Se llama GTA Spano y su tarjeta de presentación está repleta de cifras hiperbólicas: 780 caballos de potencia, 355 kilómetros por hora de velocidad máxima y 700.000 euros de precio. Es un biplaza de líneas afiladas que se fabrica de forma artesanal en Valencia y que aspira a hacerse un hueco en el mercado de los superdeportivos, un microcosmos donde reinan los coches de producciones muy limitadas y diseños heredados de la alta competición, que sólo están al alcance de un selecto grupo de aficionados, todos ellos obviamente multimillonarios. «Nuestro objetivo es consolidarnos como marca de prestigio en un segmento muy competido, pero que está teniendo un crecimiento espectacular gracias al tirón de las economías emergentes», países de emires donde se habla en petrodólares, explica Domingo Ochoa, patrón de GTA Motor, la empresa que fabrica el GTA Spano.
Puede que con la que está cayendo en España y en buena parte de Europa resulte poco oportuno, incluso obsceno, hablar de coches que cuestan casi un millón de euros, pero Ochoa insiste en que se trata de productos que tienen una excelente salida en otros mercados. «Marcas como Pagani o Koenigsegg tienen toda su producción vendida y están haciendo planes para ampliarla a la vista de que cada año hay mayor demanda». El propio Ochoa asegura que ha recibido ofertas para vender la totalidad de su producción en terceros países. «Las hemos rechazado porque no buscamos dar un pelotazo, sino consolidarnos como marca de prestigio dentro de un proyecto empresarial a largo plazo». La italiana Pagani y la sueca Koenigsegg son precisamente dos de las firmas que dictan la pauta por la que quiere transitar la empresa valenciana. Se trata de marcas artesanales surgidas en los noventa que han adquirido un enorme prestigio gracias a la calidad y al carácter exclusivo de sus coches, superdeportivos de ensueño que son fabricados con cuentagotas (los suecos sólo hacen dos coches al mes).
La producción limitada es una estrategia comercial que se ha revelado un éxito en el sector. La lista de espera para un Pagani Zonda, un coche que cuesta en torno a 1,5 millones de euros, supera ya los tres años. El carácter minoritario otorga un atractivo añadido a un conductor que busca sobre todo exclusividad. «Las personas interesadas en estos coches -aclara Ochoa- no buscan ni Ferraris, ni Porsches, ni Lamborghinis, probablemente porque tienen una colección de ellos en sus garajes; lo que quieren es un coche que además de comportarse extraordinariamente bien sea singular o, mejor aún, exclusivo». Atendiendo a ese parámetro, la empresa valenciana tiene previsto fabricar únicamente 99 unidades del GTA Spano. El empresario se apresura a aclarar que «eso no significa que cuando estén hechos vayamos a echar la persiana, sino que a partir de entonces nos centraremos en una evolución del modelo o en una variante sin techo».
Equipo de competición
Ochoa no proviene de una facultad o de una escuela de negocios. Con 13 años pisó por primera vez un taller y a los 17 ya destripaba motores y cajas de cambio. Antes de cumplir los 30 montó su propio concesionario en su localidad natal de Torrent y puso en marcha un equipo de competición con el que consiguió numerosos triunfos en F3 y Gran Turismo de la mano de pilotos como Jaime Alguersuari, hoy en las filas de la Fórmula 1. El siguiente paso, el de construir el coche de sus sueños, era cuestión de tiempo. A mediados de la pasada década Ochoa se lió la manta a la cabeza y se puso a trabajar junto a los ingenieros de su equipo en el diseño de un coche en el que convergiesen las soluciones técnicas aprendidas en tantos años de competición. El resultado fue el GTA Spano, un automóvil de extraordinarias prestaciones que incorpora aportaciones tecnológicas que han dado lugar al registro de al menos a media docena de patentes.
En la factoría valenciana están especialmente satisfechos del chasis, un monocasco fabricado en carbono, titanio y kevlar. Además de proporcionar una extraordinaria rigidez, el uso de esos materiales permite que el peso del bastidor se quede en solo 56 kilos. La ligereza es una de las señas de identidad de cualquier superdeportivo que se precie y el GTA Spano supera la prueba con nota (1.350 kilos en orden de marcha). Con ese peso y los 780 caballos que rinde su motor, un V10 de 8.300 centímetros cúbicos, las prestaciones son de infarto. Baste decir que acelera de 0 a 100 en 2,9 segundos (un coche convencional suele tardar cuatro veces más) o que puede alcanzar los 350 kilómetros por hora. De los consumos no se proporcionan datos, se supone que porque es lo último que puede preocupar al comprador de un coche así.
El coche está pendiente de algunas homologaciones técnicas, aunque desde GTA Motor aseguran que las primeras unidades se entregarán a finales de este año. Serán media docena de vehículos que irán a parar a clientes extranjeros, sobre todo de países árabes. Ochoa cree que si las cosas van bien la empresa podrá disponer el próximo año de unas nuevas instalaciones en Loriguilla, también en Valencia, que permitirían incrementar el ritmo de producción. En sus planes contempla alcanzar para el año 2014 una producción de entre 40 y 45 coches anuales con una plantilla de entre 150 y 180 personas (ahora suman una veintena). El patrón de GTA Motor está convencido del futuro del segmento pese a las dificultades económicas y recurre de nuevo al ejemplo de la italiana Pagani para ilustrarlo. «Empezaron haciendo veinte coches al año por un precio de 300.000 euros y en 2011 tienen previsto fabricar cincuenta a 1,5 millones cada uno; en algo más de diez años han multiplicado por cinco sus precios de venta al público y cada vez tienen más demanda».
Ojalá el sueño de Ochoa se convierta en realidad y en unos años haya jeques y multimillonarios indios, chinos y rusos haciendo cola a las puertas de la factoría valenciana para hacerse con un GTA Spano. De momento, el V10 que equipan las unidades fabricadas para las homologaciones ruge ya por las carreteras levantinas haciendo que todas las cabezas se vuelvan allá por donde pasa. Una auténtica naranja mecánica a la espera de convertirse en objeto de deseo de una rara especie, la de los multimillonarios ávidos de nuevas sensaciones.