Operación buenorro

Hasta el C*

Ellos no hacen la operación bikini porque han hecho previamente la de la autoestima

Operación buenorro
CAROLINA CANCANILLA
Ana Barreales
ANA BARREALES

Si allá por el mes de marzo una española más, de las que no les basta con beber mucha agua y dormir ocho horas para estar estupenda, no está a dieta o, en su defecto, cena un yogur y una fruta, es una española más, pero rara. Por desgracia, la presión física que sufren las mujeres no sólo afecta a la valoración de su atractivo personal, sino a su consideración profesional. No se dice en los portales de empleo, pero en igualdad de formación hay muchísimas más papeletas de no contar laboralmente siendo fea.

Así que en verano redoblamos esfuerzos con la operación bikini. A los hombres heteros, especialmente a partir de determinada edad, eso no les pasa. Para empezar, en una subida de ego, inventaron la palabra ‘fofisano’, que viene a definir a señores que pese a tener barriga y unos kilos de más se siguen considerando de buen ver. Que no pasa nada, vaya. Alegría de carnes.

Ellos no hacen la operación buenorro porque no lo necesitan: ya han hecho previamente la de la autoestima. Y, ya puestos, elaboraron la teoría trampa de que si un hombre se queda calvo, se rapa y se viste moderno y también sigue estando estupendo. Claro, si es estiloso y moderno y divertido y tremendo, pues claro que no pasa nada de nada con su atractivo, pero sólo son unos pocos los elegidos.

Mucho hablar de empoderamiento, pero cuánto nos falta por aprender de los machos alfa en estas cosas.

El rasero del atractivo en las mujeres está bastante más alto que en los hombres. A partir de los 40 eres oficialmente «invisible» y alguno hasta se permite decírtelo en tu cara por hacer el chiste, aunque el gracioso tenga tu edad, que dan ganas de contestarle:«Hola, ¿quién me habla? Oigo una voz...». Luego está eso de que el mundo se divide en guapas y feas. No hay mujeres ‘normales’, esas van directamente al grupo de los callos. Y ya, rizando el rizo, a veces hasta nos autojustificamos por estar preocupadas por la estética. Ser feminista no está reñido con querer entrar en el bikini del año pasado, aunque lo que de verdad habría que trabajarse es la autoestima.

La presión la resumía en toda su crudeza la periodista Emilia Landaluce en la solapa de su libro ‘Las dietas y la libertad’ con una simple frase: «Yo, como cualquier mujer, prefiero que me llamen puta antes de que digan que he engordado». Pues en esas seguimos y así nos va.

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