Dedique un segundo a pensar en nombres de personas que compongan temas de música clásica o que dirijan orquestas... Tres, dos, uno. Tiempo. Probablemente, serán hombres quienes firman las composiciones que le vienen a la mente y quienes toman la batuta ante una agrupación en las imágenes que recuerda. Y no por falta de mujeres. Ellas siempre han estado detrás de las notas, a la sombra en el pasado y en clara minoría en el presente. Pero ahora se hacen oír con fuerza. Lo hizo este viernes Pilar Jurado, soprano, directora, libretista y la primera mujer que estrena una ópera en el Teatro Real. Una barrera más que cae. Ya quedan menos. Cuatro mujeres de la música vinculadas a Málaga relatan su experiencia.
Todas coinciden. La profesión «no acompaña a una vida familiar», o al menos, la complica: requiere de un alto nivel de concentración, de facilidad para viajar y de la posibilidad de dedicar horas y horas del día a la preparación o a la creación. Por eso, muchas son las que estudian en los conservatorios para crear melodías o subirse al atril, pero pocas las que logran comer de ello.
No es una percepción subjetiva, los números lo demuestran: en Andalucía, según datos del Centro de Documentación Musical, hay registrados 84 compositores en activo, de los que solo 20 son mujeres. Es decir, una de cada cuatro. Con ellas hay una deuda histórica pendiente de saldar. «Yo misma no era consciente de que nunca había tocado la obra de una mujer y, de repente, descubrí un repertorio magnífico», admite Cruz López de Rego, compositora, profesora de Pedagogía musical de la Universidad Autónoma de Madrid y presidenta de la Asociación de Mujeres en la Música.
Desde esta organización trabajan para «dar a conocer el patrimonio creado por mujeres» que cayeron en el olvido. Apenas se programan sus obras en los recitales, «ninguna» se estudia en los conservatorios y «si vas a tiendas de partituras, ellas no están». Pero, como señala López de Rego, no se trata de una cuestión de machismo, sino «de puro desconocimiento». Por ello organizan conciertos en los que programan obras antiguas y contemporáneas de mujeres y recopilan sus partituras en un archivo que quieren compartir con los centros de estudio. Ya han catalogado 400 creaciones.
Aunque con pasos lentos, la composición camina hacia la igualdad, pero en la dirección... «la diferencia es abismal», dice López de Rego. En la historia de la música sinfónica andaluza, solo una mujer ha sido titular de una orquesta: Gloria Isabel Ramos (Tenerife, 1964), batuta de la Orquesta de Córdoba 2001- 2004. Y para de contar. «A nivel mundial, las directoras con orquesta propia en el siglo XX son poquísimas; en España se cuentan con los dedos de una mano y hoy en Andalucía no existe ninguna ejerciendo su profesión como titular», apunta Victoria Montero, profesora de Piano del Conservatorio Martín Tenllado y estudiosa del tema.
Y aquí no acaban las desigualdades. Es cierto que la distancia entre géneros se acorta en la categoría de instrumentista, pero siguen existiendo. Hay numerosas pianistas y violinistas, pero la lista se reduce al enumerar a las trombonistas, trompistas o contrabajistas. Un ejemplo: la trompa Sarah Willis fue la primera mujer en entrar en la sección de metales de la Filarmónica de Berlín. Era el año 2001. Y, aunque parezca imposible, hasta hace no mucho la de Viena no admitía a mujeres como miembros de pleno derecho. La arpista Anna Lelkes logró romper esa regla en 1997 tras actuar con la formación durante más de veinte años.
Quería dedicarse a esto desde antes de saber que la composición era un oficio. «Con una flauta de tres agujeros ya hacía mi música de niña», recuerda. Después, en el Conservatorio, era «la rara» para la que el instrumento era 'la maría'. «Me interesaba más todo lo que había a su alrededor». Hoy, Diana Pérez Custodio (Algeciras, 1970) está enfrascada en la obra que hace el número 107 en su catálogo. Pero de la creación «no se come»: apenas diez han sido encargos remunerados. «Los compositores somos los que más sabemos de amor al arte», asegura.
Profesora de Composición para Medios Audiovisuales en el Conservatorio Superior de Málaga, lo mismo hace música instrumental clásica que electroacústica (www.dianaperezcustodio.com). El salón de su casa es «la cueva» donde se produce el «acto íntimo» de componer. Lo hace «al piano, al ordenador o por una esquina, donde puedo con el poco tiempo que tengo». Ya se ha acostumbrado a no necesitar del encierro y el silencio. La explicación: es madre divorciada de dos hijas (de 13 y 9 años). «Tengo capacidad para concentrarme en cinco minutos y hacer maravillas en diez, no me queda otra», asegura.
De hecho, cuenta que se reafirmó en la vocación tras ser madre. «Cuando yo me pasaba las noches en vela dándole el pecho a mi niña y me levantaba a las cinco de la mañana para componer, me di cuenta de que esto era importante para mí. Enfermaba más si no componía que si no dormía», relata. No obstante, sabe de muchas compañeras que han optado por no tener hijos y de otras que al tenerlos han abandonado... «y lo entiendo», admite. Por eso, pocas llegan a colocar sus obras en los programas de los grandes conciertos. No es cuestión de discriminación, «sino de que un compositor tiene a su lado a una pareja que le ayuda a ser padre y marido sin renunciar a su carrera y encima es querido y admirado por ello». «Nosotras -continúa- tenemos la problemática de cualquier mujer profesional, con el handicap de que apenas se cobra».
