El Camino de Santiago, mejor que el psicoanálisis

De estandarte de la Cristiandad a itinerario cultural europeo, el Camino de Santiago goza de mejor salud que nunca. Peregrinos de todo el mundo avalan el tirón de una ruta que es el mejor psicoanálisis

Desafío. La dureza de la ruta y las condiciones meteorológicas son un reto no al alcance de todos. La Cruz del Fierro es uno de los hitos y puerta del Bierzo. D/Eeportaje fotográfico: Sergio García
Desafío. La dureza de la ruta y las condiciones meteorológicas son un reto no al alcance de todos. La Cruz del Fierro es uno de los hitos y puerta del Bierzo. D / Eeportaje fotográfico: Sergio García
SERGIO GARCÍA

Hay un dicho según el cual existen tantos Caminos como peregrinos, aunque la página oficial de la Ruta Jacobea hable de 286 itinerarios y 80.000 kilómetros marcados en Europa a lo largo de 28 estados. En España, el que acapara mayor protagonismo es el Francés, llamado así por tener su origen en tres recorridos que atraviesan el país vecino hasta confluir en Saint Jean Pied de Port, para cruzar desde allí los Pirineos y entrar por Roncesvalles. Una vez aquí son 749 kilómetros hasta la Plaza del Obradoiro, en Santiago de Compostela, una experiencia única que hunde sus raíces en la Edad Media y que ha pasado de estandarte de la Cristiandad a itinerario cultural europeo.

Catedral de Santiago y Obradoiro, meta del viaje. :
Catedral de Santiago y Obradoiro, meta del viaje. :

Surgió por un sentimiento religioso, fruto de la creencia generalizada de que los restos del Apóstol, que extendió su labor evangelizadora en la Península, descansaban en Galicia. En la actualidad ha perdido parte de esa sacralidad, aunque como contrapartida su fama –alentada por el cine o escritores superventas como Paulo Coelho– se extiende por todo el mundo. Peregrinos procedentes de lugares tan dispares como Brasil, México, Estados Unidos, Alemania, Holanda... Hasta Corea, donde la Xunta ha promocionado este destino como sinónimo de tranquilidad y encuentro con la naturaleza. Todo muy oriental, si te detienes a pensarlo. El año pasado, 4.534 coreanos habían recorrido ya en junio todo o parte del Camino (en 2004 llegaron a Santiago 18). Ellos certifican el tirón de una ruta que es considerada por quienes la realizan como «el mejor psicoanálisis».

El perfil del peregrino no puede ser más variado. Amén de la motivación religiosa, por caminos polvorientos y pedregosos transitan cuadrillas de jóvenes de año sabático, indecisos con la carrera o a la espera de un empleo, aventureros recalcitrantes, jubilados, gente que se ha quedado en el paro o quien quiere superar un desengaño amoroso, apasionados del arte, quien cumple una promesa, turistas que quieren perder peso o, por el contrario, quien busca una excusa para hacer una ruta gastronómica sin parangón, fotógrafos, paisajistas... También quien duerme en los albergues, sacudido por el ronquidos del tipo con quien ha compartido unas nueces esa misma tarde y pegado la hebra; o quien escoge las sábanas tersas de un hotel con servicio de habitaciones (¡qué demonios!, la caridad empieza por uno mismo). Y, por supuesto, los que se obsesionan con los récords; mejor si completan el recorrido en 15 días que en 30, aunque no encaje mucho con el espíritu jacobeo. Pocos salen decepcionados del desafío.

Martin Sheen, en Reliegos

El Camino es, ante todo, un encuentro con uno mismo; sin más compañía que los propios pasos, el zumbido de una línea de alta tensión o el viento que azota, unas veces de frente, otras de costado, entre campos de remolachas y rebaños de ovejas. Un alto en ese otro ‘camino’ que es la vida, que sirve para poner en orden las ideas, situarlas en su justa perspectiva. Contribuyen a ello la soledad, las amistades que surgen en cada recodo (y con las que te vuelves a encontrar –o no– cientos de kilómetros después, cuando las anécdotas compartidas son apenas un recuerdo nebuloso), los paisajes que salpican una geografía generosa y variada. También el sufrimiento, porque el urbanita que llevamos dentro no está acostumbrado a etapas de 30 kilómetros, expuestos a un sol infernal o empapados de lluvia, con las consabidas ampollas, llagas o episodios de gastroenteritis. Tampoco a pasar horas sin ordenador ni televisión, el móvil en el fondo de la mochila y sin dinero efectivo –descartado pagar el ‘bed & breakfast’ con tarjeta en el albergue de Foncebadón–; ni a adentrarse por vericuetos inhóspitos cuando el sol desaparece a las seis de la tarde y maldecimos no llevar encima ese frontal que alguien nos regaló por nuestro cumpleaños y que enterramos en el sótano.

Paisajes inolvidables. Un peregrino cruza el Canal de Castilla, a la altura de Frómista. El Camino Francés recorre siete provincias y ofrece un repaso privilegiado del Románico palentino. Resistencia. Senderistas curan las ampollas y llagas de un compañero en el albergue de Puente La Reina. La exigencia de la ruta se ve compensada por una amplia red de refugios. En soledad. La religión fue la chispa que encendió la Ruta Jacobea, pero hoy quienes recorren los 750 kilómetros entre Roncesvalles y Santiago lo que buscan es un espacio de reflexión.

Y, sin embargo, cada año son más los que prueban –y repiten–, ansiosos por recorrer un itinerario que deja pingües beneficios (272 millones en 2015, entre preparativos, viajes de ida y vuelta, y durante la ruta) y que no se limita al Camino Francés, aunque este acapara el 63,37% de los usuarios, 176.000 según datos publicados por la Oficina del Peregrino. Desde los robledales y hayedos de los valles navarros, y los viñedos infinitos de La Rioja, hasta los campos de cereal de Castilla, los castaños del Bierzo, o los bosques gallegos, preñados de carballos y tejos. Por no hablar de catedrales como las de Burgos, Logroño yLeón, monasterios románicos, puentes levantados por canteros del Medioevo como el de Orbigo, yacimientos prehistóricos como el de Atapuerca, murallas en Pamplona o Lugo... Y la gente. Imposible olvidar a Tomás, el caballero templario de Manjarín; o a David, con su puesto esotérico a un tiro de piedra de Astorga. O el ‘Elvis del Camino’, que relata entre cigarrillos liados a mano con qué placer devoraba Martin Sheen una tabla de jamón y queso curado cuando llegó con su hijo para rodar ‘The Way’ y el tiempo en Reliegos se paró como por ensalmo. Todos acaban figurando, de una manera o de otra, en esa credencial donde se estampan sellos con un frenesí de coleccionista, guardada junto a la cartera con el mismo arrobo que si se tratara de un tesoro.

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