¿Sirve para algo hacer un máster?

¿Sirve para algo hacer un máster?

El plan Bolonia impulsó los estudios de posgrado y la crisis llenó las aulas. Hay todo tipo de títulos donde elegir. Incluso algunos no valen para nada

JAVIER GUILLENEA

Los hay para todos los gustos y al alcance de cualquier bolsillo siempre que no esté vacío. Están los habilitantes, los presenciales, semipresenciales o no presenciales, los públicos, privados, oficiales o no oficiales, los que cuestan un dineral, los dudosos de nombre más largo que la lista de asignaturas o los que solo sirven para engordar currículos. Y también están los de tipo Guadiana, que aparecen florecientes a la hora de adornar una impecable trayectoria intelectual y desaparecen cuando se los busca, como es el caso del máster de Cristina Cifuentes, que puso uno en su vida y lo perdió para siempre.

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Tanto esfuerzo para esto, se estará preguntando la presidenta de la Comunidad de Madrid, que es lo mismo, aunque por otros motivos, que se preguntan los miles de graduados que emprenden cada año el camino de cursar uno de los más de 3.000 másteres de todo tipo que oferta el sistema educativo español. Tener uno de estos títulos parece un requisito indispensable para obtener un empleo y en ocasiones es así, aunque no siempre. Quien más, quien menos, cuenta con un máster que esgrimir a la hora de pedir trabajo y los empleadores ya no se dejan impresionar por una línea más en el currículo. Ahora exigen algo más que unos supuestos conocimientos.

Entonces, ¿para qué sirve un máster? Depende de un cúmulo de factores que empezaron a tomar forma en 2007, con la incorporación de España al Espacio Europeo de Educación Superior, el también llamado plan Bolonia. Tres años después, todas las universidades españolas se habían adaptado a un nuevo sistema de enseñanza superior dividido en tres niveles: el grado, con una duración de cuatro años; un máster de especialización de uno o dos años y el doctorado.

La titulación

El legado de Bolonia
Tras la incorporación de España al espacio Europeo de Educación Superior, más conocido como el plan Bolonia, las universidades de nuestro país contaron con un plazo de tres años para adaptarse a los nuevos estudios, que quedaron divididos en grados de cuatro años, máster y doctorado. La crisis económica provocó un fuerte aumento en las matriculaciones a unos títulos que en muchas ocasiones se crearon sin tener en cuenta la continuidad con los grados o el mercado laboral.
88,7%
es la tasa de rendimiento (porcentaje de réditos aprobados respecto a los matriculados) de los alumnos que hicieron un máster el curso 2014-15.Esta tasa es superior a la de los alumnos de grado (77,5%).
Por estudios
Por ramas de enseñanza, algo más de cuatro de cada diez másteres correspondieron en el curso 2015-16 a ciencias sociales y jurídicas, el 22% a ingeniería y arquitectura, el 15% a ciencias de la salud, el 12,4% a artes y humanidades y el 10,4% a la rama de ciencias. Atendiendo a las universidades presenciales, casi el 60% de las titulaciones de máster oficial se ofrecieron en tan solo tres regiones: Madrid, Cataluña y Andalucía. En las universidades no presenciales se impartieron ese mismo curso el 5,8% del total de másteres oficiales ofrecidos en el sistema universitario.
3.773
son los másteres que se impartieron en el sistema español de enseñanza superior sobre un total de 8.388 titulaciones oficiales universitarias. Esta cifra reflejó un ligero descenso de diez másteres con respecto al curso anterior, lo que rompió la tendencia al alza que se había experimentado desde la puesta en marcha del plan Bolonia. El retroceso se produjo íntegramente en las universidades públicas, ya que en las privadas el crecimiento fue del 4,9%.Ocho de cada diez titulaciones se ofrecieron en centros públicos.
Ranking
Algunos másteres españoles se encuentran entre los mejores de Europa. Destacan entre ellos el de Derecho Internacional de los Negocios de Esade Law School y el de Maestría en Dirección de Marketing del mismo centro. Ambos ocupan la primera plaza en su área de estudio.
Habilitantes
Es obligatorio cursar un máster oficial para poder realizar posteriormente el doctorado o para trabajar en una profesión regulada, como, entre otras, abogado, psicólogo, profesor de Secundaria, Bachillerato o Formación Profesional, arquitecto o ingeniero.
Precios públicos
En el caso de los másteres habilitantes para el ejercicio de actividades profesionales, el precio del crédito en primera matrícula para el título oficial en las universidades españolas oscilaba el curso pasado entre una máximo de 41,2 euros por crédito en Cataluña y 35,3 en Madrid a un mínimo de 13,7 euros en Andalucía y 15,8 en Castilla-La Mancha. Para los másteres no habilitantes las tasas fueron desde los 15,8 euros de Castilla-La Mancha o los 26,5 de Galicia hasta los 52,7 de Madrid y el máximo de 65,9 euros por crédito de Cataluña, la comunidad con los posgrados más caros.
239%
es el aumento del número de estudiantes de máster que se ha registrado desde el curso 2009-10 hasta el 2015-16, según los datos de la Conferencia de Rectores de las Universidades Españolas (CRUE). De media, los centros públicos registran en su oferta un 18% más de másteres que de títulos de grado, mientras que en el caso de las universidades privadas este porcentaje aumenta hasta el 67%. La CRUE ha advertido sobre «las bajas cifras de matrícula que vienen contabilizando un número considerable de estos títulos».

