El negocio de las vacunas

El negocio de las vacunas

Salvan millones de vidas mientras engordan las cuentas de resultados de las grandes industrias farmacéuticas. Son las vacunas, tan bien vistas por unos como denostadas por otros

IRMA CUESTA
IRMA CUESTA

A Pilar García-Corbeira siempre le han salido las cuentas: evitar cada año seis millones de muertes, ahorrar la pérdida de 400.000 años de vida y prevenir 700.000 casos de discapacidad grave son razones más que suficientes para que cuando alguien le pregunta cómo de importantes son las vacunas, ella responda con un rotundo: «Estamos hablando de un arma colectiva».

A esta microbióloga, directora médica del área de vacunas de la todopoderosa GlaxoSmithKline (GSK) en España, el debate sobre si son, o no, el gran negocio de las farmacéuticas; o si el último gran descubrimiento de su empresa, la vacuna contra la meningitis B, está haciendo de oro al gigante británico, no le hace ninguna gracia. «Resulta difícil comprender por qué algunos reducen a eso este trabajo. Las vacunas son la mejor y más efectiva herramienta en salud después de la potabilidad del agua. Es un mantra muy vacunero, pero una gran realidad. El sueño de cualquier médico es erradicar una enfermedad».

García-Corbeira habla aprovechando un descanso en una de las interminables jornadas a las que le obliga una profesión a la que ha dedicado los últimos 22 años de su vida. La entrevista le pilla trabajando en la creación de una nueva vacuna contra el virus respiratorio sincitial, una infección que afecta a las vías respiratorias diminutas, que se ceba en los más pequeños, y que cada invierno colapsa los hospitales. El año pasado iniciaron las pruebas con niños de dos años, así que, si todo sigue como hasta ahora, dentro de cinco o seis podría estar lista para revolucionar el calendario vacunal mundial.

Antes de esto colaboró con el equipo que creó la del herpes zoster, una enfermedad que puede amargarle la vida a cualquier adulto que haya pasado la varicela, y mucho antes con la del cáncer de cérvix. Por eso se revuelve cuando alguien asegura que la inmunización generalizada responde a la voracidad de la industria farmacéutica. «Se olvida que no son solo casas comerciales, que no solo venden y se lucran. En la cara 'A' de las farmacéuticas está la inversión en ciencia, las preclínicas, la investigación... Pero cualquiera comprende que para poder seguir investigando debe haber un retorno. Que una farmacéutica es una empresa y que, como tal, necesita beneficios para sobrevivir, es evidente, pero no se me ocurren muchas cosas más nobles que trabajar para tratar de evitar la enfermedad y mejorar la vida».

Una inversión media de 400 millones de euros, equipos de trabajo que pueden llegar a implicar a un centenar de expertos repartidos por todo el mundo y, con suerte, no menos de seis años hasta que el nuevo producto vea la luz, parece un tinglado de suficiente envergadura como para que solo una gran corporación pueda afrontarlo, por más que las vacunas hayan abierto la puerta a un negocio multimillonario que periódicamente coloca a las grandes farmacéuticas en el punto de mira.

«No se me ocurre mejor trabajo que el que busca eliminar una enfermedad» Pilar García-Corbeira, Microbióloga de GSK

«Las farmacéuticas sitúan la rentabilidad del negocio por encima de todo» Miriam Alía Prieto, médicos sin fronteras

«Es una locura cuestionar su valor» Amós García Rojo, Pte. Asociación de Vacunología

Acusadas de avaricia y opacidad por algunas organizaciones no gubernamentales, y cuestionadas por los colectivos antivacunas que esgrimen una batería de argumentos científicos y supuestos casos ejemplarizantes para respaldar su rebeldía, hay quienes, incluso, mantienen que su poder es tan grande que han logrado colocar a los sistemas sanitarios al servicio de sus intereses.

