¿Tiene solución la diabetes?

Es una de las mayores pandemias que amenazan, actualmente, el mundo occidental

JAVIER MORALLÓNProfesor de Biología y experto en Tecnología alimentaria y Nutrición

La diabetes es una enfermedad crónica cuyo principal síntoma es el exceso de glucosa en sangre. Bajo esta sencilla definición se esconde una de las mayores pandemias que amenazan, actualmente, el mundo occidental. Su incidencia cada vez es mayor y supone uno de los principales elementos de presión de los sistemas sanitarios.

La glucosa es el azúcar que se moviliza a través de nuestra sangre, es nuestra moneda energética más eficaz ya que puede dirigirse a músculos para ser quemada y obtener energía o ser almacenada en tejido graso en caso de que la demanda energética esté cubierta. Estos viajes por nuestra anatomía necesitan de un chofer que sepa moverse por el torrente sanguíneo. Ese chofer es la insulina, una hormona producida en el páncreas que moviliza la glucosa evitando que sus niveles se eleven en sangre. ¿Qué pasaría si la insulina deja de producirse o es más ineficaz? Pues la consecuencia directa es que los niveles de glucosa en sangre se elevarán, esa glucosa debería estar produciendo energía por lo que uno de los principales síntomas va a ser el cansancio y el decaimiento. Síntomas a los que podrán unirse otros como la pérdida inusual de peso, hambre constante o el aumento de la sensación de sed y las visitas al servicio

Dentro de la denominación conjunta de diabetes podemos distinguir tres tipos bien diferenciados:

Tipo I: Se diagnostica con mayor frecuencia en niños y adolescentes. En esta enfermedad, el cuerpo no produce o produce poca insulina. Esto se debe a que las células del páncreas que producen la insulina dejan de trabajar. Se necesitan inyecciones diarias de insulina. La causa exacta se desconoce.

Tipo II: La más numerosa. La insulina se muestra ineficaz a la hora de reducir los niveles de azúcar en sangre. Se solía diagnosticar a partir de los 50 – 55 años pero las tasas de obesidad infantil están adelantando su diagnóstico.

Gestacional: Asociada al embarazo y diagnosticada, normalmente, a partir de la semana 24.

La tipo I tiene un claro origen genético y su posible solución vendrá, necesariamente, del campo de las terapias génicas y las células madre. La gestacional necesitará de un estricto control y no tiene porque traducirse en una diabetes postparto. ¿Y la tipo II? Pues hoy en día es la que más problemas está generando, pero paradójicamente es la que más margen de maniobra nos permite y sobre la que mejor podemos actuar.

La diabetes tipo II puede tener cierta predisposición genética pero es clara su asociación a factores como: el sobrepeso, sedentarismo, hipertensión, altos niveles de colesterol en sangre… Hemos visto que este tipo de diabetes no se produce por falta de producción de insulina sino porque esta no realiza su trabajo con eficacia, es lo que se conoce como resistencia a la insulina. Es una enfermedad progresiva y su evolución puede ser muy lenta, de hecho, muchísimos diabéticos tipo II están sin diagnosticar porque asocian los problemas que sufren a síntomas normales de la edad. Síntomas como: Aumento del número de procesos infecciosos y mayor lentitud en la curación de los mismos, problemas de erección los varones, irregularidades menstruales en la mujer no menopáusica, dolor o entumecimiento de pies o manos…

Las consecuencias, si no se pone remedio, van a ser muy graves, desde problemas circulatorios que pueden causar ceguera o amputaciones, hasta insuficiencias renales y enfermedades cardiacas que pueden acabar con la vida del paciente. La paradoja de esta enfermedad es que viendo sus terribles consecuencias pudiera parecer que no podemos actuar para prevenirla o curarla algo que se contradice con la evidencia científica.

Uno de los últimos estudios que avalan esta afirmación lo firma el prestigioso Dr. Roy Taylor de la Universidad de New Castle. En este estudio llega a afirmar que la diabetes tipo II es reversible incluso en pacientes que llevan más de 10 años padeciéndola. Un descubrimiento asombroso para una enfermedad que hasta hace poco se consideraba crónica e incurable.

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El mecanismo que detalla Taylor en su estudio describe como un exceso de ingesta calórica conduce a un aumento de la grasa en el hígado, como resultado, el hígado responde mal a la insulina y produce demasiada glucosa. El exceso de grasa en el hígado se transmite al páncreas, causando el fallo de las células productoras de insulina. Pero lo verdaderamente notable es la constatación de que cuando esa presión calórica cesa sobre el hígado y el páncreas, estos vuelven a funcionar correctamente, incluso 10 años después de haber comenzado la enfermedad. Es decir, una dieta hipocalórica puede parar la perniciosa evolución de la enfermedad y devolver la salud a personas que creían tener que estar medicadas de por vida.

Envejecer es un proceso inevitable pero cada día está más accesible hacerlo con salud y dignidad.

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