La vida misma

Hasta el C*

El machismo, queridos, no es solo una cosa del ‘sistema’. Ni solo de los hombres, los compañeros, los jefes. Está en el aire

Carolina Cancanilla
Lalia González
LALIA GONZÁLEZ

El auténtico ecosistema del machismo, como la gota de agua pútrida que en el microscopio muestra gérmenes, bacterias y otros malos bichos, es el espacio doméstico. Ahí es donde menos se ha avanzado en la igualdad, por mucho que vengan nuevas generaciones con otros aires. Son cuestiones menores, dirán, privadas, frente a las brechas públicas, como la diferencia salarial, las dificultades de acceso laboral, el menosprecio o las tiranías estéticas. Pero sin la igualdad no conquista el espacio de la casa, nada se habrá conseguido. Lo doméstico, decía la filósofa Victoria Sendón, es placentero siempre que se le quite ‘el aguijón de la sumisión”’.

No es solo una cuestión de conciliación, como si la vida laboral y la personal fueran distintas, sino de un equitativo reparto de tareas. Y de eso, ay, no tenemos. Como mucho, ellos piensan en ‘ayudar’. Es decir, que es cosa tuya y yo, que soy estupendo, un espíritu puro que ni ensucia ni come, te echo una mano.

Ese cuerpo a cuerpo doméstico es una batalla terrible, agotadora. Por ejemplo, por parafrasear a Martirio, quién habrá inventado el maldito agosto. Llegamos a las vacaciones deseando descansar y nos encontramos con que todos lo hacen, menos nosotras, que debemos seguir el ritmo desayuno-comida-cena-casa-lavadora etc etc, mientras los demás disfrutan.

Borrense por un día, y verán: los rollos de papel higiénico vacíos se acumulan en el baño, y no miren las marcas alrededor de la taza. En el salón todos esperan acomodados que les planten por delante lo que toque. La pregunta mañanera, «qué vamos a comer hoy», tiene un único destinatario.

Pero si hay un test infalible del morro familiar, ese es el lavaplatos. Si está vacío, los platos se quedan fuera. «¿Es que te da miedo abrirlo? Te juro que no muerde». «Espérate y verás que entran solos- me dijo con sorna un hijo- Yo los dejo ahí todas las noches y por la mañana han desaparecido». Si está lleno, todos harán como que no lo han mirado para evitar la plasta de tener que llevar cada cosa a su sitio.

El machismo, queridos, no es solo una cosa del ‘sistema’. Ni solo de los hombres, los compañeros, los jefes. Está en el aire. Como el amor, pero al revés. Pienso incluso en mi misma, en el día que descubrí que la ropa no volvía a mi armario por arte de magia cuando la echaba a lavar. Todo lo que me arrepienta es poco.

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