en el cementerio, en la tierra. Antes, una recomendación para madres solteras: que no rezara que era una niña formada sino un feto. De hecho, en el documento del Registro Civil hablan de un feto de siete meses y medio, cuando era de nueve. «Hay un entramado de mentiras horroroso», sentencia.
Los seis meses siguientes fueron durísimos. No quería salir de casa, apenas hablaba. «Aquello fue algo tremendo que marcó mi vida adulta», asegura. Pero no dudó de que todo lo que había vivido era tal cual le habían contado las monjas que asistían el hospital y el ginecólogo. Hasta el año pasado. Con su vida rehecha desde hace años en Marbella y dos hijos de 26 y 15 años, necesitó buscar su historial médico. De paso, de vuelta a la Línea de La Concepción, decidió recopilar la información de aquel embarazo que no llegó a buen término. Y le bastó con teclear en Internet el nombre del hospital municipal y del médico para toparse con un puñado de relatos de mujeres, algunos similares a su vivencia, que habían denunciado la supuesta sustracción de sus bebés.
Sin rastro del entierro
No daba crédito. «Se me cogió un pellizco en el estómago. Pensé que eso no me podía haber pasado a mí». Pero cuanto más pasos da para intentar aclarar lo que le sucedió, más dudas le asaltan. Sobre todo por los problemas para encontrar documentos oficiales que acreditaran que fue madre, aunque en los papeles llamen a su niña feto o criatura abortiva. De hecho, no hay constancia en los libros del hospital de su ingreso ni en los del cementerio del entierro del bebé. Sólo en el Registro Civil queda la estela de Laura y del certificado de la muerte de la pequeña. Eso sí, con varios datos erróneos.
Ahora, con los pocos pero importantes papeles que obran en su poder, solo tiene clara una cosa: quiere saber la verdad. «Si mi hija murió quiero que arañen la tierra, abran la caja y la saquen. Quiero los huesos y el ADN», dice desafiante. Confía en la Justicia pero es consciente de que, pase lo que pase, si no murió, nadie le va a devolver lo robado. «¿Quién te devuelve los primeros pasos, las primeras palabras, las primeras sonrisas?», se pregunta en voz alta. Mientras tanto, mientras los investigadores intentan arrojar luz, reconoce que no hay un solo sueño ni una sola pesadilla en la que no aparezca un bebé.