El hombre que impide a su mujer y ocho hijos salir de casa

Amiran Devnozashvili atiende con cara de pocos amigos a un periodista que se acercó a su casa para preguntarle por sus hijos. /RC
Amiran Devnozashvili atiende con cara de pocos amigos a un periodista que se acercó a su casa para preguntarle por sus hijos. / RC

Amiran Devnozashvili impide a su mujer y sus ocho hijos salir más allá del patio de su granja en Georgia desde 2010. Dice que lo hace para «protegerlos de la mala influencia de la sociedad»

ANTONIO CORBILLÓN

En Georgia respetan a los habitantes de la región de Svanetia con una mezcla entre la admiración y el temor. En el resto del país, a caballo entre Europa Oriental y Asia Occidental, miran de soslayo a esta aislada y montañosa región, cuna de aguerridas gentes que presumen de que nunca han sido conquistadas.

Dictadura del patriarcado

Los riesgos. Los expertos en psicología tienen muy claros los riesgos para los niños sometidos a encierros. Pueden desarrollar conductas psicopáticas y trastornos en las vivencias y expresión de la emotividad. Además, las víctimas aprenden a desarrollar vínculos superficiales y manipulativos como forma de ‘coraza’ defensiva. Son ‘cárceles familiares’ que anulan la individualidad y autonomía hacia la madurez.

13 hijos, entre 2 y 29 años retenía una pareja de California (EEUU), que fue arrestada en enero. Una de las víctimas, de 17 años, logró soltarse de las amarras de su cama y avisó a la Policía. Al igual que el padre georgiano, la situación se mantenía desde 2010. Los padres, de 57 y 49 años, están acusados de tortura y de poner en riesgo a sus hijos.

Tampoco el padre de familia numerosa Amiran Devnozashvili parece dispuesto a dejarse conquistar por las autoridades de su propio país. Vive en una granja aislada en la región de Racha Lechkhumi y Kvemo Svaneti con su mujer y sus ocho hijos. Son tres niños y cinco niñas, tienen entre 7 y 21 años, y nunca han salido de la vigilancia paterna. La mayor es una chica y el más pequeño, un varón.

El señor Devnozashvili insiste en que sólo trata de protegerles «de la mala influencia de la sociedad». Yél ve el peligro en cualquiera de las opciones públicas de esa realidad que trata de evitar a los suyos: desde ir al colegio, conocer otros lugares, hablar con vecinos... Es decir, los tiene secuestrados por su propio bien.

«Les hago hombres yo mismo, les enseño lo que considero necesario, no les hace falta ni química ni física», explicó Amiran a un grupo de periodistas que se acercó a su puerta alertados por los intentos de los servicios sociales y la Policía georgiana de hacer entrar en razón al progenitor.

Los Turpin, con sus trece hijos a los que tenían esclavizados
Los Turpin, con sus trece hijos a los que tenían esclavizados / RC

El rumor de que algo raro pasaba en esa casa fue de boca en boca entre los vecinos de esta remota zona, con valles rodeados de montañas entre 3.000 y 5.000 metros de altitud. Los comentarios llegaron a los servicios públicos que no saben cómo enfocar la cerrazón invencible del patriarca de los Devnozashvili. Él insiste en que hace lo correcto y enseña a su larga prole «cosas importantes como, por ejemplo, que fumar es malo». Lo hace sin dejar que nadie eche un vistazo ni siquiera al patio de su vivienda, el único sitio al que salen a pasear sus hijos desde 2010.

Ante esta privación de libertad, las autoridades del país caucásico llevaron hasta la puerta de la vivienda una orden judicial emitida por un tribunal de la zona. «Llegaré hasta el final, derramaré la sangre, sea la mía o la de mis hijos, pero no se saldrán con la suya», les advirtió tajante. Lo bastante contundente para que la Policía rechazara obligarle a cumplir el ramillete de leyes que está vulnerando (empezando por la obligación de ir a la escuela). «Se trata de un tema delicado y sensible y no queremos comenzar ningún conflicto», resumió de forma evasiva un portavoz policial. El celoso padre reconoció al canal de televisión Rustavi (el más visto en Georgia) que tenía «problemas con la policía local», pero que «podía hacer lo que quisiera». Entre esas potestades incluyó la orden taxativa de que ninguno de los miembros de su familia se comunique con nadie fuera del hogar.

En el fin del mundo

Los empleados sociales y el líder de la escuela local insisten en que han hecho «todo lo posible». Varias organizaciones no gubernamentales con programas de desarrollo en la zona están presionando a las autoridades para que eviten que se prolongue una relación familiar «llena de ilegalidades».

La región de Racha Lechkhumi y Kvemo Svaneti está situada en el noroeste de Georgia, vecina de Rusia y de un lugar tan conflictivo como Osetia del Sur. Es tan extrema que se necesitan 12 horas por estrechas carreteras para superar los 320 kilómetros que la separan de la capital del país, Tiflis.

«Llegaré hasta el final, derramaré la sangre, sea mía o la de mis hijos. No se saldrán con la suya»

Pero no lo bastante como para que todo el país debata hoy qué deberían hacer las autoridades para proteger los derechos de la familia subyugada por el exacerbado proteccionismo de Amiran. «Los problemas de Svanetia son bastante complicados, ya que el territorio tiene sus costumbres y tradiciones. Hemos iniciado una investigación pero está claro que los responsables de hacer cumplir las leyes no lo han logrado», declaró de forma muy diplomática la viceministra de Interior, Natia Mezvrishvili. También anunció que su ministerio se ocupará del asunto, que será el primer reto del recién creado Departamento de Derechos Humanos.

Este caso ha recolocado en el mapa, incluso turístico, a Svanetia, una provincia tan inaccesible que los georgianos la usaban para esconder sus tesoros de las invasiones. No tuvo su primera carretera hasta 1934. Ni siquiera eso acaba de conectar a todos sus habitantes al mundo exterior.

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