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En el infierno rojo

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En el infierno rojo

Cientos de republicanos españoles acabaron en un gulag por querer escapar de la URSS. La politóloga Luiza Iordache ha recuperado su memoria

28.03.10 - 03:16 -
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Perico Cepeda (Málaga, 1922) llegó a la Unión Soviética a los 15 años, acompañado por su hermano Rafael. Ambos fueron 'niños de la guerra', jovencitos que escaparon del horror español para encontrar un refugio seguro en el supuesto paraíso comunista. Perico, un muchacho simpático, hablador y cantarín, descubrió pronto que el hermoso celofán de la propaganda roja escondía una realidad tenebrosa. Nada más pisar tierra rusa, fue trasladado a Samarcanda (Uzbekistán) y luego a Tiflis (Georgia), vivió recluido en un orfanato y tuvo que trabajar como lubricador de máquinas textiles para ganarse unos rublos. Su hermano Rafael aún tuvo peor suerte: humillado por la miseria, acabó en el hampa y fue encarcelado por robo. «Mi vida en este país -escribió Perico a sus padres- ha sido verdaderamente una odisea, fatigas, hambre, padecimientos y sufrimientos».
El destino de Perico Cepeda pudo cambiar gracias a su prodigiosa voz. Tras ser examinado en un conservatorio, consiguió un puesto en el teatro Stanislavski de Moscú. Pero unas complicaciones vocales y la posterior intervención quirúrgica truncaron la carrera musical de Perico, que se vio de nuevo en la calle y obligado a buscar trabajo. Lo encontró como traductor en la embajada argentina. Harto de penurias, quiso escapar de la Unión Soviética «a cualquier precio». Anhelaba vivir en México, donde residían sus padres, pero las autoridades moscovitas se negaban a conceder el permiso de salida a los republicanos españoles que querían abandonar el paraíso estalinista: «El verdadero comunista -decían los comisarios políticos- manifestará en seguida sus deseos de quedarse en la URSS. El traidor, no lo dudamos, preferirá marchar al extranjero».
Perico, desesperado, estaba dispuesto a jugarse «la última carta» e ideó un plan de fuga con un antiguo capitán republicano, José Tuñón, que trabajaba como dibujante en la productora cinematográfica Moscú Suomo Films, y con dos miembros de la embajada argentina: Pedro Conde y Antonio Bazán. Conde y Bazán regresaban a Buenos Aires con todos los permisos legales y aceptaron esconder en sus baúles a Perico Cepeda y a José Tuñón. «Ocultos bajo las grandes herrajes hicimos dos orificios muy bien disimulados para la renovación del aire», explica Conde en sus memorias. Los dos republicanos españoles adelgazaron más de diez kilos para caber en ellos y, durante tres meses, hicieron varias pruebas de resistencia. Finalmente, el 2 de enero de 1948, a las seis de la mañana, los diplomáticos argentinos salían con sus pesados baúles rumbo al aeródromo Vnúkovo de Moscú. Perico Cepeda había echado su «última carta» sobre el tapete.
El plan falló. Justo antes del embarque, detectaron sobrepeso en el baúl de Antonio Bazán, en el que viajaba Perico. Debía pagar un peaje especial. En rublos. El diplomático argentino sólo llevaba dólares encima y los funcionarios se negaron a aceptar una moneda extranjera. Bazán y su baúl tuvieron que quedarse en tierra. Al menos, Pedro Conde y el otro republicano escondido, José Tuñón, pudieron despegar con dirección a Praga, primera escala de un vuelo que les debía conducir a París y a Buenos Aires. Pero Tuñón sólo aguantó 12 minutos. Llevaba seis horas encerrado. Comenzó a golpear el baúl y el capitán de la nave, Piotr Mijailov, ordenó inspeccionar el avión. Una vez descubierta la estratagema, aterrizaron en Lvov (Ucrania) y la policía soviética comenzó a atar cabos. Los implicados confesaron bajo torturas y el viceministro de Seguridad Estatal de la URSS, el teniente general Ogoltsov, leyó la sentencia el 28 de julio de 1948: Perico Cepeda y José Tuñón fueron condenados a 25 años de trabajos forzados en campos de concentración. También cayeron, por colaboración con la trama, el médico Julián Fuster Ribó (20 años) y el ingeniero Fancisco Ramos Molins (10 años).
