Diario Sur

Parir los sueños de otros

Vanessa y Miguel tendrán a sus gemelos en brazos en pocas semanas. Los ha gestado una mujer ucraniana.
Vanessa y Miguel tendrán a sus gemelos en brazos en pocas semanas. Los ha gestado una mujer ucraniana. / Ivonne Fernández
  • 1.500 españoles han sido padres gracias al vientre de otras mujeres. Les dan 20.000 euros por las molestias. «Lo hacen por generosidad, no por dinero»

Yo estaba en el cielo, hasta que bajé a la tripa de Cara y vosotros vinisteis a cuidarme», así describe un niño de cinco de años su nacimiento por gestación subrogada. Pedro Fuentes y su marido Javier se quedaron de piedra con la desarmante claridad con la que su hijo Alonso fue capaz de explicar un asunto que sigue generando controversia entre los adultos. La penúltima la provocó involuntariamente Jaime Cantizano al presentar orgulloso a su vástago, gestado en el vientre de una mujer estadounidense. En un artículo titulado ‘La nueva forma de someter a las mujeres ya está aquí y se llama maternidad subrogada’, la artista y activista feminista Yolanda Domínguez tronó contra este método de reproducción asistida, que comparaba con «la compraventa de personas y el tráfico de cuerpos». La polémica está servida. Desde la propia denominación ‘vientre de alquiler’, considerada peyorativa, quienes optan por esta vía para ser padres todavía se enfrentan a una cascada de trabas burocráticas, preguntas incómodas, cejas arqueadas y juicios de valor que pueden llegar a pesar más que el embarazo.

En los últimos años un buen puñado de personajes famosos ha satisfecho sus deseos de paternidad recurriendo al útero de otra mujer. Hombres solos como Ricky Martin, Miguel Bosé o el propio Cantizano, y parejas homosexuales como Elton John y David Furnish o Kike Sarasola y Carlos Marrero han hecho uso de la que, para ellos, sigue siendo la única manera de alumbrar un hijo biológico. Pero también parejas heterosexuales como Nicole Kidman y Keith Urban o Sarah Jessica Parker y Matthew Broderick. Ellas, que viven de su imagen, querían concebir a edad tardía y conservar su figura. Su ejemplo le ha dado mayor visibilidad, pero tambien ha instalado en el imaginario colectivo una serie de tópicos sobre la gestación subrogada que poco tiene que ver con la realidad.

El perfil de quienes son padres por sustitución dibuja una pareja heterosexual –son el 80%– que no puede llevar a buen término un embarazo por razones médicas y que realiza un importante esfuerzo económico para hacer frente a los entre 40.000 y 150.000 euros que cuesta hacer uso del último recurso en reproducción asistida.

Es el retrato de Vanessa y Miguel, una pareja vizcaína que en apenas tres semanas tendrá en sus brazos a sus gemelos, fruto del esperma de él y un óvulo de ella, pero gestados en el vientre de una mujer ucraniana. Vanessa padece una cardiopatía que, en caso de embarazo, pondría en riesgo su vida y la del niño. «Cuando me lo dijeron lo pasé mal, lloré mucho», recuerda emocionada. «Descubrir que había una solución me hizo volver a sonreír, recuperé la ilusión por completo», asegura. Pero esa solución también ha sido una dura prueba para la pareja, que lleva cinco años empeñada en conseguir su objetivo.

El primer escollo lo pone la ley. En España está prohibida la gestación subrogada, pero se tolera de facto la situación, siempre y cuando se haya materializado en el extranjero. El último palo en la rueda lo ha puesto la fiscal general del Estado, Consuelo Madrigal, al oponerse a que se inscriban en el Registro Civil los nacidos por este método. «Eso les deja en un limbo legal y les niega sus derechos como hijos de españoles. Es una discriminación que tiene un coste económico, social y emocional muy alto para las familias», clama Pedro Fuentes, que preside la asociación Son Nuestros Hijos. El objetivo de la plataforma es precisamente conseguir que el país se dote de un marco legal que dé seguridad jurídica tanto a los padres, como a los niños y a las gestantes.

Desde 2013 hay en marcha una iniciativa legislativa popular para llevar el debate al Congreso. Ha sido elaborada por juristas, especialistas en derecho de familia, profesionales de la medicina reproductiva, padres y madres. Tras estudiar las diferentes legislaciones internacionales, han elaborado un documento que «se parece mucho a la legislación californiana, la más garantista del mundo», apunta Aurora González, secretaria de la Asociación Española por la Gestación Subrogada.

