El Centro de Inserción Social de Málaga (CIS) es una cárcel que no tiene rejas. Y su despacho es una habitación con la puerta abierta. Los presos de tercer grado que se preparan para cruzar la frontera de la libertad y reinsertarse en la sociedad siempre pueden franquearla para un rato de conversación. Las fotografías de su familia y los objetos elaborados por los reclusos decoran el espacio de trabajo de un hombre que decidió por vocación dedicar su energía y su ilusión a los condenados y a los espacios en los que cumplen sus penas. No cree que la solución sea ingresar a una persona en una celda y olvidarse de ella. «Hay que trabajar para intentar solucionar ese problema -defiende-, analizar las causas por las cuales ha ingresado en prisión y trabajar para cambiarlas».
-Hijo de un funcionario de prisiones, ¿de casta le viene al galgo?
-Si. Mi familia procede de Santoña y estaba metida en el medio penitenciario. Desde pequeño lo conozco. Muchas veces, la gente rechaza lo relacionado con las prisiones, pero es por desconocimiento. Yo tuve la gran suerte de conocer desde pequeño la gran labor que hacían, no solo mi padre, sino todos los funcionarios de prisiones que conocí en esa época intensa de la vida, de esponja, de absorber conocimientos. Creo que tenía muy claro desde el principio que quería dedicarme a esto, que quería intentar poner un granito de arena para ayudar a personas que pueden necesitarlo.
-Un trabajo vocacional. Rara avis en una sociedad en lo que la gente busca hacer dinero.
-No es un trabajo en el que ingresé vocacionalmente sino que la vocación la mantengo porque es un trabajo dinámico, donde estás viviendo con problemas reales, con problemas personales, diferentes. Cada preso y cada funcionario tienen sus propios problemas. Sobre todo los internos. Hay desestructuraciones familiares, sociales y problemas impresionantes. Sin meter a todos en el mismo paquete, porque cada delito es diferente, cada persona también es diferente, hay muchas situaciones de marginalidad que necesitan ese apoyo y es lo que me hace mantener esa vocación de poder ser útil como servidor público.
-Su pasión es el ser humano.
- Creo que sí. No podría estar en un trabajo que no tuviese relación con personas.
-Y cuando esas personas están entre rejas, ¿cuántas cosas se desmoronan?
-Hay que estar allí para saberlo. Siempre aconsejo la experiencia de estar privado de libertad. Llega un momento a lo largo del día, por la noche, que te cierran una puerta y que te encuentras en la soledad de tu propia celda. La gente que dice lo bien que se vive en las cárceles tendría que ver que uno de los valores más importantes, por lo menos para mí, es la libertad. Hay que vivir esa pérdida de la libertad: no poder estar con tus hijos, no poder abrazar a tu mujer o a tu pareja. Hay que vivir esa privación para saber realmente lo que es estar en la cárcel.
-¿Y qué es lo mejor y lo peor que que ha visto tras las rejas?
-Lo mejor, la satisfacción de alguien que sale en libertad. Has visto que ha ingresado en unas condiciones lamentables, metido en el mundo de la droga, que igual su vida no podía durar más de un año. Y te lo encuentras cuatro años después con un hijo, con un trabajo, con una vida absolutamente fuera del delito, invitándote al bautizo de su bebé. La satisfacción de ver que realmente la gente puede salir adelante si apuestas por ellos.
-¿Y lo peor?
-Lo más triste, lo contrario. En un centro penitenciario, muchas veces la gente lo que demanda de ti es simplemente hablar. Si te dedicas profundamente a hablar con ellos, a que te cuenten su vida, sus problemas, llegas a intimar con esa persona. Lo más triste es ver que fallece por las drogas o por lo que sea. Ver un interno con el que has intimado que fallece, tener que decírselo a la familia... Es duro cuando tienes esa implicación con el ser humano.
-Las cárceles, ¿son un espejo de la sociedad?
