La vida puede caber en una tabla de madera, en 68 x 49 centímetros, en una superficie algo astillada, medio escondida en una esquina del Museo del Patrimonio. Por una cara, 'Evaristo pinta a Evaristo'; por la otra, 'Homenaje a Van Gogh'. Dos mitades de la misma pieza, de una misma persona, que ya en 1963 levantaba los dos pilares de su obra: el deseo de ser fiel a sí mismo en cada cuadro (como un autorretrato) y el afán por mostrar su mundo interior en cada paisaje exterior (al estilo de Van Gogh).
Con esas dos premisas «irrenunciables», Evaristo Guerra ha consagrado medio siglo a la pintura. Cinco décadas que ahora desfilan por el espacio anexo al Museo del Patrimonio Municipal. Un repaso panorámico en el que cobran especial protagonismo sus características postales agrarias, pero en las que también hay espacio y relevancia para los retratos, los bodegones, las pinturas de tema religioso y su faceta como cartelista. Pero empecemos por el principio, como hace la propia exposición.
Y en el principio está 'Vista de Benamocarra' (1954), pintado cuando apenas tenía doce años. A través de la memoria, Evaristo Guerra regresó ayer a la bicicleta que le llevó hasta el pueblo vecino, a la calle donde plantó el caballete, a la casa donde una mujer accedió a guardarle la tela, a la promesa suya de recogerla al día siguiente, a la sorpresa emocionada de encontrarla en el mismo lugar cuando pasó a por ella, veintidós años después.
'Vista de Benamocarra' marca además el punto de partida del paseo cronológico que plantea la exhibición. Un recorrido abierto por cuadros de corte impresionista como 'Álamos' (1961) o 'La fragua' (1962), que dan paso a un conjunto de retratos. En este aparado, Guerra destacó 'Gitanillos' (1962), 'Centenaria veleña' (1964) y 'Cante grande' (1964), dedicado a Antonio Fernández Díaz 'Fosforito'.
Ya en esta sala, un par de paisajes ofrecen buenas pistas de lo que llegará después. Así, 'Montes con almendros y el mar' (1967) y, sobre todo, 'Prados a la salida de Las Navas' (1971) anuncian esas composiciones en las que el campo andaluz se transforma bajo la mirada colorista de Guerra.
Ahí está, dando la bienvenida en la primera planta, 'Dos kilómetros para el pueblo' (1972), que le valió el Premio Nacional de Pintura para Artistas Jóvenes de la II Bienal de la revista 'Blanco y Negro' de 'Abc'. «Ese premio me cambió la vida», rememoraba ayer Guerra (Vélez-Málaga, 1942). No en vano, la distinción pronto se tradujo en un mayor reconocimiento y, por extensión, en una economía doméstica menos perentoria.
Hacia el cromatismo
Y entonces, la paleta de Evaristo Guerra estalla en vivos colores. Los violetas de 'Noche veleña' (1976) y 'Nieve de primavera' (1978); los naranjas de 'Huerto de tomates' (1973) y 'Autorretrato en la sombra' (1978); los verdes de 'Tres pinos' (1974) y 'Paisaje verde' (1978) dan cuenta de ese viraje hacia el intenso cromatismo que caracteriza buena parte de su trabajo.
El propio artista intentaba ayer poner palabras a su oficio: «Nunca me he engañado a mí mismo. Si tú te entregas en cada pintura, luego viene una tercera persona que también se entrega al cuadro, te lo compra y así va viviendo uno...». Una fascinación que ha llevado la obra de Guerra hasta las colecciones de la Comunidad de Madrid, la Fundación Aena o diversos ayuntamientos, sin olvidar a numerosos coleccionistas particulares.
A uno de ellos (José Coronel Jiménez) pertenecen dos de las composiciones más representativas del último tramo de la muestra: 'Las cuatro estaciones' (1987-89) y 'Pareja de Adán y Eva' (1986). Tras ellas, cortijos, olivares, almendros, alguna playa y un algarrobo. Y luego, los bocetos para los murales de la ermita veleña de la Virgen de los Remedios, a los que Guerra le ha dedicado doce años.
Y sin embargo, para posar ante las cámaras, el pintor escogió otras dos piezas. Primero, 'Homenaje a la luz de Andalucía' (1994-2010). Después se metió entre las capas del gran collage de 1995 realizado a partir de 'Dos kilómetros para el pueblo'. Y por fin, Evaristo Guerra fundido con su propio paisaje.