Me opero por mí (y por todos ellos)

Hasta el C*

Pero Agrado es transexual y tus amigas se están operando porque quieren ser más mujeres de lo que ya son

CAROLINA CANCANILLA
ISABEL BELLIDO

Tus amigas se están operando y tú no puedes hacer nada porque, pese a todo, debes mantenerte fiel a tu moral libertaria y no puedes rebatir a la Agrado en Todo sobre mi madre («una es más auténtica cuanto más se parece a lo que ha soñado de sí misma»). Pero Agrado es transexual y tus amigas se están operando porque quieren ser más mujeres de lo que ya son: poner más tetas donde debería haberlas, limar el hueso de la nariz, perfilar los labios, broncearse la piel a base de rayos, rayos divinos enviados por algún dios quirúrgico, por el mismo que esculpió a las diosas del Olimpo (por cierto, estaban un poco rellenitas, ¿no?). Tus amigas –las mías; irremediablemente también yo– quieren parecerse a la mujer que el canon impone, y lo peor es que sufren por ello.

Una de ellas me contó cómo conoció ciertas partes de su cuerpo a través de los hombres y no por ella misma. Ocurrió cuando, con apenas 13 años, un chico –socarrones, encantadores siempre estos niños de nuestra adolescencia– le sugirió «cuidarse esa celulitis». Mi amiga le preguntó lastimosamente a su madre que qué era eso de la celulitis. Atended al percal: no lo supo hasta que un hombre la señaló y la nombró por ella, pasando a ser automáticamente un defecto en sus nalgas.

En otra ocasión un muchacho dijo en la piscina que no quería nadar cerca de ella por miedo a que sus tetas «le mandaran a la otra punta». Claro que ella había percibido que las suyas eran más grandes que las del resto, ¿pero había pensado hasta entonces que eso era malo? Cómo es la vida: creces y el problema ahora no es tener tetas grandes, es no tenerlas. Con curvas o sin ellas, con el culo a lo Kim Kardashian o bien con dos prietas y delgadas cachas, con pecho pequeño o grande: lo inmutable es que el foco esté puesto en el cuerpo de la mujer, sin importar la época que sea y el canon que la marque.

Si asumimos que la raíz de un complejo está en la boca del hombre y que puede convertirse en un grave problema psicológico, ¿por qué no añadirle a ese espurio «lo hago para sentirme mejor» un «por culpa de los demás»? No puedo evitar pensar en el bisturí como objeto sanador que a la vez perjudica a toda una ristra de mujeres que vienen detrás. ¿Pero cómo no caer en términos contradictorios? ¿Pidiendo una cirugía consciente?, ¿tetas al cielo?, ¿peras al olmo?

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