Sin embargo sus primeros movimientos para tratar de convencer a la opinión pública se toparon con la firme oposición de un grupo de intelectuales feministas. Bajo la consigna ‘No somos vasijas’, publicaron un manifiesto con el que se proponen evitar su legalización porque consideran que «las mujeres no son máquinas reproductoras que fabrican hijos en interés de sus criadores». Ponen el foco en las ‘granjas de mujeres’ que han llegado a habilitarse en países como India y Tailandia y critican la «mercantilización» del cuerpo de la mujer para satisfacer «un deseo, que no un derecho».

De ahí la importancia de elegir uno u otro destino a la hora de ser padres por sustitución. Hasta la fecha, unos 1.500 españoles han viajado a otros países para conseguir lo que la naturaleza les ha negado. Dejando a un lado el sudeste asiático –donde puede que la necesidad económica empuje a esas mujeres a gestar los hijos de otros–, la opción más común es Estados Unidos y Canadá. Allí el proceso se desarrolla con todas las garantías. «Los niños nacen con la filiación de sus padres intencionales y eso evita problemas a la hora de inscribirles en el Registro español», explican los padres.

También es la opción menos asequible. Entre 80.000 y 150.000 euros que mayoritariamente sirven para pagar gastos médicos en el país con la sanidad más cara del mundo. La otra opción es Rusia o Ucrania. Se abaratan los costes sanitarios, lo que deja la factura entre 40.000 y 80.000 euros. Pero también obliga a un proceso judicial complicado, en el que la gestante renuncia a la filiación y el niño, inscrito como hijo del varón, «ha de ser adoptado por su propia madre». El camino a las parejas gays está vedado. Es la opción que escogieron Miguel y Vanessa. «Somos mileuristas –aclaran–, llevamos cinco años ahorrando y nos hemos quitado de salir a cenar, de comprarnos ropa, de un montón de cosas con el único objetivo de ser padres», explican sin ápice de arrepentimiento.

20.000 euros por embarazo

Sólo una parte, y no la mayor, de ese desembolso, irá a parar a la cuenta corriente de la gestante. Apenas 20.000 euros que son más una indemnización por las molestias –los meses de baja, las consultas médicas, los tratamientos–, que un precio de mercado. «No lo hago por dinero, pero tampoco lo haría sin una compensación», explica una gestante norteamericana.

«Siempre hay un componente de altruismo sin el que sería imposible que alguien se planteara un regalo tan grande», explica Fuentes. La mujer que está gestando a los gemelos de Miguel y Vanessa «es profesora y tiene más estudios que nosotros». La que llevó en su vientre al hijo de Pedro y Javier era directora del departamento comercial en una multinacional. Y la que dio a luz en Chicago al niño de Eneko y Marcos factura con su empresa 200.000 euros al mes.

Entonces, ¿por qué lo hacen? La mayoría tiene una razón de peso para querer ayudar a alguien a hacer realidad sus sueños. «En nuestro caso ella era una mujer muy religiosa y le emocionó nuestro deseo de tener hijos», cuenta Pedro. «La nuestra tenía claro que quería dar la oportunidad de procrear a una pareja homosexual», revela Eneko. Hay madres que se han prestado a gestar los vástagos de sus hijas estériles o, como cuenta Vanessa, «amigas que ya habían tenido sus niños y se ofrecieron a gestar los míos». Pero la ley de momento lo prohíbe.

«Lo que alimenta las redes de tráfico de personas en otros lugares del mundo es precisamente la falta de legislación», lamenta Eneko. Para él y Marcos, lo más caro de traer al mundo a su hijo ha sido «el coste emocional de tener que vivir todo el proceso a 8.000 kilómetros de tu casa». ¿Y si hay alguna complicación? «La gestante decide».

Hace unos meses se debatió el asunto en la Asamblea de Madrid. Prácticamente todos los grupos coincidieron en la necesidad de legislar, aunque difieren en los términos. «También hay tráfico de órganos en muchos lugares del mundo, pero no en España porque nos dotamos de una buena Ley de Trasplantes; confío en que en este tema también estemos a la altura», ilustra el presidente de Son Nuestros Hijos.

Él es ginecólogo y lleva asistiendo a partos desde 1982, pero no pudo asistir al de su retoño. Se casó en 2008 con Javier. «Dando un paseo me confesó que quería tener un hijo conmigo. Piénsalo, me dijo. Me sorprendí contestando que sí sin dudarlo», recuerda. Ese es el cielo desde el que Alonso cayó «a la tripa de Cara».