El señor de los diamantes que empezó limpiando retretes

Sierra Leona ha vendido una enorme piedra preciosa por 5,5 millones para sufragar proyectos sociales. Su comprador es Laurence Graff, que empezó limpiando retretes y hoy es uno de los más ricos del mundo

Laurence Graffdomina toda la cadena de distribución de diamantes/
Laurence Graffdomina toda la cadena de distribución de diamantes
Antonio Paniagua
ANTONIO PANIAGUAMadrid

Los diamantes sumieron a Sierra Leona en una guerra civil que duró más de diez años (1991-2002). Por la codicia que despiertan han acarreado masacres, amputaciones de miembros humanos, reclutamiento de esclavos y la eclosión de guerrillas. Sin embargo, las autoridades de Freetown han aprendido la lección, o al menos eso dicen. Un diamante del tamaño de un huevo y 709 quilates ha sido vendido recientemente por 6,5 millones de dólares (5,5 millones de euros) para sufragar proyectos de desarrollo del país.

La piedra preciosa, uno de los pedruscos más grandes de la historia, ha sido bautizada con el nombre de ‘diamante de la paz’. Fue adquirida en una subasta por el británico Laurence Graff (Stepney, Londres, 1938), un potentado al que no le tiembla la mano si hay que sacar el talonario. No en balde, es uno de los hombres más ricos del mundo y encarna una de esas típicas leyendas de hombre hecho a sí mismo. Pasó de limpiar retretes a ser el propietario de Sadfico, todo un imperio de la minería. Como todo buen magnate sabe que todo tiene un precio. Por eso su lema es «el mejor diamante siempre se vende».

Le fiaron 33 diamantes y los engarzó en un único anillo. Se lo quitaron de las manos

El ‘diamante de la paz’ no es ni mucho menos el más caro que ha comprado Graff. En 2008, se adjudicó uno por 16,4 millones de dólares y dos años después ordenó que se volviera a pulir la pieza. Perdió peso pero ganó en perfección.

A sus 79 años, este hijo de judíos rumanos atesora toda una industria del lujo, Graff Diamonds, que, con 45 tiendas en todo el mundo, tiene su sede en el exclusivo barrio londinense de Mayfair. Se jacta de que por sus manos pasan los diamantes más colosales y bellos del planeta.

Sin apenas instrucción, Graff ha erigido un imperio de la nada. A los 14 años dejó la escuela y se convirtió en el aprendiz de Schindler, un joyero que se ganaba la vida reparando anillos. Como odiaba pulir letrinas, dedicación que le encomendó su maestro, sólo duró tres meses en el negocio.

El último diamante que acaba de comprar en Sierra Leona.
El último diamante que acaba de comprar en Sierra Leona.

No obstante, desde adolescente tuvo claro que mirar la vida a través del cristal refulgente de los diamantes era lo suyo. No le fue difícil encontrar otro empleo, dado que Hatton Garden, el barrio donde se afincaba el establecimiento de Schindler, estaba repleto de joyerías. En Segal&Co, donde le dieron trabajo, aprendió a soldar anillos.

Montó con un socio un taller de reparación de joyas. Aunque a los pocos años tuvo que cerrar, decidió asumir toda la deuda, que pagó en apenas seis meses gracias a un crédito de sus proveedores, y llevar la empresa en solitario. Enseguida dio muestras sobradas de olfato para los negocios. Un comerciante le fió 33 diamantes que engarzó en un único anillo. Se lo quitaron de las manos. Con sólo 24 años ya había inaugurado dos tiendas en Londres. Sin embargo, su ambición era demasiado grande para quedarse en un simple comerciante. Así que empezó a viajar a Singapur y a vender sus propios diseños. Los dólares no le cabían en el bolsillo.

Mente publicitaria

Además de audaz para los negocios, Graff se reveló un consumado y fino publicista. En 1970, ideó una eficacísima estrategia mediática: hizo que se publicara la foto de una modelo llevando un tocado con diamantes por valor de un millón de dólares. De inmediato toda la prensa quiso saber quién era el tal Laurence que se permitía semejante excentricidad.

En ese momento se produjo un cambio de tendencia y la fortuna empezó a sonreírle. La clave de su éxito radica en haberse sabido desprender de los intermediarios. Ávido de conquistar mercados y aguijoneado por la necesidad de asegurarse un flujo constante de diamantes, sobre todo de los ejemplares gigantescos, se convirtió en el accionista mayoritario de Sudáfrica Diamonds Corporation (Sadfico), uno de los mayores fabricantes y distribuidores del sector. Por añadidura, es accionista de Gem Diamonds, la mayor minería de piedras preciosas del mundo.

Entre sus clientes más afamados se encuentra el ya fallecido príncipe saudí Turki bin Abdulaziz que, en 1974, entró sin tarjeta de visita en uno de sus establecimientos y compró todo lo que había en la tienda. También Oprah Winfrey, Imelda Marcos, Elizabeth Taylor y David Beckham y su esposa Victoria han sido algunos de sus compradores. Hasta Donald Trump frecuenta sus tiendas. De hecho se agenció la esmeralda de 12 quilates que lucía el anillo de compromiso destinado a Melania.

Al contrario que la baronesa Thyssen, Graff no anda mal de ‘cash’. El todopoderoso rey del diamante tiene residencias en Ginebra, Londres, Nueva York y Cap Ferrat. A ese patrimonio se une un espléndido yate, un avión Global Express XRS; una bodega y viñedos en Stellenbosch (Sudáfrica), además de una fabulosa colección de arte moderno y contemporáneo.

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