Es joven, mujer y directora de orquesta. «Cuando lo digo se le queda una cara a la gente...», asegura Silvia Olivero (Málaga, 1974). Es la única mujer en el subdepartamento de Dirección de Orquesta del Conservatorio Superior de Málaga -«soy la pepito grillo de mis compañeros»- y la primera en colocarse al frente de una banda en la provincia, la de Las Flores. De poco sirve tener el título de directora sin un grupo al que guiar, y la agrupación le da la posibilidad de estar en forma y de sentir la «emoción» de subirse a la tarima. «Es una necesidad vital», admite.
Además, los miembros de la banda son «gente joven, sin prejuicios». Porque aún los hay. «Una mujer en un podio es difícil de asimilar para ciertas personas», sentencia Olivero. Algunos no llevan bien que una mujer asuma la autoridad del que levanta la batuta. Por eso, Olivero tiene claro que ellas «tienen que pelear el doble por llegar al mismo sitio que un compañero». «Muchas alumnas me dicen que en su vida habían sentido discriminación hasta que se propusieron ser directoras».
La música no es masculina ni femenina, como «tampoco lo es la manera de dirigir». Sin embargo, si una mujer mueve mucho la muñeca «está mal hecho porque es femenino; si lo hace un hombre, es expresivo». Y pocos se detienen a analizar el vestuario de un director, pero sí levanta comentarios el modelo de ellas. Por eso, Silvia opta en sus conciertos por un sobrio traje de chaqueta. «Tienes que demostrar siempre que no eres una muchachita moviendo un palito», lamenta.
Le apasiona su trabajo y por eso, a donde la invitan ella va. Ha dirigido a la Orquesta de Cámara de la Universidad, a la Sinfónica de Málaga en conciertos didácticos, se ha puesto frente a la Filarmónica de Moldavia... «En mi casa tengo dos pianos, pero no una orquesta; así que tengo que salir», explica. Pero no es tan sencillo cuando en casa deja a un niño de dos años. En una ocasión, cuando el pequeño tenía tres meses, se lo llevó a un concierto que ofreció en un pueblo de Córdoba. «Y tuve que poner un descanso para darle el pecho al bebé; es complicado», reconoce. Pese a todo, seguirá «peleando» por conseguir tener delante su propia orquesta, «el instrumento más perfecto que existe».
Su jornada laboral transcurre entre llamadas, reuniones, entrevistas, negociaciones y viajes, muchos viajes. «En esto es muy importante el contacto personal», explica Taté Álamos. Por eso, allí donde hay trabajo para uno de sus artistas... allí está ella. Taté Álamos es agente de música clásica, una atípica profesión -y más aún en la mujer- que se mueve en «un mundo complicado, a veces agresivo, de mucha competencia y cerrado». Pero le apasiona. «Siempre me atrajo lo que ocurría detrás de un escenario y cómo llega un artista a pisarlo», asegura esta malagueña.
Con más de 20 años de experiencia, representa a directores como Aldo Ceccato, Edmon Colomer (actual batuta de la OFM), Manel Valdivieso y Marco Guidarini; violonchelistas como Gary Hoffman o Johannes Moser; cantantes como Iñaki Fresán; pianistas como Alexander Lonquich y organistas como Leon Berben, entre muchos otros.
Su trabajo se basa en las «relaciones de confianza»: no puede tener «la más mínima duda» sobre el artista con el que trabaja; y al mismo tiempo debe provocar esa impresión en aquellos de quien depende abrir la puerta de un teatro. La inmensa mayoría, hombres. «A veces es complicado», admite. Ahora ya es pasado -la experiencia es un grado-, pero reconoce que en los comienzos «siempre lo tiene más difícil una mujer». «Cuando llevas corbata, chaqueta y barba, impones más respeto al otro, parece que prestan más atención. Todavía un hombre es un hombre», indica.
En su día a día no existen los horarios. «Desde que te levantas, empieza la tensión de la búsqueda de opciones para que tu artista se suba al escenario a través de ti», señala. Es una profesión, por tanto, «difícil de conciliar con una familia, al igual que le ocurre a los artistas». Pero la satisfacción que le aporta ver sobre las tablas y escuchar a su artista hace que los sacrificios «merezcan la pena». «Con los años te endureces en algunos aspectos, pero hay una parte emocional que perdura: con el contrato que firmé ayer sentí la misma emoción que con el primero que logré», garantiza.
Quería tocar la flauta o el clarinete... pero le dijeron que si optaba por la trompa, entraría antes en la banda de su pueblo. Y así, casi por casualidad, se acercó a este instrumento «menos conocido» del que hoy puede vivir. Desde hace dos años, Ana Blanco (Ciudad Real, 1984) es trompista sin plaza en la Orquesta Filarmónica de Málaga y la única mujer en la sección de viento metal. «¡Estoy encantada! Tengo unos compañeros fabulosos», dice entre risas. Su situación no es una excepción. «En la mayoría de las agrupaciones todavía son hombres los que tocan la trompa, y no sé por qué», apunta. Puede que en parte se deba a que es un instrumento pesado -consiste en un tubo de cobre de 4,5 metros enrollado sobre sí mismo-, «pero nosotras estamos igual de capacitadas». Y muy preparadas: cuando ella estudiaba había mayoría femenina. «¡Ya somos muchas!», afirma orgullosa. Es consciente de que la vida de un músico implica «un futuro incierto» hasta poder cumplir su aspiración: ocupar un puesto fijo en una orquesta. «Todos queremos eso, pero es muy difícil. En España, ahora mismo no hay ninguna audición a la vista», explica. Por eso, en Málaga se siente «afortunada».