Vigo sigue respirando hollín mientras contiene el aliento

Galicia vive otra jornada de lucha contra el fuego./Efe
Galicia vive otra jornada de lucha contra el fuego. / Efe

Los vecinos de Coruxo, donde las llamas avanzaron con más virulencia hacia la ciudad, siguen sin dormir mientras ven apagarse los rescoldos

MELCHOR SÁIZ-PARDOVIGO

Todo huele hollín. A madera calcinada. Las llamas ya no amenazan el casco urbano de Vigo, pero los frentes que hace solo doce horas amagaron con entrar en la ciudad no están extinguidos. Las nubes este lunes lo cubren todo y se confunden con el humo que brota por doquier. “Pero es humo blanco, es bueno”, se felicitan en Coruxo, la barriada del oeste de la ciudad que ayer estuvo a punto de ser pasto del fuego y que hoy, sin dormir nada en toda la noche, sigue mirando a los rescoldos humeantes, conteniendo el aliento para que la situación climatológica siga siendo favorable para contener el fuego.

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Llueve, muy poco, pero se nota la humedad. La temperatura apenas llega a los 17 grados y sobre todo ha parado el viento del huracán Ophelia. Juan O. toma una cerveza en la terraza del bar Chaparral de Coruxo. A solo cien metros en línea recta humean los pinos y se ven pequeñas hogueras, que sobrevuela un helicóptero… de la policía, no de los bomberos. “Aquí de bomberos, poco. No sé si no llegaban a todo o qué. Si logramos salvar las casas fue por los vecinos y las mangueras. Jamás en mis 45 años de vida he visto una cosa así. Tantos frentes, tantos fuegos. Son unos criminales”, afirma el operario. Dentro del bar, un nutrido de trabajadores de los polígonos de la zona apura sus ‘menús del día’ con la vista puesta en la televisión. Rajoy se explica en director y ellos escuchan con la mirada perdida. “Ahora sí, ahora vienen. Pero nadie se preocupa para prevenir esto”, lamenta uno de los comensales, indignado por la “mierda” que dejan que se acumule en los descampados cercanos.

Esa “mierda”, una escombrera llena de matojos secos, es la antigua fábrica de Loza Álvarez, hoy abandonada. “Ayer ardieron todos esos matojos. El fuego se quedó a tres metros de mi casa”. Carmen, a las puertas de su vivienda del número 2 de la Calle Longrán no exagera. Una capa negra tizna el muro frente a su casa. “Fuimos nosotros lo que los controlamos aquí el fuego con las mangueras y todos los vecinos juntos. Mi hija, mi yerno… todos”. Carmen respira algo más aliviada ahora pero no puede olvidar que desde las siete de la tarde hasta la medianoche del domingo estuvo a punto de perderlo todo. Pero sigue sin estar tranquila. Y no solo porque desde la puerta de su casa todavía se ve humear el momento a apenas 50 metros. “Puede volver a pasar en cualquier momento. Nadie previene, nadie limpia y encima están estos hijos de su mala madre que aprovechan la peor situación para pegarle fuego al monte”, denuncia.

Carmen, como todos en Vigo y como todos en Coruxo, no tiene la más mínima duda de que ‘su’ fuego, uno de los cinco o seis que acosaron hasta la madrugada la periferia de la ciudad fue provocado, aprovechando los fortísimos vientos. A Carmen se le escapan las lágrimas. Dice que no llora, pero sí. Se acuerda de las dos vecinas de Nigrán, “a apenas diez kilómetros de aquí” que no tuvieron tanta “suerte” como ella y su casa.

En el interior de la vieja fábrica de loza ‘Álvarez’ dos vagabundos rebuscan entre los restos calcinados de un vehículo y una lavadora. “Ayer lo perdimos todo. No es que tuviéramos mucho, pero se nos fue a tomar por culo”, resume de forma gráfica Adrian. Su pertenencias más preciadas, un “colchón casi nuevo” y una radio “a pilas” fueron pasto de las llamas. “Esto son pirómanos e intereses económicos… sino cómo te explicas esto”, asegura Adrián mientras sigue revolviendo entre los rescoldos mientras señala hacia la ría. Allí, a menos de cuatro o cinco kilómetros de distancias, se divisan al menos otros cuatro focos diferentes, aparentemente desconectados entre sí. Allí también el humo, hoy por fin, es blanco… al menos por ahora.

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