Los días contados son los que nos quedan, y casi siempre son pocos. Son los que hay que restar a la felicidad fugaz que se nos escapa irremediablemente por los dedos, los días que nos depara con cuenta gotas un tiempo que se va, o que, mejor dicho, se ha ido sin apenas notarse. Los días contados suelen ser los últimos del año, mientras que los días por venir, se supone, son de los que se alimenta el calendario del nuevo año, que de nuevo tiene poco porque prolonga agonías y acrecienta, aún más, plusvalías, y con ello algo tan anticuado como la lucha de clases, aunque el concepto haya saltado por los aires y nos encontremos con ricos pobres o con pobres ricos, eso sí, ricos y pobres, todos llorando.
En época de crisis creo que debemos contar, más que los días, los euros. En los días marcados por la ruina social deberían reflexionar algunos gobiernos que ven acercarse el desastre como si no fuera con ellos. A mí no me causan ningún dolor estas caídas anunciadas, en cambio, me duelen los días contados que se adhieren, como un regalo envenenado, a la piel del enfermo terminal, o a la de los amantes que han agotado su máscara de carne o a la de los amigos que se traicionan, no una, sino una y mil veces, y mantienen una sonrisa hipócrita: «Colóquese una sonrisa -escribió Scott Fitzgerald- y tendrá el paraíso asegurado».
Siempre me han atraído los cantos de cisne, no tanto los cantos de sirena, que sin ninguna duda terminan en boda. En el lento declinar de las especies, en el fin de una gloriosa dinastía o de una civilización milenaria, se esconde la belleza y la grandeza de los últimos resistentes. Enigmas y misterios aumentan mi atracción por los desenlaces; fíjense, me atraen con la misma intensidad sucesos tan dispares como la desaparición de los dinosaurios o la ejecución televisada de los Ceaucescu. Entre la evaporación de los dinosaurios y el asesinato del matrimonio Ceaucescu, que a su manera también podían considerarse reptiles prehistóricos, me han subyugado distintos 'momentos estelares' de la Humanidad. No coincido con algunos momentos estelares que destacó Stefan Zweig en su famoso ensayo, pero sí me apasiona la época que le tocó vivir, ese mundo de ayer que le llevó a suicidarse en Río de Janeiro en 1942. Ese mundo de ayer no fue otro que la lánguida pero segura disolución del Imperio Austro-Húngaro, el fin de la monarquía dual, que se extendía desde Baviera a Milán y lamía con su altiva bicefalia las orillas del extenso y caudaloso río Danubio.
Siendo adolescente el mito Hasbúrgico se convirtió para mí en una obsesión que, como toda obsesión que se precie de serlo, engrosó con títulos centroeuropeos mi biblioteca. Atrapado, primero, por la extraña personalidad de la anoréxica Sissi, y después, por el trágico destino de toda la dinastía, fui introduciéndome en la Viena de 1848 a 1934, un relámpago de contradicciones, un sublime estertor que osciló entre la feroz autocrítica de Karl Kraus y la interpretación de los sueños freudianos, esa Viena en cuyo parlamento concurrían lenguas y dialectos distintos y que mantuvo una intensa actividad cultural, pero que, en contrapartida, alimentó en su seno a un futuro genocida llamado Adolf Hitler.
Hace un par de meses tuve la suerte de coincidir en Tánger con la condesa Katherine Bánffy, hija del versátil escritor y político húngaro Miklós Banffy; Katherine nos invitó a almorzar a su maravilloso palacete de Monte Viejo, colina de blasones donde, desde tiempo atrás, reside la comunidad extranjera tangerina, cada vez más aislada de la ciudad, en realidad, cada vez más aislada del resto del mundo. El almuerzo fue servido al ritmo de la campanilla de Katherine y en la mesa nos acompañaban otras dos aristócratas, las enigmáticas hermanas belgas Troostenberg -que en español significa Monte de los Suspiros-. La condesa Bánffy, con su español peculiar, nos relató la biografía zigzagueante de su familia, terratenientes de la Transilvania húngara cuyo linaje se hundía en el siglo XVII, hasta que su propio padre tuvo que rubricar el Tratado de Trianon -en ese período desempeñaba la cartera de Asuntos Exteriores-, por el cual entregaba a Rumania precisamente los territorios de dónde provenían él y su familia. Después del almuerzo nos trasladamos a tomar café a una hermosa sala con ventanas y contraventanas, abierta de par en par, que daban a un jardín de ensueño, verde y en cascada, y al fondo, palpitando, el Atlántico.
Joya predilecta
A Katherine se la veía emocionada porque yo podía más o menos seguir su conversación sobre la Hungría de los Habsburgo cuyo efímero rey Carlos I había sido el último emperador de Austria, una Hungría que amaba y odiaba con igual intensidad el Imperio del que era la joya predilecta y que contaba en su nómina con pintores como Moholy-Nagy o Vasalery, con fotógrafos como Roberto Capa, con filósofos como George Lukás o Agnes Heller, con cineastas como Korda, Cukor o Curtiz, con novelistas como Sandor Márai, y llegados a este punto hay que añadir, por derecho propio y no por privilegios de alcurnia, con Miklós Bánffy, padre de Katherine y polifacético novelista de la trilogía transilvana, compuesta por 'Los días contados', 'Las almas juzgadas' y 'El reino dividido'; justamente estas pasadas fiestas he devorado 'Los días contados' -en español, Libros del Asteroide-, que es una historia cuyo estilo no desmerece a Marcel Proust y cuyo argumento se encuentra dentro de las sagas austrohúngaras: el fin de una época, los días contados de un Budapest de oro que se dirigía a la catástrofe de Sarajevo, el estallido de las fronteras al ritmo de un vals pegajoso e interminable que anunciaba el principio del fin.