Comenzaron a surgir másteres oficiales por todas partes y con una gran rapidez. «En su momento se hizo muy mal, las universidades pusieron en marcha los másteres antes de diseñar la oferta de grados y ahora nos encontramos con que hay muchos títulos poco meditados y poco valiosos», afirma Joaquín Aldás, catedrático de la Universidad de Valencia y científico del Instituto Valenciano de Investigaciones Económicas (IVIE).

Según datos del Ministerio de Educación, durante el curso 2016-17 se impartieron en España 3.773 másteres (3.105 en centros públicos y el resto en privados). Parte de la oferta corresponde a títulos indispensables para hacer el doctorado o los llamados habilitantes, necesarios para ejercer profesiones como la abogacía y la ingeniería o impartir clases en Secundaria. «Estos son obligatorios pero no te garantizan que vayas a encontrar trabajo y se han convertido en un gran negocio para las universidades», asegura Jenaro Guisasola, profesor de Física de la Universidad del País Vasco (UPV/EHU) y un referente internacional en didáctica de las ciencias.

Opciones de relleno

Un segundo tipo de másteres son los que no se necesitan para ejercer un empleo.«Ahí entramos en la cuestión del relleno del currículo», explica Guisasola. Con la última crisis económica las aulas de posgrado se llenaron de jóvenes universitarios que al terminar su carrera no encontraron trabajo y prorrogaron sus estudios a la espera de mejores tiempos y en busca de una formación más especializada. Para muchos de ellos el máster era la llave que les abriría las puertas al mercado laboral, pero no siempre sucedía así.

Para Martí Parellada, coordinador general del último informe de la Fundación Conocimiento y Desarrollo sobre la enseñanza superior española, con la puesta en marcha del plan Bolonia las universidades comenzaron a ofertar másteres con la idea errónea de que «un centro parece mejor si tiene mucha oferta de títulos, lo que no siempre es cierto». Impulsadas por esta urgencia, las autoridades académicas comenzaron a diseñar estudios de posgrado «pensados para los profesores y no para los alumnos».Si a un catedrático se le ocurría la idea de crear un máster, el curso se ponía en marcha porque estas cosas siempre dan prestigio pero sin tener en cuenta su verdadera finalidad. «Se generaron desde el sector académico sin pensar en la demanda ni en la salida profesional de los alumnos. Hay másteres –añade Parellada– que se han programado con una inserción laboral limitada».

«Muchas veces uno hace un máster pensando que se va a colocar y eso no es verdad», dice Jenaro Guisasola.A juicio de Manuel Tello, catedrático emérito de Física de la Materia Condensada de la UPV/EHU, «existe el convencimiento social de que si no tienes un máster en el currículo parece que estás desnudo, pero eso no es cierto. Hay muchos másteres que no valen para nada, que son una especie de engaño».

«Muchos se camuflan de másteres sin serlo»

Rafael Rodríguez-Alberola, director del Círculo Formación, advierte de que «hay muchos cursos que se camuflan de másteres cuando no lo son». «Nosotros hemos dejado a muchas escuelas de negocios fuera de la feria de estudios de posgrado que organizamos porque no tienen la suficiente calidad», afirma.

Para ser considerado como tal, un máster debe tener más de 500 horas y sesenta créditos por curso. A la hora de elegir entre una u otra opción, Rodríguez-Alberola recomienda «mirar dónde se han colocado los antiguos alumnos» y fijarse en «la multiculturalidad de los estudiantes, porque cuanta más gente haya de otros países, mejor».

También conviene desconfiar de las facilidades, al menos si se quiere aprender algo. «Un máster de calidad es duro, hay que trabajar y estudiar».

«No entiendo cómo se ha montado todo ese lío con lo de Cristina Cifuentes», ironiza Manuel Tello, que presidió una comisión que se dedicó a analizar las titulaciones superiores en España. Una de las conclusiones a las que llegaron fue que los másteres servían «para prorrogar un año el currículo». Otra, que no es muy difícil obtener el título. En realidad, lo complicado es no lograrlo. «Muchos jóvenes que buscan un máster se matriculan en el más próximo y pasan allí un curso». Es para ellos una especie de año sabático, una 'mili' que deben cumplir y en la que el esfuerzo no se da por supuesto. «Un porcentaje elevado de estos másteres tienen pocos alumnos y los niveles de exigencia son cero. Nadie les exige las cosas que se les pedía en la licenciatura, no se valoran los conocimientos y los trabajos se corrigen con benevolencia. El nivel de exigencia es casi de aprobado general». Tras esta descripción, no es de extrañar que Manuel Tello llegue a una triste conclusión: «El nivel de un alumno que acaba un grado no se diferencia mucho del que sale de un máster».

