Trabajos de vértigo

Agustín Ortiz es el responsable de mantenimiento de Torre de Cristal, el rascacielos más alto de España, un curro que da otra perspectiva de la vida

Trabajadores realizan labores de mantenimiento en una plataforma sobre el Cañón de Colorado, en Utah (EE UU). /
Trabajadores realizan labores de mantenimiento en una plataforma sobre el Cañón de Colorado, en Utah (EE UU).
ISABEL IBÁÑEZ

Deckard (Harrison Ford) cuelga de una viga mientras sus dedos resbalan por culpa de la lluvia. El replicante Roy (Rutger Hauer) le pregunta: «¿Es toda una experiencia vivir con miedo, verdad? Eso es lo que significa ser esclavo». La cámara hace un picado atroz hacia los coches que circulan abajo, minúsculos, ajenos a lo que sucede en aquella azotea de la oscura urbe de ‘Blade Runner’. Más tarde, preciosa metáfora, el objetivo cambia y un contrapicado sigue a una paloma volando hacia un pedacito de azul, entre el humo de las chimeneas.

Las alturas siempre han atraído al ser humano. Escalar montañas, volar, construir edificios aún más altos... Los hay que hacen de ello su ‘hobby’ y otros, su vida entera, su trabajo. Agustín Ortiz es de los segundos. Es el responsable de mantenimiento de fachadas singulares de la empresa CoxGomyl, que se encarga de tres de los cuatro famosos rascacielos de Madrid, en plena Castellana; entre ellos el más alto de España, Torre de Cristal, diseñada por César Pelli (250 metros, 52 plantas). Ortiz lleva 20 de sus 44 años en esto y, al contrario que la mayoría en trabajos verticales, no era alpinista:«Estaba en la construcción, en seguridad, instalando redes para personas y objetos, pero aquí me ofrecían el triple de mi salario y cambié».

Dice que hay escaladores que al encaramarse a un edificio de estas dimensiones se echan para atrás «por la verticalidad, el penduleo y porque en la montaña te ocupas de ti mismo, mientras que aquí debes controlar que por debajo hay personas trabajando y paseando, y cualquier pequeña cosa que se caiga desde 200 metros puede matar a alguien. Tienes que tener la cabeza amueblada y el móvil apagado».

Agustín Ortiz, en el Hotel Vela de Barcelona, sin casco para la foto.
Agustín Ortiz, en el Hotel Vela de Barcelona, sin casco para la foto. / A. O.

Sus primeras veces fueron «jodidas». En 2006 se produjo un incendio en el edificio Torrespacio, uno de esos cuatro colosos de la Castellana, en las platas 42 y 43, a una altura de 140 metros, cuando los bomberos solo estaban preparados para llegar a 70. Decidieron utilizar el sistema de bombeo del hormigón con el que estaban construyendo para hacer llegar el agua hasta allí, pero antes de que esta saliera vertieron los kilos y kilos de cemento que estaban dentro sobre los cristales del edificio. Y alguien debía cambiarlos. «Se me encomendó recuperar 25 toneladas de vidrios con 700 personas trabajando por debajo... Tardamos un año, con el viento que se genera a esa altura... Fue muy estresante». Dice que cada día, antes de empezar, se acuerda de sus dos hijos.

Un operario permanece suspendido en un edificio en Baréin. Reparación del puente Severn, entre Monmouthshire (Gales) y South Gloucestershire (Inglaterra). Trabajador de una plataforma petrolífera. / R. C.

También hay buenos momentos... Cuando llueve a ras de suelo y él está allá arriba, en camiseta, a pleno sol... En el día de las Fuerzas Armadas, los cazas pasan volando por debajo. Y el piloto del helicóptero de la Policía Nacional les saluda con la mano. «Sientes mucha libertad, ves cómo vive la ciudad y disfrutas del silencio». Una vez se les echó encima un buitre. Y rescataron a un halcón atrapado en los jardines de altura de la Torre de Cristal. Hay pájaros que mueren por impacto engañados por las nubes reflejadas en el acristalado...

Ortiz bien podría haber protagonizado la escena más famosa de ‘El día de la bestia’, colgando del cartel luminoso en Callao, aunque donde sí sale es en otra de Álex de la Iglesia, ‘La chispa de la vida’ (2011), donde se le ve en una góndola de limpieza de edificios echando agua a la cara de José Mota. En YouTube sale coronando rascacielos con la letra A de la Torre Cepsa o la W de 15 metros del Hotel Vela en Barcelona, «que no hacía más que dar vueltas por el viento. Necesitamos seis alpinistas y una grúa».

Fue allí donde más cerca estuvo de no contarlo: «Me encontraba sellando el techo acristalado de la discoteca, en el último piso, el 26, a 100 metros, por donde ves la noche estrellada, cuando cometí el error de escalar agarrándome a la cuerda. En ese momento me resbalé y caí a plomo por el talud hasta que la cuerda me frenó, a punto estuve de ir a parar a la suite nupcial, y me quedé suspendido, dándome golpes. Quedé bastante maltrecho». Tenías razón, Roy, es toda una experiencia vivir con miedo.

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