Supongamos que un espectador anónimo enfila la plaza de la Merced, cruza la puerta de la Casa Natal y encuentra, por ejemplo, 'Visage géométrique' (1956), con su rostro cubista sobre un plato de cerámica blanca. Luego, nuestro protagonista imaginario sale del edificio, completa una docena de pasos, entra en una sala y se topa con la tenebrosa procesión de 'El beso de Judas' (1932).
Creaciones en apariencia dispares, casi opuestas, y sin embargo unidas por un rasgo común: ambas salieron de la imaginación de autores que se negaban a ver la realidad como se presentaba ante sus ojos, que la transformaban con la rebeldía inquebrantable de un niño hasta convertirla en algo distinto. Su propio mundo. Por eso, desde esa perspectiva, Pablo Ruiz Picasso y José Gutiérrez Solana aparecen mucho más próximos de lo que puedan dictar las primeras conjeturas.
Porque la crítica mayoritaria ha presentado la obra de Gutiérrez Solana como el retrato de la España negra de finales del XIX. Él mismo escribió un libro con ese título, 'La España negra', en 1920. Y es mentira. O media verdad. El truco de un niño. Porque Gutiérrez Solana no vivió aquel tiempo. Le habría gustado pertenecer a la Generación del 98, pero formó parte de la Generación del 14, la misma de Ortega y Gasset o la Institución Libre de Enseñanza, aquélla que por primera vez quiso ver España como un país moderno.
«Gutiérrez Solana es un personaje estrafalario, moderno a su pesar», reflexionaba ayer el director general del Instituto de Cultura de la Fundación Mapfre, Pablo Jiménez Burillo, al hilo de la exposición que reivindica el carácter vanguardista de Gutiérrez Solana a través de los fondos de esta entidad. Y lo hace justo en la sala de exposiciones de la Fundación Picasso-Museo Casa Natal en uno de los montajes más destacados en la programación de la institución municipal para el año en curso.
De este modo, 'Solana en las Colecciones Mapfre' reúne seis lienzos y una treintena de grabados que ilustran la «extraña figuración» del artista madrileño. Un autor emparentado en este montaje con el expresionismo o la nueva objetividad del periodo de entreguerras. «Gutiérrez Solana nos ofrece una vertiente distinta de las vanguardias», sostuvo por su parte la directora de la Casa Natal, Lourdes Moreno.
Procesiones y máscaras
Un universo sombrío, el de Gutiérrez Solana, que aparece en esta exposición a través de los asuntos fundamentales de su obra. Ahí están los cortejos sacros de 'Procesión de noche' (1917) o 'El beso de Judas' (1932); la fascinación por el carnaval macabro de 'Máscaras bailando del brazo' (1938) o su recurrente aproximación al mundo de ultratumba de 'La baraja de la muerte' (1927) o 'El osario' (1931).
Aunque en Gutiérrez Solana nada es lo que parece. Las mascaradas funestas surgen ataviadas con los cálidos colores del Renacimiento, las calaveras se mezclan con el azar de las cartas y los grabados anuncian a un autor que conoce la España profunda pero también las últimas tendencias artísticas que cruzan Europa. Y así aparece Solana, entre la brusquedad que quiso dar a su vida (y su obra) y la extraña sensibilidad adivinada en las escenas que alumbró su imaginación.