Una de las voces críticas más conocidas es la de Xavier Uriarte, presidente de la Liga por la Libertad de Vacunación. Uriarte se ha cansado de asegurar públicamente que la mayor parte de las vacunas no solo no sirven para nada, sino que son las causantes de numerosos problemas. Autor de 'Los peligros de las vacunas', una especie de biblia para los que secundan esta corriente, sus seguidores defienden que aplicar la vacunoprofilaxis masivamente, es decir, infectar de modo artificial a la población, comporta riesgos notables, y atribuyen el empeño en vacunar a todos los ciudadanos en países sanos a «la inercia burocrática de los programas de vacunación y la presión interesada que importantes sectores económicos ejercen sobre la Administración».

Un largo y tortuoso camino

Según la doctora García-Corbeira, las vacunas son medicamentos biológicos muy diferentes a los fármacos tanto por lo que se refiere a su desarrollo y experimentación en humanos, como a su proceso de fabricación. «El desarrollo de una vacuna puede durar entre cinco y quince años desde que se inician los primeros estudios en humanos», asegura la experta apuntando que habitualmente se ensayan en varios miles de personas, entre 10.000 y 90.000. La razón, afirma, es que se trata de medicamentos complejos, con varios componentes, a diferencia de los no biológicos que habitualmente están constituidos por un solo producto químico. «Algunas incluyen más de diez de estos componentes y, además, son productos biológicos fabricados a partir de microorganismos vivos, y esto complica aún más el proceso».

A Amós García Rojas, epidemiólogo y presidente de la Asociación Española de Vacunología, semejante discurso consigue borrarle la sonrisa. «Ni siquiera es cierto que las vacunas sean el gran negocio de las farmacéuticas, cuando suponen entre el 1,5 y el 2% del total del gasto farmacéutico de un país como España. Las vacunas, está demostrado, están muy lejos del negocio que pueden suponer otros fármacos para la industria», asegura apresurándose a señalar que si alguien quiere saber hasta qué punto son importantes, solo tiene que cerrar los ojos y recordar de qué moríamos los humanos hace 60 años. «La vacuna ha sido la única herramienta capaz de eliminar la viruela de la faz de la tierra y casi aniquilar la polio, una enfermedad que hace seis décadas llenaba naves de pulmones de acero, necesarios para tratar de ayudar a respirar a los enfermos, y que en 1988, hace no tanto, dejaba paralíticos a casi mil niños al día en todo el mundo. Eso, por no hablar de los más de veinte millones de personas que se han salvado de morir de sarampión solo entre 2000 y 2015».

Una buena inversión

Con la mayor parte de la comunidad médica esforzándose en destacar el valor de esas medicinas capaces de salvarnos, en algunos casos, de una muerte segura, hay quienes hacen cuentas para intentar disipar cualquier duda. Hace muy pocos meses, un estudio realizado por la escuela de salud pública Johns Hopkins Bloomberg concluyó que cada dólar invertido en vacunas supone un ahorro de 44. Decididos a hablar de dinero, los investigadores examinaron el impacto económico de un programa de vacunación contra diez enfermedades en 94 países de bajos y medianos ingresos entre 2011 y 2020. ¿La conclusión? Los 34.000 millones de dólares necesarios para llevar a cabo la iniciativa supondrán, a la larga, un ahorro de 586.000 millones en gastos sanitarios.

Ideas rentables

Lo que nadie pone en duda es que, por más que las vacunas no sean la principal fuente de ingresos de las farmacéuticas, contribuyen de manera importante a llenar el ya de por sí enorme monedero de las empresas que las alumbran. ¿Un ejemplo? GSK, que se colocó hace poco más de un año en el punto de mira gracias a la vacuna de la meningitis B, un tratamiento que cuesta 106 euros la dosis y que, a pesar de su precio, provocó una demanda de tal calibre que durante un tiempo mantuvo desabastecidas a las farmacias de media España, ha hecho de su descubrimiento un negocio redondo.

«He visto a la enfermedad causar estragos»

A sus 92 años, Baba Mkintu, vecino de la ciudad de Damaturu (estado de Yobe, norte de Nigeria), tiene muy claro hasta qué punto son importantes las vacunas. Cuando tenía 25 años, una meningitis le dejó casi ciego y deformó una de sus piernas hasta quedar prácticamente inútil. La enfermedad no solo le afectó a él, sino a muchos más miembros de su familia en Damaturu. «He visto morir a causa de ella a muchos vecinos y cómo causaba estragos en muchas familias. Es por eso que creo que es tan importante vacunarse y que animo a todo el mundo a que lo haga». El testimonio es uno de los muchos que Médicos Sin Fronteras muestra cada vez que debe enfrentarse al complicado reto de convencer a una población de la necesidad de vacunar para protegerse de una enfermedad que puede causar la muerte.

