Nagoro: el pueblo de los muñecos

Nagoro: el pueblo de los muñecos

De los 379 vecinos de esta localidad de Japón, solo 29 son de carne y hueso. A los que se han ido marchando los han sustituido por figuras de paja y tela vieja

IRMA CUESTA

Aunque puede parecer un cuento, la historia de Nagoro, un pueblecito japonés escondido entre los valles de la isla de Shikoku, es completamente real. Pero, ¿cómo puede un lugar tener 379 habitantes, de los cuales 29 son humanos y 350 muñecos? Y, sobre todo, ¿a quién se le ocurrió fabricar figuras con las que reemplazar a los habitantes del lugar que se iban muriendo de viejos o se iban lejos buscando un sitio mejor? Dice Ayano Tsukimi, una sonriente señora de 67 años que lleva décadas sustituyendo a vecinos desaparecidos por muñecos, que fue la pena que le producía ver su pueblo sin gente la que le inspiró.

La historia comienza cuando Tsukimi regresa a Nagoro para cuidar a su padre. Poco a poco, aquel pueblo escondido entre bosques espesos, que aseguran sirvió de escondite a los samurái del clan Taiga hace 800 años, se fue quedando vacío. En cuestión de un par de décadas, el lugar se fue despoblando sin que nada pudiera hacerse por impedirlo.

Sin posibilidades de encontrar trabajo, y a 90 minutos del hospital más cercano, los que aún tenían fuerzas fueron abandonando el lugar para no volver. Así, hasta que solo quedaron 29.

Cuenta Tsukimi que al principio pensó que era una buena idea recuperar el lugar, volver a hacerlo atractivo a través de la agricultura. Durante un tiempo, la señora se esmeró en plantar y cuidar sus sembrados. Incluso construyó en su taller un espantapájaros que recordaba a su padre para preservar sus campos. Sin embargo, aquella tierra no era nada productiva.

La metamorfosis

Fue entonces cuando se le ocurrió sustituir a los miembros de su familia ausentes, y a cada vecino que abandonaba la aldea, con uno de aquellos muñecos. Los primeros en experimentar esa metamorfosis fueron unos jóvenes que se encargaban del mantenimiento de las carreteras; más tarde, trabajadores del campo y, finalmente, familias enteras. Hoy, si uno pasea por Nagoro, lo mismo se encuentra a un padre saliendo de pesca con su hijo que a dos o tres vecinos esperando el autobús o tirando de un carretillo. Todos quietos. De trapo.

Pero quizá lo más impresionante sea la escuela elemental de Nagoro, cerrada hace cinco años. Da escalofríos. Cuando uno entra, el alter ego de quien fue su último director le da la bienvenida con una sonrisa, acompañado de unas cuantas profesoras. No todas, porque hay quien trabaja en las aulas, mientras en el pasillo un grupo de alumnos representa una coreografía del Awa Odori, el festival de danza más popular de Japón. También están a retaque la clase de música y el resto de las aulas. Solo hay una en la que un niño y una niña miran atentos al encerado. Son Shin Chan e Ina Chan, los dos últimos estudiantes de la escuela, a los que Tsukimi ha reproducido todo lo bien que ha sabido.

Construidas con paja, tela y ropa vieja, no es fácil lograr el parecido, pero la artista ha conseguido que la mayor parte de sus criaturas resulten identificables. Un meritorio trabajo al que hay que sumar el de mantenimiento, porque de vez en cuando, cuando se deterioran, hay que volver a rehacerlas.

Lo que probablemente no imaginó nunca la promotora de esta suerte de pueblo de muñecos es que su idea lo convertiría en un lugar único hasta el que hoy viajan muchos curiosos.

A pesar de que es complicado llegar hasta allí –Nagoro está perdido entre las montañas del valle de Iya, en las faldas del Tsurugi, de 1.954 metros de altura–, cada día son más los viajeros que hacen un alto en el camino para disfrutar del curioso espectáculo. Y ella está feliz. Tsukimi atiende a los visitantes y les cuenta su historia y las de los muñecos que hoy habitan el lugar. Les explica quiénes son los que están casándose en el porche de su casa y los que esperan, pacientes, la llegada del autobús. Lo hace mientras imagina nuevos personajes con los que, como por arte de magia, Nagoro se llenará de vida.

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