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Vuelve el hurto mágico: sustraen 21.000 euros a un joyero sin que se dé cuenta

MÁLAGA

Vuelve el hurto mágico: sustraen 21.000 euros a un joyero sin que se dé cuenta

Dos mujeres se hicieron pasar por clientas, exhibieron un fajo de billetes y sustrajeron al descuido diez artículos de oro

24.02.11 - 01:22 -
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Antonio de Cózar en la misma vitrina en la que se fijaron las ladronas.:: Galindo
Ha repasado una y otra vez la secuencia. Es capaz de recordar todos los movimientos que hizo: las joyas que le pidieron, las vitrinas que abrió, las bolsas donde las guardó... Pero, por más que lo intenta, sigue sin ver el momento. Aún no sabe en qué instante le sustrajeron diez artículos de oro valorados en 21.160 euros.
«No sé cuándo, cómo, ni dónde los escondieron, porque ni siquiera llevaban bolso», confiesa Antonio de Cózar, propietario de la joyería Virana, el último establecimiento malagueño víctima del 'hurto mágico', una modalidad que causa estragos en los comercios que lo sufren, ya que el botín suele ser muy elevado.
La técnica, muy depurada, consiste en despistar al tendero con la excusa de hacer una compra elevada para darle el cambiazo cuando menos se lo espera, y sin que se dé cuenta de nada. Un método propio de ladrones de guante blanco del que existen varios precedentes en la provincia de Málaga.
El golpe en la joyería Virana se produjo sobre las seis y cuarto de la tarde del viernes. Antonio se encontraba solo en el negocio que regenta, que está situado en el número 13 de la calle Armengual de la Mota, en la capital. «Entraron dos mujeres -posiblemente, rumanas- con una niña pequeña», dice el dueño del establecimiento. Le dijeron que estaban buscando un regalo para una boda y empezaron por pedirle una cadena.
La mayor, de unos 55 años, se limitó a asentir y apostillar lo que decía la otra mujer, de unos 30, que era la que llevaba la voz cantante. La menor, a la que sentaron en el mostrador, jugó el papel del enredo para despistar al tendero. «A toro pasado, te das cuenta de que no paraba de moverse. Estuvo arrancando papel de regalo, jugando con el celo y tiró algunas cosas al suelo...».
Antonio es capaz de reproducir cada uno de sus movimientos. Eligieron dos cadenas, tres pulseras y unos colgantes. Añadieron tres relojes de oro y terminaron con otros seis cronógrafos de acero. Al ver que el importe iba a ser muy elevado, les preguntó si tendrían dinero para pagar la compra. Como respuesta, le enseñaron un fajo del que Antonio solo pudo ver el billete que lo envolvía, que era de 500 euros. El resto, reflexiona ahora, podía ser papel de periódico.
El gancho
Para darles conversación, el joyero les preguntó cómo celebraban las bodas en su país y para quién era semejante regalo. Ellas tenían bien estudiado el plan y se sabían el discurso al dedillo. Contestaron que el festejo duraba varios días y que el obsequio era para la novia, quien a su vez repartiría las alhajas entre las respectivas familias.
Las supuestas clientas le pidieron que no guardara las joyas en sus cajas, sino en bolsitas individuales. «Me puse a quitar las etiquetas. No sé cómo las repartieron, si echaron todos los artículos juntos o los separaron», explica el dueño del establecimiento. «Luego me pidieron una bolsa más grande para introducir todas las pequeñas. Yo pensaba que todo el oro estaba allí».
A Antonio le extrañó el último encargo. «Me pidieron -prosigue- que le pusiera grapas para cerrarla. Yo les pregunté por qué y ellas me respondieron que era para enviarla a su país». Ahora cree saber el verdadero motivo: «Pienso que era para ganar tiempo y que, cuando me diera cuenta del robo, tardaría un rato en abrirla».
Llegó la hora de hacer la cuenta. La compra superaba los 23.000 euros. «Me dijeron que solo llevaban 9.500, así que me pidieron que guardara la bolsa mientras iban a sacar dinero. Yo sonreí. Sabía que no volverían», relata el comerciante.
Tardó unos segundos en darse cuenta de que le habían robado. «Había una familia esperando a que la atendiera y le dije: 'Un momento, por favor, que me parece que me la han pegado'», cuenta Antonio de Cózar. «Quité las grapas y saqué las bolsas individuales. Empecé a abrirlas y solo encontraba acero, acero y acero. Habían dejado los seis relojes de acero, que valían 1.895 euros. El oro se había esfumado».
El joyero, que lleva un cuarto de siglo en el gremio, asegura que nunca había sufrido un robo igual y que ha supuesto un duro golpe para su negocio, ya que, al tratarse de un hurto, el seguro no cubre las pérdidas.
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