Convertida en un éxito de ventas, la farmacéutica se embolsó 634 millones de euros en 2017 solo gracias a Bexsero, el nombre con el que se ha colado en el mercado. A eso habría que sumar los 446 de 2016 y los 131 de 2015, el año en el que se aprobó su comercialización. Veintidós millones de dosis vendidas hasta la fecha dan idea de hasta qué punto GSK ha hecho caja con ella. Pero, ¿cuánto cuesta dar con la fórmula que será capaz de plantar cara a una enfermedad? Se calcula que esa misma farmacéutica invirtió entre 130 y 400 millones de euros en I+D para lograr su vacuna contra el rotavirus que más tarde, entre 2010 y 2013, alcanzó unas ventas por valor de 2.500 millones de euros. El rotavirus, la principal causa de diarrea grave en bebés y niños pequeños, mata a cerca de medio millón de menores de cinco años cada año pese a ser una enfermedad prevenible. Evitar una muerte, afirman desde la empresa, no tiene precio.

Falta de transparencia y poca humanidad, las principales críticas a la industria

Una idea que no comparten colectivos como Médicos Sin Fronteras, que no solo creen que lo tiene, sino que, además, son precios muy altos. La organización, autora de un extenso informe sobre vacunación, asegura que vacunar a un niño en un país pobre cuesta hoy 68 veces más que en 2001. «Un paquete completo de vacunación protegía en 2001 contra seis enfermedades y costaba 0,57 euros. Ahora cubre 12 males y alcanza los 39,25 euros. Esta multiplicación de los precios se debe a la avaricia de las grandes farmacéuticas», apunta Miriam Alía Prieto, responsable de Vacunas y Respuesta a Epidemias de MSF España. En su opinión, uno de los problemas está en la opacidad del mercado. «La industria farmacéutica oculta, deliberadamente, los precios a los que vende las vacunas a cada país y la mayoría, acogiéndose a un acuerdo de confidencialidad, no suelta prenda. Lo hacen para tener desinformados a los gobiernos y a las organizaciones donantes y de esa manera conseguir más dinero en las negociaciones. Eso lleva a que se den situaciones tan irracionales como que Marruecos y Túnez paguen más que Francia por la vacuna contra el neumococo de Pfizer: 55 y 58,5 euros, frente a 50».

Vidas salvadas. Filas de niños con sus madres en una campaña de medicación contra la meningitis en una aldea de Chad.
Vidas salvadas. Filas de niños con sus madres en una campaña de medicación contra la meningitis en una aldea de Chad. / Who

Médicos sin Fronteras, que se ha sumado a las voces que han reclamado ante Naciones Unidas más transparencia, reconoce que, aunque no sea la solución perfecta, alianzas como la GAVI –que agrupa a gobiernos, fabricantes de vacunas, ONGs y la Fundación Gates, de Melinda y Bill Gates, para fomentar la vacunación en todo el mundo– han abaratado las vacunas en los países más pobres; o que la Organización Panamericana de la Salud, bajo cuyo paraguas se protege buena parte de América Latina y el Caribe, dio un paso de gigante cuando hace veinte años decidió comprar vacunas en bloque mediante un fondo rotatorio. Sin embargo, asegura, las cuentas siguen sin cuadrar. «El hecho es que las farmacéuticas han colocado la rentabilidad del negocio por encima de todo haciendo que algo como la vacuna de la hepatitis C, que cuesta un euro producirla, la vendan por mil».

Una forma de ver las cosas que nada tiene que ver con la de Pilar García-Corbeira. «Para avanzar en esto hay que trabajar creando alianzas, grupos de investigación a nivel internacional capaces de desarrollar una idea. También hace falta una gran estructura para llegar al final del camino. Y lo conseguimos... ¿Quién me iba a decir que podría proteger a mis hijas contra el cáncer de cuello de útero?».

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