Una malagueña, primera mujer en el departamento de ciberseguridad del Berkeley Lab

Soledad Antelada, especialista en ciberseguridad. :/SUR
Soledad Antelada, especialista en ciberseguridad. : / SUR

En 2010 Soledad Antelada se plantó en San Francisco con una maleta y una intuición; hoy protege los secretos de uno de los centros científicos más prestigiosos del mundo

Nuria Triguero
NURIA TRIGUERO

Soledad Antelada tiene un cerebro privilegiado; eso es obvio tratándose de alguien que trabaja en uno de los centros de investigación científica más prestigiosos del mundo: el Berkeley Lab, cuna de 13 premios Nobel y uno de los lugares donde se construyeron los cimientos de Internet. Lo llamativo en alguien de su nivel intelectual es que ella no desdeña el poder de lo irracional. La intuición, asegura, desempeña un papel fundamental en su trabajo y en su vida. De hecho, las tres decisiones que la han llevado a donde está –estudiar Informática, especializarse en ciberseguridad y mudarse a San Francisco– las tomó más por olfato que de forma meditada.

Esta ingeniera nacida en Argentina y criada en Málaga –concretamente en Marbella, adonde se mudó a los 4 años con sus padres– fue nombrada en 2017 por CNET una de los veinte profesionales latinos más influyentes en el sector de la tecnología en EEUU. Es la primera y única mujer –y también la primera persona de origen hispano– en el departamento de ciberseguridad del Berkeley Lab, donde su trabajo consiste en proteger de intrusiones informáticas los secretos de este laboratorio. Su área, por cierto, es una de las pocas que ha escapado al recorte presupuestario que ha infligido Trump a la ciencia.

Antelada decidió estudiar Ingeniería Informática sin tener ordenador en casa. «Me gustaban la ciencia y las matemáticas pero no tenía ni idea de computadores. Intuí que aquello era el futuro y me tiré a la piscina», resume. Estudió en la Universidad de Málaga. En su clase eran tres o cuatro chicas. «Con esa edad no eres muy consciente, pero después me di cuenta de muchas situaciones en las que nosotras estábamos en desventaja», reflexiona. De hecho, durante la carrera estaba «desmotivada: ningún profesor veía mi potencial». Pero eso cambió cuando empezó a hacer prácticas en una empresa: «Ahí me di cuenta de que era buena en esto».

Antelada comenzó ya antes de graduarse una prometedora carrera como programadora. Pero tenía una espinita clavada desde 1999, cuando fue de vacaciones a San Francisco. «Me prometí a mí misma que algún día vendría a trabajar aquí, a la meca de la tecnología», recuerda. Once años después cumplió esa promesa: dejó su trabajo y compró un billete de ida para San Francisco. «Fui una kamikaze. Invertí todos mis ahorros en la matrícula de un máster de dos años en ciberseguridad. Era un campo que desconocía por completo, pero me atraía: eso de aprender a ser ‘hacker’ me parecía fascinante», explica.

Antelada, en uno de los encuentros de Girls Can Hack. / SUR

Antelada comprobó una vez más que su intuición no le fallaba: se apasionó por la ciberseguridad. Y destacó tanto en el máster que un profesor la recomendó para un ‘internship’ (una beca) en el Berkeley Lab, justo cuando se le estaba acabando el dinero y se planteaba volver a España. Superó una entrevista de dos horas y media en un idioma que aún no dominaba. «Creo que la ‘clavé’ porque no creía que tuviera la más mínima oportunidad... ¡aquello está lleno de premios Nobel!», recuerda. «Cuando me estaba montando en el ascensor para irme del edificio, se me acercó la persona que me había hecho la entrevista y me dijo que el puesto era mío... Llamé a mi madre y le dije: ‘Creo que me han dicho que me han cogido, pero no estoy segura de haberlo entendido bien’. Menos mal que cuando llegué a casa tenía un e-mail que me lo confirmó», confiesa riéndose.

‘Hacking’ por la ciencia

Soledad lleva siete años en el Berkeley Lab como ingeniera del departamento de ciberseguridad. Es especialista en ‘penetration testing’, que consiste en emular a los ‘hackers’ malos e intentar penetrar en sistemas para comprobar si son seguros. «Nuestra misión es proteger el laboratorio, que desarrolla investigaciones en asuntos muy sensibles. Imagina que cayeran en manos de ‘hackers’ rusos o chinos», resume. Le tientan a menudo desde empresas privadas donde podría multiplicar su sueldo, pero prefiere quedarse donde está. «Me gusta pensar que estoy ayudando a la ciencia a avanzar», dice.

Antelada cree que tiene aún «mucho que avanzar» en el Berkeley Lab. No es que no eche de menos Málaga. Viene una vez al año para visitar a sus amigos y a sus padres, que ahora viven a caballo entre Marbella y Argentina. Lo primero que hace al aterrizar es tomarse un café con leche y un ‘pitufo catalana’. «Es una tontería, pero se me saltan las lágrimas de pensarlo. Es algo que sólo entendemos los emigrantes», confiesa. ¿Piensa en volver? «Ni sí, ni no. No puedo decir dónde estaré dentro de cinco años». Lo que sí intuye es lo que estará haciendo: «Puede que para entonces esté metida en la ‘quantum computer’». La computación cuántica es un nuevo paradigma de computación que está en fase experimental: lo están investigando desde el Berkeley Lab hasta Google o IBM. Y la ingeniera está convencida de que va a «revolucionar» el mundo de la informática.

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