Hay másteres que sirven para bien poco y todos, alumnos, profesores y empresas, lo saben, pero nadie dice nada. Es como el cuento del emperador desnudo. Los estudiantes pagan por matricularse, los docentes universitarios dan clases sin cobrar y los empleadores hacen como si ese añadido al final del historial académico fuera realmente interesante. Todos saben que no es cierto pero callan. «La universidad española tiene una asignatura pendiente, necesita un cambio radical aunque para eso hay que cambiar la legislación y ponerse de acuerdo en materia de educación, pero eso es hoy imposible», dice Manuel Tello.

Vera Sacristán, directora del Observatorio del Sistema Universitario, no dibuja un panorama tan oscuro. «Los másteres sí sirven, van en serio», afirma tajante. «Está demostrado que cada año que estudias obtienes un rédito laboral clarísimo y tienes más opciones de lograr trabajo. Las cifras dicen que las empresas sí se fijan y prefieren a gente con un máster». Otra cosa, matiza, es el tipo de estudios que se realizan y, sobre todo, quién los oferta.

«Las complicaciones empezaron cuando hace años se optó por eliminar el catálogo de títulos y se sustituyó por un registro en el que cualquier universidad podía registrar cualquier titulación. Esta desregulación dio lugar a títulos exóticos no solo en los másteres sino también en los grados». A partir de ahí la barra libre quedó abierta y lo bueno se mezcló con lo malo. «No es lo mismo un máster universitario oficial que otro sin el adjetivo universitario», señala Vera Sacristán. Como no son iguales los públicos y los privados o los oficiales y los no oficiales, lo que conduce a muchos estudiantes a llevar a cabo una labor detectivesca para encontrar el que más les conviene. «En los buenos, el profesorado y la metodología también lo son, pero en los otros funciona el corta y pega, sobre todo en el trabajo de fin de máster», dice Jenaro Guisasola.

«Ha habido 'overbooking'»

En el curso 2016-17 había en el sistema universitario español 171.043 alumnos matriculados en un máster oficial. Desde su implantación, el crecimiento de este tipo de estudios ha sido notable, pero este ascenso se ha detenido en las universidades públicas, que han pasado de registrar un incremento anual de la oferta de másteres del 10% a retroceder el curso pasado un 4,6%.

«Ha habido un cierto 'overbooking' pero parece que ahora están a la baja», explica Martí Parellada. Joaquín Aldás discrepa de estas palabras, aunque solo en parte. «Con la crisis económica se percibió un cierto aumento en la matriculación que luego se ha reducido, pero no hay un exceso de másteres», sostiene. Después de la ebullición de titulaciones surgidas con el plan Bolonia parece que las aguas se están encauzando y la oferta y la demanda imponen su ley. Solo queda distinguir lo bueno de lo malo, pero aún nadie ha creado un máster para ello.

«No es cierto que los más caros sean los mejores»

España es uno de los países más caros de la Unión Europea para estudiar un máster. El precio medio de un curso, de 60 créditos, es de 1.991 euros. A partir de ahí las cifras pueden descender hasta los 728 euros en Castilla-La Mancha o dispararse hasta las estratosféricas tarifas del más caro en nuestro país, el Global Executive MBA (Gemba) del Iese Business School. Sus tasas académicas se sitúan en los 92.000 euros, a los que hay que añadir los gastos de vuelo a Madrid,Barcelona, Nueva York, Silicon Valley y Shanghái. Se supone que los alumnos de este exclusivo máster salen bien preparados, pero de lo que no cabe duda es de que tienen todas las papeletas para conseguir un puesto de trabajo a la altura de sus posibilidades.

Tampoco hay dudas de que el dinero es un factor importante, aunque no es tan determinante como pueda parecer, al menos para la formación de los alumnos. Eso es lo que piensa la directora del Observatorio del Sistema Universitario, Vera Sacristán, quien asegura que «no es cierto que un máster más caro sea mejor». «Normalmente los muy caros no lo son por el coste inmenso de las clases o el material que utilizan sino por la ley de la oferta y la demanda».

Es una ley que garantiza a quien tenga el dinero suficiente una exclusividad que se convierte en la verdadera fortaleza de los másteres de alta graduación. «Lo que compras –explica Vera Sacristán– son relaciones sociales para construir la red de contactos que necesitarás en el futuro. Sabes que, al ser muy caros, los alumnos que estudiarán contigo son selectos. En realidad lo que estás comprando son compañeros de estudio».

El consuelo es que esta estrategia de selección no es privativa del sector privado. «Algunas universidades públicas también ponen precios muy caros en algunas de sus titulaciones para elegir a los alumnos», dice Sacristán.

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