Un historial cardiosaludable

Eduardo de Teresa. /Ñito Salas
Eduardo de Teresa. / Ñito Salas

Eduardo de Teresa batalla en consultas y aulas contra la insuficiencia humanística en la medicina al tiempo que impulsa la innovación, forma a investigadores o se remanga en la escuela de pacientes. Es médico, «esa cosa tan tonta y sin contraindicaciones de ayudar a los demás». En 1992 creó de cero el servicio de cardiología. Desde el Clínico y la Facultad de Medicina ha creado equipo y escuela

José Vicente Astorga
JOSÉ VICENTE ASTORGA

No fue la suya, reconoce, una vocación temprana, ni tardía como la de su padre, De Teresa Covián, un estudiante afiliado al SEU, carne de paseíllo si no se esconde a tiempo en la casa de Pedro Muñoz Seca. La viuda se la había cedido al Gobierno británico para embajada y el cobijo le permitió salvar la vida y más tarde formar familia y saga médica en Granada, donde se licenció sin perder curso a los 45 años tras un largo recorrido alimenticio por la industria farmacéutica. El azar laboral –«el año 55 la empresa lo envía de vendedor a Granada en vez de a Pamplona y allí nos fuimos», recuerda– atrapó a su padre y más tarde a sus hermanos. De seis hijos en aquella casa, cuatro son médicos. «Nunca había pensado en seguir los pasos de aquel señor que traía a casa cráneos y fémures o un conejo para diseccionar. Cuando veía estudiar a mi padre lo único que tenía claro es que no querría ser médico. Me parecía repelente lo que hacía», se remonta De Teresa a su primera juventud en la Granada de los 60, donde «no se me pasaba por la cabeza una carrera que significara salir de la ciudad. No empecé por una vocación clara, sino por exclusión, por ambiente familiar, y desde luego no por dinero porque yo aspiraba a lo que había en casa, lo suficiente para no pasar necesidad. Si es verdad que influyó esa vena de ayudar a la gente. Con el tiempo te das cuenta de que pocos placeres tienen tan pocas contraindicaciones como el conocimiento y sobre todo ayudar a los demás, y no es un discurso religioso», concede esa poderosa motivación última como cardiólogo en la docencia y en la sanidad públicas. El creador de la unidad de Corazón del Clínico ha convertido un proyecto que nació desde cero hace 26 años en uno de los grandes centros nacionales de la especialidad. Vino con la mochila de 18 años como jefe de la unidad de enfermedades coronarias del Puerta de Hierro de Madrid, cantera de élite de la que tiró para volver al sur atraído por un proyecto mitad sanitario, mitad docente donde le iba a costar encajar como jefe de servicio con todas las de la ley. Taifas y guerras médicas entre Universidad y SAS engendraban entonces hasta jefaturas bicéfalas, aunque no fue su caso. «Me vine de profesor, pero sin plaza en el hospital, así que lo que hice el primer día fue ponerme la bata y ejercer de jefe de servicio sin cobrar porque mi sueldo era el de la Universidad», pone en situación. Todos, del gerente abajo, estuvieron de acuerdo, aunque él dudaba: «Me había ido de uno de los mejores hospitales de España a empezar desde cero y casi me retiro, pero el reto me pudo y me dije que en cinco años teníamos que conseguir aquí lo mismo que en Puerta de Hierro». El desafío se abría paso con una capacidad de liderazgo y de acierto en las complicidades burocráticas. «En la sanidad confluyen muchos intereses, y aunque los más importantes son los de los enfermos, a veces confluyen otros, que son los de la Administración que no puede gastar y la industria, que quiere ganar. Hay que profundizar en esas zonas comunes analizando sobre todo las cosas poniéndose en la piel del señor que tiene la llave de los recursos». El plan se cumplió «gracias a gerentes visionarios» y también –esa realidad mandaba ya– «a las listas de espera». En 1996 se implantó cirugía del corazón, que se sumaba a la unidad de arritmias, creada un año antes. «Tuve la suerte de ilusionar y engañar a gente que se vino conmigo», dice disculpando olvidos sobre méritos ajenos y nombres: «Eduardo Olalla, Javier Alzueta, Antonio Moncada, Pepe Algarra, Diego Montañés, Emilio González, Gaspar Gil... Sobre todo yo lo que he tenido es mucha suerte por contar con la gente excepcional», se recrea en su equipo como un buen entrenador. «Si tienes gente muy buena lo que debes procurar es que se desarrollen porque cuanto mejor para ellos, mejor para el jefe», comparte su estrategia.

«El reto me pudo y me dije que en cinco años teníamos que conseguir aquí lo mismo que en Puerta de Hierro»

De Teresa posee una gran capacidad de comunicar y practica lo de dar a cada uno lo suyo, sobre todo en su bien armado equipo de cirujanos, cardiólogos y hematólogos. Tampoco ha olvidado a Hipócrates. Al padre de la medicina le gestionó el pasado otoño un busto en la entrada de la Facultad y le plantó un arbolito, esqueje del árbol del famoso juramento. A De Teresa le gusta también la historia, sus símbolos e indagar en ese efecto mariposa de episodios como el corazón infartado del invicto general Lee que le hizo caer en la batalla de Gettisburg. La suerte de EE UU, el asedio de Julio César a los galos en Alesia en clave de ateroma sanguíneo o la ‘ventaja’ de la peste medieval para el protestantismo están entre sus miradas clínicas de apasionado por la historia, ese virus que le inoculó un profesor de instituto. Él fue estudiante de matrículas y su taxonomía del alumnado de medicina se refuerza con los años. «Están los mejores, los más inteligentes, chicos y chicas que podían elegir cualquier otra cosa, pero eligen por vocación; luego la pueden perder por culpa nuestra durante la carrera o por culpa del sistema sanitario, y esas son enormes responsabilidades que tenemos», explica el catedrático de cardiología que ha dirigido una veintena de tesis y que se recrea cada curso en su primera clase en su pasión por el fascinante músculo. «Todos los profesores os habrán dicho que su asignatura es la más importante. Yo también, pero la diferencia es que yo llevo razón», reproduce ese primer tanteo. Entre sus temores, el de una medicina cada vez más eficiente que deja de lado la parte humana. «Un médico tiene que saber cada vez más cosas, pero no puede olvidar que no es solo buscar el remedio de una enfermedad, sino atender a una persona que tiene una enfermedad».

Aquella unidad del corazón del Clínico que hacía dos cateterismos por semana hoy hace tres mil al año y casi medio centenar de intervenciones de cirugía mayor. La unidad es hoy espacio de investigación –es la única cardiaca del país en la red CIBER–, además de una referencia en innovación en cirugía y en gestión clínica. La escuela de pacientes, no es una rareza sino una herramienta que De Teresa ha potenciado como una forma de eficiencia en la gestión. «Cuando el enfermo conoce los detalles de lo que se le va a hacer, es tiempo que ganamos, calidad en el servicio».

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