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Navidad por las ramas

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Navidad por las ramas

De Washington a Pekín, el mundo se llena de abetos. Esta tradición la trajo a España una viuda rusa que se casó con un aristócrata madrileño

12.12.10 - 01:39 -
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La Navidad es el terror de los abetos. Se calcula que Europa mete cada año en su salón un enorme bosque 50 millones de árboles, con sus luces, sus bolas, sus lazos y sus estrellas. El hombre es un animal de tradiciones al que le gusta competir. Con el objetivo tan loable de inyectar algunos millones de euros en la economía mundial a través del consumo y de paso aparecer en los informativos, ciudades de todo el mundo erigen sus árboles como gigantescos monumentos a la Navidad.
Todos quieren tener el más grande, el más luminoso, como prueba fehaciente de que los anuncios de perfumes y las pilas de turrón en los supermercados no están equivocados. Hay árboles famosos, como el del centro Rockefeller de Nueva York, que acaba de iluminar al mundo con sus 25 metros de madera y agujas, 300.000 bombillas (tecnología LED, para no contaminar), ocho kilómetros de cables y su enorme estrella hecha con cristales de Swarovsky, como símbolo de unas navidades austeras.
Ese abeto es, probablemente, el más conocido del mundo, pero no el más grande. En Río de Janeiro han plantado uno en el agua, justo en el centro de la laguna de Rodrigo de Freitas, con 85 metros de altura y que ha conseguido, sin excesiva competencia, ser el árbol de Navidad flotante más grande del mundo. Y eso quiere decir que debe haber alguno más. También los hay extraños, como el que han plantado en Beals Island (Maine, EE UU), hecho con cientos de trampas para bogavantes, la pesca más famosa de Nueva Inglaterra.
París, Londres, Berlín, Estocolmo..., cada capital tiene el suyo después de que San Bonifacio cortara el árbol de Thor que adoraban los paganos de la actual Alemania para demostrar su fe cristiana, allá por el siglo VII. Dicen que de sus restos nació un abeto en llamas, y desde entonces Occidente representa así el símbolo de la fe cristiana. Otros, que fue una alternativa luterana al Misterio, que aprovechó la amalgama de árboles sagrados de todas las culturas. El primero en España se plantó en el palacio de los Duques de Sesto, en Cibeles (Madrid) en 1870: fue una mujer de origen ruso llamada Sofía Troubetzkoy, que después de enviudar del duque de Morny, hermano de Napoleón Bonaparte, contrajo segundas nupcias con el aristócrata español Pepe Osorio, el Gran Duque de Sesto, uno de los mayores promotores de la Restauración borbónica que permitió a Alfonso XII reinar.
Está claro que el árbol más suntuoso es el que decora el Salón Azul de la Casa Blanca. Llegó hace unos días. Michelle esperaba junto a sus hijas en la puerta de la residencia. A lo lejos se acercaba un carro tirado por un percherón negro cuatralbo que contenía un enorme abeto de cinco metros y medio, criado con mimo casi maternal en la granja de Chris Botek, en Pennsylvania. El presidente Obama, mirando desde la ventana con el labio suturado tras un golpe jugando al baloncesto, era la única pega a una escena a la altura de cualquier película de Tim Allen haciendo de Santa Claus. Sonaba el villancico 'Oh, Christmas Tree' y la primera dama recordaba al mundo que «las bendiciones mayores son las que no cuestan dinero». A los inquilinos de la Casa Blanca no les cuesta un centavo el abeto, pues desde 1966 se lo regala la Asociación Nacional del Árbol de Navidad. El abeto de Botek, adornado en azul y dorado con una bola para cada estado, es uno de los 19 pinos que decoran la residencia con diferentes motivos. Los hay artificiales, naturales, con astronautas en lugar de bolas de nieve y hasta una reproducción de la Casa Blanca en pan de gengibre y chocolate blanco con una copia a escala Bo, el perro de aguas portugués que le regaló Obama a sus hijos.
Navidad de 'todo a cien'
Hay árboles por todos los rincones del mundo, también en Pekín, pese a que en China no se celebre la Navidad. Han plantado un enorme cono de neones para dar ambiente, se entiende. Su religión no celebran estas fiestas, pese a que los chinos y su recién estrenado instinto consumista van de tiendas igual que cualquier occidental de a pie.
En las fábricas de Shenzen, los obreros budistas visten de Papá Noel. No festejan la venida de Cristo, como los demás, aunque deberían, pues los economistas calculan que allí se fabrican anualmente más de 1.600 millones de objetos de decoración navideña (tocarían a uno para uno de cada cuatro seres humanos). Dos tercios de los árboles artificiales que pueblan el mundo provienen de China.
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