A 50 bajo cero
La biografía de Perico protagoniza parte de la investigación de la politóloga rumana Luiza Iordache. Su Memoria de Doctorado ('Republicanos españoles en el Gulag') recibió en 2007 el premio anual del Institut de Ciències Polítiques i Socials de la Universidad Autónoma de Barcelona, que ha editado el trabajo. Iordache saca así a la luz la tragedia olvidada de un puñado de republicanos que primero fueron derrotados en la Guerra Civil y que luego fueron humillados por la Unión Soviética por haber cometido el insólito delito de querer marcharse a otro país. Algunos buscaban una pizca de libertad; otros, simplemente querían reunirse con sus familias. Iordache, a punto de finalizar su tesis doctoral sobre la materia, prepara ya una trilogía sobre la peripecia personal de estos españoles que huyeron del franquismo para caer en las redes del estalinismo.
Perico Cepeda cumplió su condena en el campo de concentración de Intá y luego fue trasladado al de Karagandá, en la república de Kazajstán, lugar al que fueron a parar decenas de republicanos españoles. José Tuñón tuvo peor destino: fue recluido en un gulag siberiano, al norte del Círculo Polar Ártico. Sin abrigo ni alimento suficiente, con los pies cubiertos por trapos, los presos soportaban jornadas laborales de más de 12 horas a casi 50 grados bajo cero, enterrados en nieve. No todos lo superaron. Iordache recoge el caso de cinco pilotos españoles, Vicente Monclús, Joan Sala, Luis Milla, Juan Navarro y Josep Gironés, que fueron condenados a construir la línea férrea que unía Kotlás y Vorkutá. «En otoño de 1940, Navarro murió sobre la vía. A Luis Milla lo deportaron a la estepa de Salsk, tras debatirse un mes entre la vida y la muerte». Los otros tres lograron escaparse del campo, pero fueron capturados y encerrados en un «calabozo de castigo».
Pilotos, marinos y niños
La politóloga rumana revela que la represión soviética se cebó con pilotos, marinos y niños de la guerra. Durante la Guerra Civil, el gobierno republicano envió a varias promociones de militares a la escuela aérea de Kirovabad (Azerbayán): allá aprendían a manejar los aviones y luego regresaban a la península. Pero a la cuarta promoción la derrota final le pilló en territorio soviético. Pese a los esfuerzos didácticos de las comisiones enviadas por Moscú y por el PCE, que trataban de hacer ver a los pilotos españoles la pésima situación de los países capitalistas, la mayoría seguía empecinada en emigrar. Con la excusa de preparar su traslado al extranjero, las autoridades soviéticas los recluyeron en casas de reposo moscovitas. Meses después fueron ingresados en cárceles, torturados y enviados al gulag. Parecida suerte corrieron los marinos a los que el final de la Guerra sorprendió en los puertos soviéticos de Odessa, Feodosia o Murmansk. En los primeros momentos, algunos lograron regresar a España, pero quienes deseaban marchar a otros países jamás obtuvieron el visado. En las cárceles se toparon con varios niños de la guerra que, urgidos por la miseria y el hambre, habían cometido robos y otros delitos. En total, Luiza Iordache lleva más de 300 casos documentados de republicanos españoles víctimas de la represión soviética. Algunos murieron; otros consiguieron por fin salir del país tras la muerte de Stalin (1953).
Después de cumplir su condena, Perico Cepeda se casó con una violinista rusa y recorrió la URSS dando recitales de ópera. Regresó a España en 1966. Murió en 1984, tras una operación de cataratas. «Si tengo mala suerte -había escrito a sus padres antes de meterse en el baúl- no llorarme, sino odiar a todas las clases de dictaduras, culpables únicas de todas las desgracias».
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