-Absolutamente. Por eso hay rechazo de la sociedad, porque no se quiere ver realmente lo que hay en la calle. En la cárcel hay gente que ha cometido un delito, pero ese delito muchas veces viene de consecuencias sociales. Hay delitos y personas de todas clases. Y hay delitos muy graves. Pero la mayor parte de los delitos son consecuencia directa o indirecta de las drogas o de la marginalidad. Y eso si que es un reflejo de la sociedad. Contra eso es contra lo que hay que luchar, hacer labores preventivas para evitar que esas personas no lleguen a tener que ingresar en prisión.
-Entonces, ¿no existen tipos malos sino malas circunstancias?
-Existen malas circunstancias. Y hay tipos malos. Más que tipos malos, hay delitos y delincuentes que tienen que estar en prisión.
-Es decir, que terminar entre rejas es una cuestión de oportunidades.
-En la mayoría de los casos sí. Cuantos los medios de comunicación hablan de algún delito grave se olvidan de que es un caso entre mil. Hay delitos muy graves o delincuentes peligrosos que tienen que estar entre rejas. Pero en el 80% de los casos ha sido una falta de oportunidades. De no tener los valores adecuados para poder tomar la decisión adecuada en un momento determinado. Eso es lo que hay que corregir. En eso consiste la reinserción, en poner los medios adecuados para que la persona que no tenga una educación, proporcionársela. A la que no tiene ningún tipo de inserción laboral, dársela. Y darle los medios, poner en sus manos las oportunidades que nunca ha tenido antes de ingresar en prisión. Nosotros se las damos. Ahora las tienes y ahora, por los menos, las puedes utilizar. Luego, ya es una decisión personal.
-¿Abrid escuelas y se cerrarán las cárceles?
-Efectivamente, por lo que hemos hablado de la falta de oportunidades. Si hay más escuelas o si se educa a estas personas, ya tienen una mentalidad en valores diferente a la que les llevó a su ingreso en prisión. Por eso es importante la educación y la formación. Y es el empeño prioritario en Instituciones Penitenciarias.
-¿Por qué a la sociedad le cuesta tanto dar segundas oportunidades?
-Buena pregunta. Me gustaría saberlo. Ya no hablamos de la prisión, hablamos en general. Efectivamente, lo que la sociedad busca es el castigo. Y muchas veces el castigo en sí, lo que crea es una frustración de la persona que se castiga. Y eso puede derivarle hacia una conducta más grave. Creo que las segundas oportunidades son importantes y todos nos las merecemos. Y si eso es así en una sociedad, ¿por qué no puede ser con los presos?
-La cadena perpetua, ¿soluciona algo?
-Realmente en España, con la legislación que tenemos ahora, una persona puede estar prácticamente toda su vida en prisión. El límite está hasta los 40 años y una persona que ingresa a los 30 años va a estar hasta los 70 años en prisión. Tenemos un sistema penal, si no el más duro, uno de los más duros de Europa. La cadena perpetua vulnera lo que dice nuestra Constitución. Nuestro mandato es intentar la reinserción de los presos. No creo que sea la solución ingresar a una persona y olvidarnos de ella.
-¿Qué recuerdos tiene del desfile de presos malayos?
-Eso fue una anécdota. En mi época de Alhaurín hubo acontecimientos muchísimo más importantes. No sólo sufrí mediáticamente la 'operación Malaya'. Se sufrió realmente con el mercantilismo de la prensa del corazón. Se le dio una dimensión mediática absolutamente contraria a la realidad. Penitenciariamente fue mucho más importante la 'operación Nilo', el ingreso de 300 nigerianos en un momento puntual. Incluso operaciones, como la 'Ballena Blanca' tuvieron más repercusión profesional.
-Cuando una persona tiene dinero y poder, ¿cómo encaja estar entre rejas?
-Como cualquier persona. Mal. La cárcel no diferencia entre estatus social, poder o renta económica. Cuando ingresan, todas las personas son absolutamente iguales. Y la privación de libertad es tan dolorosa para cualquier persona, independientemente de su condición social o económica.
-Pero la digestión no debe de ser fácil cuando se pasa del restaurante del Marbella Club al comedor de Alhaurín el Grande.
-No se crea. En Alhaurín la alimentación es muy buena. Diferente a la de un restaurante con mantel de hilo y tres platos. Lo que te cambia es la privación de libertad.
-Una curiosidad, ¿se le han escapado muchos presos?
-Afortunadamente, ninguno.