Erasmus malagueños pioneros en Europa

Seis universitarios se lanzaron a la aventura de las becas erasmus, hace 30 años, una experiencia que aún recuerdan y que recomiendan

Salomé Castellanos, con falda, en la universidad de Pontypridd con otros estudiantes erasmus
Salomé Castellanos, con falda, en la universidad de Pontypridd con otros estudiantes erasmus
Francisco Gutiérrez
FRANCISCO GUTIÉRREZ

Un cartel colocado en un pasillo de la Facultad de Económicas llamó su atención. Anunciaba la posibilidad de ir a estudiar a universidades del Reino Unido con una beca. Algunos, los más atrevidos, se interesaron por aquel anuncio y empezaron a preguntar a funcionarios, más despistados que ellos mismos. Rocío Claros, Salomé Castellanos, Rafael García, Mercedes Varona, Pedro Vigil y Francisco Jiménez fueron los pioneros del programa Erasmus en la Universidad de Málaga. De esto hace ahora 30 años, y en todos ellos queda aún el buen recuerdo de aquella experiencia fuera de Málaga y de España. También la incomprensión de algunos profesores, que les obligaron a examinarse de nuevo, o a hacer trabajos para aprobarles su asignatura. Fueron los primeros, con los inconvenientes, y ventajas, que supuso ser los pioneros en uno de los programas hoy día más valorados de la Unión Europea.

«Era un cartel pequeñito, tamaño A4, colocado en uno de los pasillos de la facultad», recuerda Salomé Castellanos. Pero «no había ninguna información, ni infraestructura. Nos dieron unos teléfonos y nosotros mismos tuvimos que hacer todas las gestiones, llamar al extranjero, a las universidades, a las residencias», explica. Y, a la vuelta, gestionar la convalidación de las asignaturas que habían cursado. La selección consistió en un examen de nivel de inglés y, «en función de los resultados, pudimos elegir plaza», señala Mercedes Varona, que pasó un curso completo estudiando Márketing Internacional.

Solo en estos últimos diez años, la Universidad de Málaga ha enviado a estudiar a otros países europeos a más de 5.300 jóvenes. Y desde que hay datos estadísticos, en concreto desde el curso 2005/06 –antes de esa fecha los datos no están informatizados–, la cifra de alumnos que han salido es de 5.738. Pero son más los estudiantes que han llegado a la UMA con la beca Erasmus: 8.792 en este mismo periodo. En los 30 años de vigencia del programa Erasmus, han sido casi 9 millones de estudiantes los que han participado en este intercambio entre universidades, casi un millón españoles.

En la fiesta de fin de curso de 1989 de Thames Polytechnic. Arriba, Pedro Vigil-Escalera, Yiola y Salomé Castellanos. Abajo, Rocío Claros (izqda.) Christopher Hayes (un amigo inglés) y Mercedes Varon

Ser pioneros «tuvo su atractivo», confiesa Rafael García Jiménez. «Te hacía sentir que estabas abriendo camino y viviendo una aventura», pero al mismo tiempo hubo problemas, sobre todo por la falta de experiencia de la Universidad: «la organización tuvo sus lagunas, creándose una confusión tanto con la duración de la beca como con la dotación de la misma. La primera fue en nuestro favor –dice Rafael–, pues nos anunciaron que la beca se ampliaba a dos semestres con lo que pudimos hacer un curso completo en Inglaterra… pero a la hora de abonarnos las becas, que se realizaba al final del curso, nos dijeron que se había recibido dinero solo para 5 becas y solo para un semestre. Si la beca, como ahora, era bastante escasa, reducirla a menos de la mitad, no fue una noticia agradable, pero mereció la pena y fue una estupenda inversión».

Hoy día es habitual que los jóvenes viajen solos, pero hace 30 años la situación era muy distinta. Tanto que una madre acompañó a las chicas en el vuelo a Londres, explica Rocío Claros, otra de las ‘pioneras’, que reconoce que «no sabíamos a lo que íbamos». «Teníamos esa inquietud, ese interés, y lo conseguimos», recuerda ahora Salomé, directora financiera en Espectáculos Mundo.

Rocío, Salomé y Rafael estaban ya en cuarto de Económicas cuando decidieron solicitar la beca. Rocío se fue al London International Marketing, Salomé al Politécnico de Gales y a Rafael y a otro compañero, Francisco Jiménez Belmonte, los destinaron a la Universidad de Hatfield, en la periferia de Londres.

Rocío Claros, a la izquierda, y Francisco Jiménez, también con jersey rosa, en Hatfield

Aunque en principio la beca era para estudiar un semestre, finalmente hicieron todo el curso en aquellas universidades inglesas. A Rocío Claros incluso le ofrecieron la posibilidad de quedarse en aquella universidad para poder terminar sus estudios, «por mis buenas notas», una oportunidad que ella aprovechó, teniendo en cuenta que allí un curso podría costar unos 12.000 euros al cambio actual. Recuerda aquella etapa como «muy dura», ya que viajaba en barco a Francia y por tren hasta Málaga, «en el interrail, con un bono de un mes». Los compañeros malagueños le dejaban los apuntes y venía a examinarse, ya que solo le convalidaron dos o tres asignaturas. Este mismo problema lo sufrieron el resto de compañeros. «Unos profesores aceptaban la convalidación, muchos no, otros ponían muchas pegas y te mandaban trabajos», recuerda Salomé. «A la vuelta, mientras algunos profesores entusiastas de la idea del intercambio nos convalidaron las notas sin ningún problema, otros nos pusieron muchas pegas, y alguno ni siquiera accedió», señala Rafael García Jiménez. La madre y la hermana de Mercedes «tuvieron que ir departamento a departamento gestionando la convalidación de asignaturas».

