El robinsón okupa

David Glasheen vive desde hace veinte años en una isla desierta de Australia. Ahora quieren que la abandone, pero él se niega

David Glasheen con su perro ‘Quassi’, que murió envenenado en 2015 por una serpiente. /Álvaro Cerezo
David Glasheen con su perro ‘Quassi’, que murió envenenado en 2015 por una serpiente. / Álvaro Cerezo
JAVIER GUILLENA

El jardín de su casa está repleto de arañas, serpientes y cocodrilos, nada que ver con los tiburones que poblaban su existencia hace más de veinte años. Él lo sabe bien porque era uno de ellos. Los humanos ya son de por sí peligrosos, pero si se transforman en tiburones son letales. El australiano David Glasheen era en los años ochenta del siglo pasado un triunfador en el mundo de los negocios. Con su empresa dedicada a la búsqueda de oro en Papúa Nueva Guinea había amasado una fortuna y quizá fue feliz o habría podido serlo, pero no tuvo tiempo para comprobarlo. En 1987, la crisis y una mala decisión en Bolsa le hicieron perder siete millones de dólares. A partir de ahí, todo fue cuesta abajo. Se divorció y comenzó a perder una a una todas sus propiedades. Diez años después, algo hizo ‘clic’ en su cabeza y tomó una decisión que cambió su vida. Se fue a una isla desierta.

Se llama Restauración y está literalmente en el quinto pino, incluso para alguien que viva en Australia. La isla, al nordeste del continente y no muy lejos de la costa, tiene 26 hectáreas y se halla a casi mil kilómetros de la ciudad más cercana. Su única comodidad es un pequeño triángulo de arena y una zona llana de suelo despejado. El resto es el jardín trasero de su hogar, una maraña de vegetación en un terreno inhóspito y escarpado. Por resumirlo de alguna manera, es la isla desierta donde todos hemos soñado alguna vez con perdernos y encontrar la última morada del capitán Nemo.

El náufrago

Tiburón
El australiano David Glasheen perdió buena parte de su fortuna con una mala inversión en Bolsa. A partir de ese momento, la vida le dio la espalda. En 1997 lo dejó todo y se fue a vivir a isla Restauración.
26 hectáreas
Esa es la extensión de isla Restauración, el territorio donde Glasheen ha vivido los últimos veinte años. Su mundo es un pequeño triángulo de arena, una explanada no muy amplia y un laberinto enmarañado de vegetación en un terreno escarpado.
Desahucio
El Estado de Queensland quiere que abandone la isla por incumplir su compromiso de instalar en ella un pequeño complejo turístico para atraer visitantes. Él insiste en que no se irá de allí y afirma que, si es necesario, vivirá en un barco varado.

David Glasheen dio el paso, aunque no lo hizo solo. Se llevó consigo el dinero que pudo salvar de la quema, que no fue poco; un tiburón nunca deja de serlo cuando ha probado lo que se siente al dar un bocado. Para poder establecerse en la isla llegó a un acuerdo con el Estado de Queensland, que le arrendó el pedazo de tierra a cambio de 14.000 euros anuales y del compromiso de desarrollar en Restauración un complejo turístico. La primera condición la ha cumplido. La segunda, no. Desde 2014 pesa sobre él una amenaza de desahucio. Para las autoridades australianas, es poco más que un okupa.

Veinte años en una isla desierta dan para mucho. Cuando llegó a la pequeña playa allí no había nada y tuvo que construir un refugio que poco a poco ha ido ampliando. Ahora habita una cabaña con paneles solares que le sirven para conectarse a internet y depósitos de agua dulce. En ella recibe a las personas que durante todo este tiempo le han visitado para conocer a Robinson Crusoe. Incluso el actor Russell Crowe lo ha hecho.

La ‘novia’ del náufrago.
La ‘novia’ del náufrago. / Álvaro Cerezo

Con su larga barba y su melena blanca, David los recibe con un torrente de palabras. «Habla muchísimo y de todo, no para. Dice que está en contra del sistema», afirma el español Álvaro Cerezo, que hace un año compartió con él cinco días. El robinsón vocacional intercambia productos con sus visitantes, de los que acepta gustoso aportaciones económicas, y acude una vez al año a la lejana ciudad de Cairns para adquirir provisiones, entre las que no faltan gominolas y barritas de chocolate, complementos imperfectos de las frutas y verduras que cultiva y los peces, cangrejos y gambas que captura.

Su perro murió envenenado

El entorno de su cabaña es un pequeño desastre. Restos de embarcaciones se acumulan en la orilla y se mezclan con los que él ha generado en veinte años y que pocas veces se molesta en recoger. Son las huellas de naufragios ajenos y del suyo propio, a las que se aferra para no verse obligado a abandonar la isla. Él ya lo ha advertido. Si no le queda más remedio, se trasladará a vivir al esqueleto de un velero varado en la playa. David insiste en que, según las leyes australianas, los restos que el mar abandona en las orillas no son legalmente de nadie.

Si se muda de vivienda ya no podrá llevar con él a su perro ‘Quassi’, con el que compartió años de soledad y que murió en 2015 envenenado por una serpiente taipán. Sí que podrá acompañarle en el traslado su actual ‘novia’, un escultural maniquí de plástico con el que pasea por la playa y al que sienta en una silla de lo que podría ser el salón de un hogar feliz.

David Glasheen es el resto de un naufragio que no quiere dejar de serlo. Un médico le dijo una vez que sufría de depresión, pero él lo niega con vehemencia. Sostiene que en isla Restauración disfruta de la paz y la naturaleza. Vive solo. Cuando llegan visitantes, no para de hablar.

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