Rosenberg, el ideólogo de las huestes nazis

Los diarios del inspirador del Holocausto, muestran el odio descarnado hacia los judíos

Una figura clave para Hitler/SUR.ARCHIVO
Una figura clave para Hitler / SUR.ARCHIVO
ANTONIO PANIAGUAMADRID

Alfred Rosenberg fue el ideólogo del nazismo, el hombre que propugnó la depuración racial, la esterilización de enfermos, el exterminio de los judíos y la conquista mortífera de los países eslavos por Alemania. Durante un tiempo fue una figura clave para Hitler, aunque sus propios correligionarios no le soportaran. Hasta el propio Führer recelaba de un hombre que acuñó unas alambicadas teorías para defender la superioridad racial de los arios. Para ello se sirvió de postulados que tan pronto apelaban a la mística de la sangre como recurrían a tesis pseudocientíficas. Ejecutado tras el juicio de Núremberg, su nombre volvió a aparecer en la prensa hace dos años, cuando se descubrieron sus diarios. El documento representa un valioso testimonio de uno de los principales planificadores del Holocausto. Los escritos del «padre de la iglesia del nacionalsocialismo», como le bautizó Hitler, se publican ahora de la mano de la editorial Crítica.

Además

El libro, que cuenta con minuciosos comentarios de los editores, Jürgen Matthäus y Frank Bajohr, abarca toda una década, la que va de 1934 a 1944. Las anotaciones de Rosenberg destilan un fanatismo antijudío de sobra conocido, al tiempo que confirman su visión de que combatiendo la «acción bolchevique» se fortalecía el espíritu antisemita. A su vez, el filósofo del nazismo deja constancia de su odio tenaz al cristianismo.

Con su propuesta a favor del «exterminio biológico de todo el pueblo judío en Europa», Rosenberg se erigió en uno de los principales valedores intelectuales del Holocausto. Y no solo en un plano teórico. Cuando Hitler le nombró ministro de los Territorios Ocupados del Este, gobernando un área que se extendía desde las costa del Báltico hasta el mar Caspio, pasó de las ideas a los hechos. De este modo, se volcó en la tarea de ejecutar en la práctica la «solución final de la cuestión judía», además de enviar a numerosos civiles a trabajar en los campos de concentración para apoyar los esfuerzos de Alemania en la guerra.

Nacido en Tallin en 1893, Rosenberg demostró bien pronto sus pobres dotes como orador y su escaso carisma, lo que le indujo a orientar su carrera hacia la propaganda y la creación intelectual. Prueba de esta vocación es su libro 'El mito del siglo XX', una obra de la que se vendieron un millón de ejemplares. Sin embargo, a la luz de su estilo caudaloso y ecléctico, pocos debieron de leerlo, al menos con gusto. Su condición de ‘best seller’ se explica en el hecho de que el 'El mito' se convirtió en manual de formación ideológica para las huestes nazis.

Pese a que nunca pasó de segundón en la jerarquía del Tercer Reich -nada que ver con el poder que acumularon Goering o Goebbels-, el autor de los diarios empezó a escalar en el organigrama a partir de octubre de 1940. Su ascenso coincide con su nombramiento como responsable de una oficina destinada a «proteger» las colecciones de arte y bienes judíos. Más bien la entidad se ocupó de lo contrario. El Comando Reichleiter Rosenberg se hizo famoso por el robo y saqueo sistemático. La entidad arrambló no solo con obras de arte, sino hasta con vagones repletos de muebles que miles de judíos habían abandonado en su huida.

Fiscal de Núremberg

El hallazgo de los diarios sigue siendo un misterio. Se sabía de su existencia porque fueron citados en el juicio de Núremberg, pero su pista se perdió y casi nadie confiaba en poder recuperarlos. Durante mucho tiempo se creyó que el documento estaba en poder de Robert Kempner, uno de los fiscales de Estados Unidos que intervino en el proceso en el que se enjuiciaron los crímenes de guerra. El Museo del Holocausto nunca dio con el manuscrito, y eso que custodia una cantidad ingente de documentos. Por fin en 2013 el Gobierno de EE UU pudo rescatarlo, aunque se mantiene en secreto en manos de quién estaba.

Rosenberg nunca abjuró de sus convicciones, ni siquiera en el patíbulo. Fue uno de los doce condenados a muerte en Núremberg. El hombre de verbo torrencial no quiso decir nada como última palabra antes de que la soga anudara su cuello. En sus papeles póstumos es imposible encontrar un ápice de arrepentimiento. «El nacionalsocialismo fue el contenido de mi vida activa. Le serví fielmente aunque con algunas torpezas e insuficiencias humanas. Continuaré siéndole fiel todo el tiempo que me quede de vida». El ideólogo nazi tuvo dos vástagos, uno murió en la infancia, mientras que la hija que sobrevivió nunca colaboró con los historiadores que querían saber cómo era su padre.

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