«No estuvo en mi mente abortar»

Jennifer, con su pequeña de 18 meses. /Alberto Ferreras
Jennifer, con su pequeña de 18 meses. / Alberto Ferreras

Madre a los 17 años y sin apoyo familiar, Jennifer ha logrado seguir estudiando Bachillerato

Susana Zamora
SUSANA ZAMORA

En su caso no fue por falta de formación ni de información. Fue, simplemente, mala suerte. Falló el DIU y se encontró a sus 17 años con un embarazo imprevisto, que podía trastocar su buena trayectoria en el instituto y sus deseos de ser azafata o traductora en un futuro. El mundo le dio la espalda. El primero en hacerlo fue su pareja, con quien llevaba tres años de relaciones. «Cuando le di la noticia dudó de que fuera suyo y ahora con el tiempo pienso que fue una excusa como otra cualquiera para desentenderse de mí y de su hijo». Lo que Jennifer (nombre ficticio) nunca imaginó es que su madre la abandonara en una situación tan complicada. «Manteníamos una relación normal, pero el embarazo le vino muy grande y no lo aceptó nunca», recuerda. De la noche a la mañana, se encontró sola, porque tanto su madre como su hermano hicieron las maletas y regresaron a Nigeria.

Aunque nunca estuvo en su mente abortar, Jennifer confiesa que llegó a ir a una clínica, «pero solo para informarme», insiste. Asegura que en aquel folleto que le dieron había información sobre los riesgos de una interrupción voluntaria del embarazo, pero también había referencias a asociaciones que ayudan a madres adolescentes en situaciones de vulnerabilidad. Después de que su madre la echara de casa, no tuvo muchas opciones y buscó refugio en la Fundación Madrina de Madrid, una institución privada que proporciona pisos de acogida y talleres de formación para prestar apoyo a mujeres embarazadas y familias inmersas en graves dificultades económicas y emocionales. Hoy vive en uno de esos pisos de acogida, junto a su hija de 18 meses y otras compañeras en situaciones similares. En sus casos, al ser menores, están acompañadas las 24 horas del día por una trabajadora social. Estas profesionales son las que realmente saben de sus miedos y esperanzas, quienes las asisten y las orientan en sus momentos de flaqueza.

«Recibo mucho más de lo que doy; no todo tiene que estar pagado» Carmen. 'madrina' y voluntaria

«La Administración no nos ayuda, pero nos deriva más de 300 casos al mes» conrado giménez. presidente

«En muchas ocasiones, se les dice a las menores que tienen que abortar porque el embarazo les va a romper la vida. Cuando llegan solas a la fundación es porque no tienen clara esa decisión. Llegan buscando información, otras alternativas a algo que en el fondo no quieren hacer. En cuanto les proporcionamos una salida, suelen seguir adelante con el embarazo», explica Alba Egido, trabajadora social de la Fundación Madrina.

Asegura que una de las grandes preocupaciones de las menores que llegan a la Fundación suele ser la ruptura familiar, por eso lo primero que hacen es contactar con sus padres para que recapaciten. «A veces lo conseguimos, pero en otras ocasiones no hay forma de que entren en razón y es cuando recurrimos a los pisos de acogida», declara Egido.

Apoyo altruista

Al shock inicial con que algunas llegan después de haber sido repudiadas y despreciadas por sus parejas se suma posteriormente la incertidumbre sobre su futuro, sobre cómo van a sacar adelante a su hijo y cómo podrán continuar sus estudios. En esa situación se vio Jennifer, que continuó asistiendo a clase durante la gestación. Pese a que en muchas ocasiones las menores embarazadas son víctimas del desprecio, en el caso de Jennifer fue todo lo contrario. «Recibí en todo momento la comprensión de mis profesores y tuve siempre mucho cariño de mis compañeros», asegura. Todo eso le ayudó a seguir adelante y actualmente completa sus estudios de Bachillerato. Reconoce que no es fácil llevarlos al mismo tiempo que cuida de su hija, pero para eso cuenta también con el apoyo de su ‘madrina’ particular. Carmen es una voluntaria, casada y con una hija de 12 años, que de forma altruista dedica su tiempo a acompañar a Jennifer, primero durante el embarazo y ahora cuidando de su bebé mientras ella estudia por las tardes. «Es muy gratificante. Sin duda, recibo mucho más de lo que doy. No todo lo que se hace en esta vida tiene que tener una compensación económica», afirma Carmen.

Dinero es precisamente lo que le falta a este tipo de instituciones, que en el caso concreto de la Fundación Madrina ha visto cómo la Administración le retiraba todos los apoyos. «Entiendo que porque no lo consideran un problema, pero luego sí que nos derivan más de 300 casos todos los meses», denuncia Conrado Giménez, su presidente. Mantiene que el problema de los embarazos adolescentes ha existido siempre pero se agudiza mucho más ahora por la falta de una información tutelada y de una estructura familiar sólida. «La figura de los padrastros y su papel en el nuevo modelo de familia es un factor de riesgo muy importante; pueden crear conflictos con los menores».

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