Para Rafael García, la experiencia «fue muy positiva incluso desde el punto de vista estrictamente formativo: me ofreció un sólido conocimiento del inglés que en aquella época tenían muy pocos compañeros y me abrió la mente a buscar trabajo y experiencias profesionales en el extranjero, en una época en la que el irse a trabajar fuera de Málaga, incluso a Sevilla, era algo a lo que pocos estaban dispuestos, ¡y llevo casi 25 años fuera de España!», comenta este analista de mercados desde la oficina comercial de la embajada española en Rumanía.

Salomé Castellanos indica que fue una experiencia «muy positiva, muy divertida y enriquecedora, nos abrió mucho la mente hacia otras culturas y otras formas de hacer las cosas, te hace más dinámico y abierto». Para Rocío Claros, que es la tesorera del Ayuntamiento de Alhaurín de la Torre, aquella experiencia le sirvió para valorar el «respeto a la diversidad y saber que siempre se puede aprender algo de los demás».

Algunas cifras

1987
año en el que comienza el programa de intercambio, que ofrecía a estudiantes universitarios la posibilidad de aprender y enriquecerse en alguno de los once países que comenzaron con esta cooperación
2014
supone una evolución del programa, que pasa a denominarse Erasmus+, ya que engloba a estudiantes de Secundaria y Bachillerato, FP, prácticas o voluntariado e incluso países de fuera de Europa
9
millones de jóvenes se han beneficiado de este programa, casi un millón en España. Hace 30 años fueron 95 los que salieron de su país

Mercedes Varona apunta que «fue como abrir una ventana al mundo, salir de Málaga y encontrarte con la diversidad, ver que hay muchas formas diferentes de vivir, de comer, de vestirse, de estudiar, de trabajar, etc.». En su caso llegó a tener un novio inglés, «un par de años, que vino después a Málaga aprender español». Desde hace unos 20 años trabaja como controladora aérea en Barcelona.

Todos ellos destacan que, ya hace 30 años, el sistema de enseñanza en Inglaterra era muy distinto al español. «Lo primero que nos dijo un profesor fue que saliéramos a la calle y montáramos nuestro propio negocio. Y mi reacción fue preguntar: ¿Qué pasa con los apuntes?», señala Rocío Claros, para quien los profesores valoraban mucho la iniciativa del alumno y eran «muy cercanos». Salomé Castellanos dice que «me costó trabajo», aunque «no fue nada traumático: la forma de explicar era muy práctica, había que ir a la biblioteca, presentar proyectos, trabajar en grupos, algo muy distinto a lo que estábamos acostumbrados».

De las clases magistrales con cientos de estudiantes a las que estaba acostumbrado en Málaga, pasaron a grupos reducidos «con mucha investigación previa y discusión con los profesores. Mucho más pragmático y menos teórico y mucho más equipado tecnológicamente», explica Rafael, que pone un ejemplo muy ilustrativo: «Econometría era aquí una de las asignaturas más difíciles, porque teníamos que hacer complejos y largos cálculos matemáticos, contando solo con la ayuda de una calculadora. Pero allí estos cálculos los hacía un programa de ordenador por nosotros y nuestro cometido era interpretar los resultados».

«Un profesor nos dijo ‘salid a la calle a montar un negocio’, y yo pregunté: ¿qué pasa con los apuntes?»

Algo que también les llamó la atención fue la poca masificación de las aulas. «Íbamos de grupos con más de cien alumnos, y allí no llegábamos a 40», señala Rocío. «En el Reino Unido ir a la universidad era algo totalmente excepcional», apunta Rafael. La mayoría de los estudiantes «no tenían apoyo financiero de sus familias, de las que se habían independizado antes de comenzar a estudiar y más que becas el gobierno daba préstamos, que tenían que devolver. La actitud de los estudiantes era totalmente diferente pues se jugaban mucho más y una parte significativa había tenido ya alguna experiencia profesional».

Mercedes Varona asegura que fue una experiencia que le ha servido posteriormente. «A nivel de trabajo aprendimos a estudiar de forma más empírica, a hacer trabajos en equipo y presentaciones en público, a hacer búsquedas de información y bibliografía... y a nivel personal me ha abierto la mente y las perspectivas».

Todos hicieron muy buenos amigos, de distintos países del mundo, con los que incluso después de 30 años mantienen contacto. Sin ir más lejos, Rocío se ha visto este verano con dos inglesas «que mantenemos aún la amistad que hicimos allí» y Mercedes mantiene amistad con italianas y alemanes. Salomé recuerda que «engordé un montón, 10 o 12 kilos, porque la comida era espantosa, todo patatas fritas y bacon». Rocío se refiere al «choque cultural» que le supuso encontrar a jóvenes de distintas nacionalidades y la responsabilidad de representar a España en la residencia y en la universidad.

Desde su experiencia personal como ‘pioneros’ en este programa de apertura y conocimiento de una Europa sin fronteras, son unos entusiastas defensores de las becas Erasmus. «Es una experiencia vital muy interesante», señala Salomé. Rocío lo recomienda no solo para aprender idiomas, sino «como reto personal, te da una seguridad en ti mismo y para demostrar que los españoles tenemos mucho que aportar a Europa». Para Rafael García, es una experiencia que sirve para «abrir mentes, perder provincialismo y tomar conciencia de que en Europa hay más aspectos que nos unen que los que nos separan y que las diferencias nos enriquecen». Precisamente, los objetivos que se fijó la Unión Europea al poner en marcha estas becas.

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