El pintor que huyó del Daesh

Jumah Nazahan recupera la esencia de sus cuadros, en los que refleja las calles de las ciudades de Siria

El artista Jumah Nazahan /M. A.
El artista Jumah Nazahan / M. A.
MIKEL AYESTARAN

Los colores vuelven poco a poco a la paleta de Jumah Nazahan. El artista de Deir Ezzor, al oeste de Siria, recupera la esencia de sus cuadros, en los que refleja calles de ciudades del país. Le obsesionan las puertas y ventanas y saber que dentro de cada casa hay mil historias y protagonistas diferentes. Hasta 2012 miraba las casas desde fuera y sus cuadros eran pura luz, calles compuestas por mil colores, uno por cada historia que imaginaba detrás de cada puerta. Pero ese año los primeros milicianos del grupo yihadista Estado Islámico (EI) cruzaron la frontera y en pocos meses se hicieron con el control de Albu Kamal, Mayadín, Deir Ezzor y llegaron hasta Raqqa, que pronto convirtieron en la capital del lado sirio del califato. A partir de ese momento su vida y su pincel sufrieron una profunda transformación. Empezó a pintar solo de noche, para evitar que los yihadistas le pusieran problemas, y sus calles de colores se transformaron en un universo de blancos, negros y grises que no le abandonaron hasta que escapó del califato.

«Cuando entraron en Siria dejé mi casa en el centro de Deir Ezzor y me mudé al pueblo, donde tenía mi estudio. Pensé que sería algo temporal, pero me equivoqué. Los terroristas no tardaron en llegar también al pueblo y siguieron avanzando. Me quedé preso en el califato», recuerda Nazahan, sentado en la galería de arte Alef Noon de Damasco, propiedad del pintor Badie Yayah, uno de los artistas sirios más conocidos del momento, que le ha ayudado a dejar Deir Ezzor y establecerse en la capital. «El primer año con el Daesh (acrónimo en árabe para referirse al Estado Islámico) fue llevadero porque estaban ocupados en asegurar la zona y no se metían en la vida privada de la gente, pero luego se convirtió en una pesadilla diaria», confiesa el artista.

Curso de arrepentimiento

Esa pesadilla en el plano cultural arrancó cuando los yihadistas convocaron a los profesores y gente vinculada con la cultura del pueblo. «La reunión la presidía un tunecino y nos dijeron que teníamos que asistir a un curso de arrepentimiento si queríamos seguir con nuestros trabajos porque habíamos sido unos infieles y nos querían ayudar a volver al islam», relata Nazahan, una ayuda que les proponían en el interior de una mezquita rodeada de hombres armados.

Dejó de pintar durante el día, pero temía que algún vecino le delatase porque el EI logró formar una gran red de colaboradores. Decidió retirar todos los cuadros de las paredes de su casa, las esculturas y hasta las muñecas de sus hijas. Lo metió todo en cajas y lo enterró en el huerto de su casa. A partir de entonces, solo pintaba por las noches y sus lienzos los enviaba a Damasco escondidos entre el equipaje de las furgonetas de transporte público que cubrían la línea entre Deir Ezzor y la capital. Los yihadistas registraban más a fondo los vehículos que entraban al califato que los que salían y un amigo, conductor, aceptaba llevar los cuadros a cambio de 15.000 libras sirias (25 euros al cambio). Otros contactos en Damasco los llevaban a Líbano, el mercado donde mejor se vendía su arte. Era consciente de que, a ojos del EI, cometía un doble delito como pintar y dar clases particulares a varios niños del pueblo, y sabía que no tardarían en descubrirle.

Se tuvo que dejar una larga barba y dejó los vaqueros y las camisas para vestir un salwar kamize, pero se resistía a desconectarse del mundo y por eso pagó al EI los mil dólares que costaba poder tener acceso a una conexión de internet vía satélite. Cuando acababa un cuadro, le sacaba una fotografía y la colgaba en su muro de Facebook. De esta forma vio Badie Yayah su obra «La ciudad de la luz», una oda a la oscuridad en la que vivían millones de sirios en las calles de las localidades en manos del EI.

A comienzos de 2016, Yahya «me llamó, me ofreció venir a Damasco y acepté. Los yihadistas no me dejaban salir, pero un amigo me hizo un certificado médico para explicar que necesitaba recibir un tratamiento en la capital y, después de tres meses de espera, accedieron», relata el pintor. Su mujer y tres hijos se quedaron dentro y salieron después en un camión de ganado en el que traficantes de personas llevaban a Irak a los sirios que querían huir del califato. Después se reencontraron en Damasco.

«Es como volver a nacer. Mi vida ha cambiado de forma radical y mi pintura también. He recuperado los colores, la luz se enciende de nuevo en las calles de mis ciudades y también pinto desnudos… Es como salir de una prisión», reflexiona en voz alta. Aunque las autoridades han dado por acabada la guerra contra el EI, Nazahan no ha vuelto a su casa y «cuando lo haga, será solo para ver cómo ha quedado después de los combates. Aquello no era vida, solo oscuridad».

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